La recuperación de la cultura católica

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 11m. 40s.

¿Qué se enseña en las clases de religión?
En la enseñanza de la religión se ha pasado de memorizar el catecismo a huir de las posiciones de autoridad. Con esto se pretende que los alumnos piensen por sí mismos, sin limitarse a repetir fórmulas. Al mismo tiempo, las verdades doctrinales básicas han perdido terreno, en favor de cuestiones sociales. El caso es que ahora los jóvenes saben menos de religión. Así lo señala Deal Hudson, profesor de filosofía en Fordham University (Nueva York), en un artículo (1) traducido aquí en parte. A juicio del autor, esa nueva forma de enseñar religión es acertada en la intención, pero equivocada en el método.

En primer lugar, usar el catecismo tradicional no equivale necesariamente a fabricar católicos autómatas. Depende de cómo se enseñe: también hay profesores de matemáticas que son incapaces de resolver dudas y no hacen más que repetir fórmulas, o profesores de historia cuya única preocupación es que los alumnos memoricen fechas.

Un catecismo, como cualquier libro de texto, requiere profesores que sepan dar vida a las palabras que contiene y, después, hacer que influyan en la vida de los estudiantes. Si el catecismo produjo una generación de católicos que no piensan, cosa que dudo, fue por culpa de quienes lo enseñaron.

La doctrina cuenta

El segundo error se refiere a la enseñanza de fórmulas. A menudo se dice que aprender fórmulas inhibe la curiosidad intelectual y el enfrentarse personalmente con las cuestiones fundamentales de la fe y la increencia. Se dice que las fórmulas proporcionan respuestas fáciles y rápidas a cuestiones en que habría que profundizar más.

Esto también es una caricatura simplista. Tomemos, por ejemplo, la primera línea del Credo, la fórmula “Creo en un solo Dios, creador del cielo y de la tierra”. Las posibilidades de reflexión que ofrece esa frase son literalmente inagotables. La fórmula presenta una serie de cuestiones con las que el creyente cristiano ha de enfrentarse a diario. La más inmediata es la idolatría: ¿Soy capaz de resistir la tentación de considerar ciertas cosas creadas como si fueran lo más alto, como si fueran divinas? ¿Soy capaz de dar a Dios la mayor devoción? Lejos de poner fin a la búsqueda, esa fórmula nos pone en un camino más arduo y difícil que cualquier otro.

Pero sin un profesor que haga explícita la riqueza existencial encerrada en los artículos del Credo, éstos pasarán sin dejar huella, y el contenido de la fe cristiana puede resultar estéril y formulario. (…) Enseñar la doctrina no es suficiente por sí solo. El significado y las implicaciones del Credo deben informar activamente la conciencia de la persona y ordenar sus afectos. Ser católico es algo más que sostener opiniones correctas.

Medicina equivocada

Otro problema es la actitud particularmente mala de algunos profesores, que enseñan a sus alumnos como si padecieran los mismos “traumas” que tenían ellos a esa edad. Así, quienes eran estudiantes en los años 60, que hoy constituyen buena parte del profesorado, tratan de radicalizar a sus alumnos y aterrorizar a sus colegas con las exigencias de la “corrección política”.

(…) Pero utilizar el método de los “pequeños grupos” o del “intercambio de experiencias” con los jóvenes católicos de hoy es administrar una medicina concebida para una determinada enfermedad -la necesidad de asimilar personalmente los contenidos- a pacientes aquejados de algo completamente distinto: una falta casi total de instrucción catequética.

¿”Encarnación”? ¿Qué es eso?

La situación real de los jóvenes católicos es peor de lo que muchos creen. Un día estaba yo dando una clase sobre las Confesiones de San Agustín a unos universitarios de primer curso. (…) Noté en ellos una expresión de perplejidad cada vez que usaba la palabra “Encarnación”. (…) Yo suponía que conocían el significado: al fin y al cabo, estábamos en un college católico de esos que atraen a una proporción importante de alumnos provenientes de escuelas católicas.

Así que, para situar a mis alumnos, les pedí que tomaran una hoja en blanco, escribieran la palabra “Encarnación” y explicaran el significado. (…) Repetí el experimento en mis otras clases de filosofía y, de un total de 64 estudiantes, sólo obtuve cuatro respuestas que se acercaban al significado de “el Verbo hecho carne”.

