Las humanidades: superfluas e imprescindibles

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Segundo artículo de una serie sobre el valor de las humanidades

Los animales nos alimentamos, procreamos y nos protegemos ante las adversidades. Los hombres, a diferencia de las bestias, fabricamos vestidos que nos resguardan del frío y sombrillas que nos preservan del sol.

Pero hay una diferencia todavía mayor. No nos conformamos con protegernos de las inclemencias, procuramos que las ropas nos sienten bien y pintamos la sombrilla con colores alegres. Digamos que lo que más nos distancia de los animales no es la capacidad de fabricar ropas y sombrillas (que sirven para sobrevivir) sino la corbata o los pendientes (que sirven para vivir).

Algunos animales habitan en la intemperie, otros se refugian en cuevas y otros fabrican nidos. Nosotros, en cambio, construimos casas mucho más sofisticadas. La superioridad técnica entre nuestras viviendas y la de los animales es abismal, pero hay otra diferencia más abismal todavía: en nuestras casas hay cuadros, macetas con flores y objetos de adorno.

Tener amigos no es indispensable para sobrevivir, pero es inconcebible una vida auténtica sin ellos

Algunos animales tienen un lenguaje rudimentario que sirve para avisar del peligro o marcar el terreno propio. El lenguaje humano es más rico y nos permite aclarar mejor cuál es el peligro que nos acecha, hacer transacciones comerciales o dirimir civilizadamente unas diferencias que las demás especies resuelven a coces o zarpazos. Nuestra manera de comunicarnos es más eficaz que la de cualquier otro animal, pero lo que la hace más humana no es su utilidad, sino la posibilidad que nos da de contar cuentos, inventar historias y escribir poemas.

Disfrutar de los superfluo

Nuestra capacidad de supervivencia es pues mucho mayor que la de los animales, y esto nos distancia cuantitativamente de ellos. La creación de cosas no indispensables para sobrevivir nos distancia cualitativamente de ellos. El disfrutar de lo superfluo es lo que nos hace genuinamente humanos.

Pero sorprendentemente, también lo superfluo resulta ser a la larga útil, aunque su valor principal siga siendo lo primero y no lo segundo. Tener amigos no es indispensable para sobrevivir, pero es inconcebible una vida auténtica sin ellos. Cierto que en casos de apuro te pueden ayudar y la amistad se convierte en algo útil. Pero quien busca la amistad pensando en la conveniencia de tener amigos para casos de necesidad está viciándola desde el principio. La amistad ha de ser buscada por sí misma, aunque luego pueda tener efectos colaterales utilitarios.

Estudiar historia y aprender de la historia

Pensemos en el estudio de la historia. Interesa por sí misma, y solo por eso merece la pena conocerla. Pero sucede que a la postre es también ventajoso para nuestra supervivencia como especie. Si supiéramos más de nuestro pasado no perderíamos de vista la cantidad de experimentos sociales que han resultado ser catastróficos y no tendríamos que escuchar tantas proclamas políticas disparatadas que solo revelan la ignorancia histórica de quienes las defienden. Si no olvidáramos las tonterías que se han dicho en el pasado no se defenderían hoy esas mismas tonterías disfrazadas de novedades.

Pongamos un ejemplo. Muchos indoctos sostienen que ya no hay que estudiar contenidos, porque ya están en internet. Pero sucede que cuando se publicó la Enciclopedia, en el siglo XVIII, muchos tontos dijeron exactamente lo mismo. Y lo sabemos porque las personas inteligentes salieron al paso de esa tontería. Voltaire avisó de que leyendo la Enciclopedia nadie se convierte en un sabio, y que tan solo es útil para quien ya es instruido. Y D’Alembert, en el mismo prólogo de la Enciclopedia, sostuvo que la memoria, la historia y la erudición seguían siendo indispensables.

