La escuela no es lugar para chicos

Christina Hoff Sommers, autora del libro La guerra contra los chicos, retoma en una artículo para Time la idea de que los chicos están siendo injustamente desatendidos en las aulas con respecto a las chicas.

Según la autora, la obsesión de la pedagogía norteamericana por hacer desaparecer de los colegios cualquier cosa que suene a violencia está llevando a algunos extremos absurdos. Sommers cuenta varios casos de niños de primaria o preescolar castigados en sus escuelas por jugar a “dispararse” con lápices o con gomas de borrar. Algunos juegos típicos de niños, como los superhéroes, los vaqueros, los rescates o incluso el balón prisionero, están siendo prohibidos en los patios por considerarlos demasiado competitivos o violentos.

Prohibiendo este tipo de juegos, explica la autora, se impide el desarrollo natural de una parte importante de la personalidad del varón. Este error, en el fondo, viene motivado por el desconocimiento de la especificidad psicológica de cada sexo, y de un cierto prejuicio negativo sobre la masculinidad, que se asocia a la violencia y a la dominación.

Citando una investigación sobre el tema de los juegos violentos, señala Sommers: “Logue y Harvey descubrieron que jugar a héroes y villanos favorece la capacidad de expresión y la imaginación de los niños, […] les ayuda a construir un pensamiento moral y a adquirir competencia social; al mismo tiempo, aprenden importantes lecciones de autodominio”.

La incomprensión hacia los niños se traslada también a los tiempos de clase. De la misma manera que en el patio los chicos piden historias de acción y de héroes, en las clases precisan de un ritmo más dinámico y competitivo. Frecuentemente, explica Sommers, los profesores confunden este deseo con actos de insubordinación o de rebeldía, y les castigan. Así, la frustración de los alumnos crece, y aumenta el desapego con respecto al colegio. Si a esto se le añade las desventajas cognitivas de los niños en materias como la lectura o la expresión verbal, se entiende que muchos perciban el colegio como un lugar hostil.

Si se quiere reducir la brecha académica de género, opina Sommers, es preciso volver a motivar a los niños, y para eso hay que permitir el natural desarrollo de su personalidad, sin sacar conclusiones desproporcionadas de unos casos aislados de sociopatía, como las matanzas de Columbine o Newtown.

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