Pensé que quizás el desastre se debía a la falta de formación religiosa. Pero pude saber que 54 de esos alumnos habían estudiado en escuelas católicas. Por cierto, dos de las respuestas correctas provenían de los que habían ido a escuelas públicas.

La mayoría de las hojas estaban en blanco (…). Como cabía esperar, unos pocos confundieron “Encarnación” con “reencarnación”, lo que indicaba que al menos sabían que se trata de un concepto religioso. Otros, aún más desorientados, asociaron la Encarnación con ideas como las de creación, transfiguración o resurrección de la carne.

(…) Yo estaba indignado, no con mis alumnos, sino con la educación que habían recibido. (…) Uno de ellos escribió lo siguiente debajo de la palabra “Encarnación”: “Era el nombre de mi escuela, pero nunca me dijeron qué significaba”. (…) Más tarde, le pregunté si le habían enseñado religión. Me respondió que sí, y le pregunté qué era lo que le habían enseñado. Fui preguntando lo mismo a uno tras otro, y me encontré con las mismas respuestas: que les habían hablado de las diversas religiones, de cuestiones de justicia social en Latinoamérica, de la pobreza y del racismo -cosas todas valiosas e importantes, sin duda-; pero ni uno solo recordaba que le hubieran dado un curso de doctrina cristiana básica.

Católicos indefensos

Me pregunté: ¿qué está pasando aquí? ¿Han olvidado lo que les enseñaron? ¿Por qué recuerdan tan claramente las lecciones sobre asuntos políticos y sociales, y prácticamente nada de cuestiones específicamente relacionadas con la fe católica? (…) Sospecho que a lo largo de los últimos veinte años, si no más, el estudio de la doctrina específicamente católica y cristiana, estudiada precisamente por ser católica y cristiana, ha sido marginada en favor de otras cuestiones tenidas por más relevantes, en nombre del aggiornamento intelectual y en nombre de la moda política.

Mi hipótesis es esta: a la mayoría de estos estudiantes se les enseñó en algún momento el significado de la Encarnación (pensar otra cosa probablemente sería injusto con sus profesores). Sin embargo, no se acuerdan porque en las clases se dio poca importancia a este tema, en comparación con otros supuestamente más apremiantes. Como sabe cualquier profesor, los estudiantes retienen lo que perciben como importante para sus profesores. Si en clase se trata a las definiciones y fórmulas como matices o digresiones, pronto se las olvidará. Podemos imaginar lo que ocurrió: unos pocos minutos dedicados a una definición de la Encarnación, para así acabar cuanto antes con todas esas cuestiones abstractas y pasar a “los problemas del sufrimiento humano”. Semejante actitud supone una burla de la Encarnación bajo la apariencia de compasión.

(…) Con esto no quiero decir que en la enseñanza religiosa no haya lugar para las cuestiones sociales, todo lo contrario. Sin embargo, está claro que nos acercamos a un momento en que habrán quedado olvidadas las razones por las que buscamos la justicia social, pues los cristianos ya no sabrán por qué han de tener conciencia social y política, en vez de indiferencia. (…) Si estamos educando generaciones de católicos que no saben lo que es la Encarnación, entonces estamos criando católicos indefensos ante las objeciones contra su fe, y que en último término no serán capaces de explicar, con razones cristianas, por qué han de preocuparse por la situación de los pobres, de los hambrientos y de los minusválidos. Y -huelga decirlo- no sabrán explicar por qué habrían de ir a Misa o simplemente por qué practicar su fe.

Buscar buenos profesores

A mi juicio, debemos empeñarnos de modo plenamente consciente y deliberado en recobrar la enseñanza y la cultura católicas. No podemos permitir que la enseñanza religiosa quede reducida a psicología o a política. Si el motivo de esta tendencia es la búsqueda de una genuina asimilación de la fe cristiana, entonces compartimos esa preocupación, pero recomendaremos otra estrategia.

Ante todo, debemos conseguir profesores de talento para que hablen a los estudiantes católicos de cosas como la creación, la caída, el pecado, la profecía, la Encarnación, la Resurrección, la Iglesia, la Redención, el juicio y la eternidad. De las clases de religión deberían encargarse los mejores profesores: aquellos que saben descubrir a los estudiantes las consecuencias para la vida de esas ideas y hechos. Un descubrimiento, por cierto, que no se puede garantizar por medio de cintas o vídeos en sustitución de los profesores.