El salto del códice manuscrito al impreso fue una revolución mucho mayor que la de internet, pero ninguno de los grandes humanistas del Renacimiento dijo que ya no había que estudiar contenidos. Lo dijeron ¡cómo no! los tontos de la época. Y el mismo Platón critica a aquellos que por dominar la escritura piensan que ya no se ha de educar la memoria. Pero los ignorantes están tan atareados diciendo novedades que no tienen tiempo de estudiar historia, y no se han enterado de que sus presuntas novedades no tienen nada de novedoso y ya han sido dichas y repetidas por todos los tontos e ignorantes que en el mundo han sido.

El valor del latín

También es bueno por sí mismo conocer la historia de nuestro idioma, lo que nos lleva al estudio del latín, que además da acceso directo a una literatura extraordinaria. Pero además tiene una enorme utilidad: si se estudiara más latín no tendríamos que soportar la monserga del lenguaje políticamente correcto. Quien se empeña en decir “todos y todas” no se ha enterado de que si “todos” engloba a ambos sexos no es debido a una maniobra machista para invisibilizar a las mujeres, sino a la caída de la consonante final del “totus” y del “totum”, masculino y neutro del latín. Es un simple fenómeno lingüístico, y en la sociedad romana no eran más visibles las mujeres por distinguir el masculino y el neutro.

La técnica no es progreso si no está acompañada por un pensamiento que marque sus límites y explore sus posibilidades más humanas

Por otra parte existen palabras gramaticalmente femeninas que se refieren a hombres y mujeres, y nadie se escandaliza por que sean usadas aun refiriéndose exclusivamente a seres del sexo masculino. Decimos “había varias personas, todas ellas muy contentas”, aunque entre ellas no haya ninguna mujer, o “¡que criatura más linda!”, aunque se trate de un niño, o “la víctima quedó gravemente herida”, aunque la tal víctima sea un hombre. Sería una estupidez que los hombres nos sintiéramos desdibujados o discriminados por usar estas palabras. Y si estudiáramos más latín podríamos estudiar también gramática histórica y etimologías, y comprenderíamos que el idioma sigue una evolución regida por leyes lingüísticas que nada tienen que ver con la sociedad que lo utiliza.

El legado de Grecia

Vamos a ver hasta qué punto las ideas defendidas hasta aquí son un legado de Grecia. ¿Qué tienen los griegos para que nos marquen de un modo tan distinto de como nos marcaron otros pueblos? Porque si en Grecia se hicieron cosas bellas, también se hicieron en Egipto y en Babilonia. Pero sucede que los griegos, además, reflexionaron sobre la idea de belleza. En Grecia se hizo matemática, igual que en Egipto y en Babilonia. Pero los griegos, además, reflexionaron sobre la naturaleza de los conceptos matemáticos. Del mismo modo reflexionaron sobre la amistad y el amor, la paz y la guerra, el valor y la cobardía.

Los griegos no sólo hacían cosas, sino que también reflexionaban sobre las cosas que hacían. Esto es, los griegos filosofaron. Digamos que el quehacer filosófico consiste en la reflexión sobre los otros quehaceres. La técnica por sí misma no significa un progreso si no está acompañada por un pensamiento que marque sus límites y explore sus posibilidades más humanas. Y esta necesidad de pensamiento es lo que nos obliga a seguir reflexionando, a seguir siendo griegos para seguir siendo civilizados.

Y además los griegos se interesaron por el saber como un valor en sí mismo, y gran parte de la matemática que crearon no tuvo aplicaciones hasta muchos siglos más tarde. Y estas son las dos lecciones que nos enseñaron lo griegos: el saber que reflexiona sobre sí mismo (y esto es lo que llamamos filosofía) y el saber que es un valor en sí mismo, al margen de su utilidad (y es lo que llamamos cultura).

Es por esto que renegar de los clásicos grecolatinos no es mirar al futuro, sino regresar a la barbarie.


 

Ricardo Moreno es autor de Los griegos y nosotros: De cómo el desprecio por la Antigüedad destruye la educación.

Anterior artículo de la serie: Formar líderes a través de las humanidades

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