La ortografía, ese marcador social

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Duración lectura: 3m. 5s.

Tal vez el papel tenga sus días contados. Pero no la capacidad humana de leer y escribir, especialmente en el ámbito empresarial. Con tanto énfasis en la utilización educativa de las nuevas tecnologías, quizá se ha reducido el empeño por enseñar lengua a los alumnos. Lo acaban pagando en la Universidad y, luego, en su trabajo en las empresas. Pagando, en el sentido estricto del término, porque no son precisamente baratos los cursos intensivos para recuperar el tiempo perdido.

Lo recordaba el diario Le Monde, en un reportaje dedicado a iniciativas que ofrecen formación lingüística a quien la necesita para su tarea profesional. Al cabo, son muchos los mensajes que es preciso difundir a diario, aunque no sea en papel, sino a través de Internet. Y ha surgido así un “nicho” laboral en auge. Porque los ejecutivos tienen cada vez más problemas para comunicar, por su déficit en lengua.

El ministerio francés de educación reconocía en un texto de 2012 que el dominio de la “ortografía” retrocedió en los últimos veinte años, junto con la utilización correcta de la sintaxis y la concordancia de tiempos. Aunque la ortografía como tal no se analice en los estudios internacionales, Francia admite la severidad del informe PISA, que señala su declive en escritura y lectura: ocupaba ese año el puesto 21 de 65: consecuencia de dedicar menos tiempo a lengua en la enseñanza primaria y secundaria, y de que los maestros sancionan cada vez menos los errores lingüísticos de los alumnos. Y el déficit reaparece en los graduados universitarios y en los ejecutivos de las empresas, a pesar de sus títulos superiores.

Esa carencia coincide con una época que utiliza habitualmente los mensajes escritos en el trabajo, con una omnipresencia de “mails”. Los directivos no siempre disponen de un asistente que pueda releer y revisar sus informes y sus mensajes. Los correctores digitales tienen sus límites… y no siempre es posible recurrir a que lo revise el cónyuge, aun respetando las exigencias de la confidencialidad.

El reportaje de Le Monde informa del “proyecto Voltaire”, una especie de calificación global inspirada en el TOEFL para el dominio del inglés. Su responsable afirma que “una mala expresión escrita puede frenar o, incluso, impedir la promoción interna en la empresa”. Una propuesta comercial llena de errores pierde credibilidad y socava la calidad del posible servicio. “La ortografía es un marcador social”, concluye Pascal Hostachy.

Ante esta situación, las empresas han ampliado sus objetivos de formación, y ofrecen sesiones de actualización ortográfica, también para sus ejecutivos. La buena redacción afecta, sobre todo, a los trabajos comerciales y de post-venta: sin una buena redacción, es más difícil “fidelizar” al cliente. Se comprende que el proyecto Voltaire se haya aplicado a unas 400 sociedades.

Este panorama abre posibilidades económicas a quienes dominan la lengua, pero apenas consiguen vivir de las letras. Ante una necesidad real, se están pagando en Francia 1500 euros por dos días de inmersión lingüística, ó 5000 por una semana. Los expertos pueden impartir clases según los sistemas clásicos de formación, o a través de fórmulas de “e-learning”.

Otra solución, experimentada con éxito en Estados Unidos, es la oferta de servicios que se ocupan de corregir textos a vuelta de correo. Se encargan profesionales de cierto nivel, y se ofrece también la posibilidad de revisar traducciones a otros idiomas. Como señala Gaëlle Picut en Le Monde, “el mercado de la ortografía parece tener un futuro brillante”.

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