Fe hecha cultura

En segundo lugar, para asegurar que los jóvenes católicos comprendan las implicaciones de su fe, deberíamos acostumbrarnos a hablarles de la gran herencia que nos han dejado los católicos que tradujeron esta perspectiva espiritual, encarnada -por así decir-, en formas concretas que influyen, a menudo sin que lo sepamos, en nuestras actitudes más básicas respecto al sentido y finalidad de la vida humana. Formas, como las ciencias humanas -incluidas la filosofía y la política- y las artes en todas sus manifestaciones, que configuran nuestra cultura, contribuyen a dar sentido a nuestros conocimientos explícitos e implícitos, ya sea completando o -por desgracia, en algunos casos- sustituyendo nuestros modos de práctica religiosa explícita.

(…) Un modo de evitar los excesos del empleo de fórmulas en la enseñanza catequética es inspirarse en las expresiones vivas que esas creencias han tenido en las artes, en la historia y en los asuntos políticos. Pero -se podría objetar- ¿no es precisamente eso lo que se ha estado haciendo últimamente al insistir en la doctrina social? Ciertamente, al tratar de la cultura hay que incluir las consecuencias sociales y económicas de la doctrina católica; pero no con exclusión de la doctrina ni -si estamos realmente interesados en la cultura- de las artes y otras humanidades. Sobre todo, recomiendo una atención renovada a la cultura no por falta de confianza en las verdades fundamentales de la fe, sino porque es un modo de mostrar la “superioridad” del catolicismo.

Un esfuerzo común

(…) La recuperación de la cultura católica es un proyecto de gran envergadura que exige un esfuerzo colectivo. La cultura católica comprende obras de poesía, teatro y narrativa; de artes plásticas y visuales, incluido -no lo olvidemos- el cine, y también de humanidades, en especial de filosofía y política. En cada uno de estos terrenos hay un legado cristiano y católico.

Pero es un legado cultural del que sabemos muy poco, que estamos cerca de olvidar por nuestra prisa por abarcar y experimentar otros puntos de vista. Ustedes tal vez se pregunten si, al insinuar que habría que educar a los católicos en su propia cultura antes de exponerlos a la influencia de culturas ajenas, estoy haciendo apología del multiculturalismo. Sí y no. No, porque soy de los que ven en la autoestima una panacea contra la decadencia en todos los terrenos, desde la educación a los valores pasando por el sentido cívico. No, porque la cultura católica no es exclusiva del varón europeo blanco; y aunque lo fuera, no me importa, pues no acepto el estereotipo de cultura “eurocéntrica”. No, también porque el valor de una cultura no está en que proporcione una identidad, sino en abrir una ventana por donde ver la verdad de las cosas. Sin embargo, coincido con los multiculturalistas en que debemos protestar contra la hegemonía de la cultura popular y su aburrido cinismo erotizado. (…)

Una ventaja del catolicismo

Así pues, suspiramos por la recuperación de la cultura católica no por un deseo de pertenecer a algo que nos resulte familiar, sino por beneficiarnos de una perspectiva cristiana católica ampliamente expresada en el desarrollo de nuestra vida cultural. Vistas así las cosas, nuestras creencias (…) se extenderán a la sociedad, proporcionándonos una base para el gozo estético y la reflexión intelectual. En suma, estaremos rodeados -del modo que sólo una cultura puede rodear a alguien- de cosas que nos recordarán qué somos en realidad: criaturas de Dios (…) con un destino eterno, no temporal.

Una de las grandes ventajas del catolicismo es no sólo la amplitud y el calado de su cultura, sino su disposición a afirmarla. Las conversiones al protestantismo suelen estar marcadas por una respuesta personal a la Escritura o a la predicación evangélica. Los que se convierten al catolicismo suelen ser atraídos a la fe a través de las manifestaciones de la fe presentes en el arte, la música, la literatura o la filosofía. Así fue en mi propio caso. En consecuencia, siempre he aconsejado a quienes tienen interés por el catolicismo no sólo leer documentos doctrinales, sino también acercarse a los grandes poetas, novelistas, compositores y pintores católicos.

_________________________(1) Deal W. Hudson, “The Retrieval of Catholic Culture”, Catholic Position Papers (febrero 1996).