Enseñar a apreciar la grandeza

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Duración lectura: 2m. 59s.

Eric Anderson, que acaba de jubilarse como director de la famosa escuela inglesa Eton, defiende en The Daily Telegraph (Londres, 8-VI-94) la necesidad de enseñar los clásicos.

(…) Es especialmente preocupante el efecto anti-educativo de la televisión. Podría decirse que la influencia más insidiosa sobre los jóvenes no es la violencia, las drogas, el tabaco, el alcohol o la perversión sexual, sino nuestra afición a lo trivial y nuestra tolerancia con lo ramplón. Aquí es donde la televisión ha ejercido su influencia más devastadora.

Nosotros, compatriotas de Newton, Faraday y Darwin; herederos de la música alemana, de la pintura, la escultura y la arquitectura de Italia, de las ideas de los filósofos griegos y los profetas hebreos; los que hablamos la lengua de Shakespeare; nosotros parecemos contentarnos con dejar que nuestros hijos pasen sus años de formación bajo la influencia de una sucesión de policías y criminales, de Nintendos y Tortugas Ninja, Michael Jackson y Disneylandia.

(…) No sólo nuestros jóvenes, sino tampoco quienes les enseñan saben ya en qué se supone que creen. Si cualquier modo de vida es igualmente legítimo, ¿quién puede decir qué son los valores familiares? Cuando indigna más un chiste racista o un adjetivo políticamente incorrecto que una multitud de infidelidades o un comportamiento antisocial, no es asombroso que los profesores no sean capaces de señalar el camino a sus alumnos con un mínimo de autoridad. No se puede predicar valorescomunes cuando la comunidad ha dejado de existir,ni fomentar valores familiares cuando no hay familia.

Sin embargo, algo podemos hacer. Lo primero es hablar alto y claro, repetir con convicción que esas cosas son de tercera y que existen las cosas de primera categoría. Los profesores somos personas tolerantes y liberales. Creo que durante una generación, los que trabajamos en la enseñanza hemos sido demasiado tolerantes con sucedáneos baratos de la alta cultura, demasiado deseosos de agradar condescendiendo con los gustos de nuestros alumnos en lugar de intentar que participen de los nuestros.

(…) Es hora de que recuperemos la confianza y digamos alto y claro que lo único que interesa, cuando se trata de enseñar algo, no es si resulta pertinente o feminista o políticamente correcto, sino si es grande. Debemos atrevernos a hablar de los valores de la civilización; pero, al mismo tiempo, debemos enseñar esos valores a nuestros alumnos.

No basta decir que la escuela ha de ser una avanzadilla de la civilización en un mundo bárbaro, una isla de cultura en el océano de la trivialidad y la mediocridad que es la vida moderna. Es nuestro deber, nuestra elevada vocación, asegurar que la escuela lo sea realmente, enseñando lo mejor que se ha pensado y hecho y dicho.

Tenemos la misión de mostrar a los jóvenes que practicar deportes de equipo con sus amigos es intrínsecamente mejor que machacar al enemigo electrónico en un videojuego, que Mozart pertenece a una categoría diferente a la de Michael Jackson, y que Macbeth es cien veces más interesante que Mickey Mouse.

Sólo introduciendo a los jóvenes en la mejor literatura, en la mejor música y en el apasionante mundo de la mejor ciencia, les abrimos las posibilidades que laten en el espíritu humano y más allá de los límites de lo vulgar, y les hacemos capaces de contemplar y soñar.

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