En los países pobres escolarizar no es alfabetizar

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La UNESCO acaba de publicar el “Informe anual de seguimiento de la educación para todos en el mundo”, que analiza cómo progresan los seis objetivos fijados en el Foro Mundial sobre Educación (Dakar, 2000). El segundo de esos objetivos es “universalizar la enseñanza primaria obligatoria y gratuita antes de 2015”. La progresión es buena en algunas regiones: entre 1999 y 2004, la escolarización en educación primaria ha aumentado un 27% en el África subsahariana y un 19% en Asia meridional y occidental. Sin embargo, el informe estima que para conseguir todos los objetivos son necesarios 11.000 millones de dólares al año -muy lejos de los 4.400 millones que pusieron los países donantes en 2004- y muchos más profesores -entre 2,4 y 4 millones solo para el África subsahariana-. Pero el problema no se reduce al dinero.

Uno de los primeros efectos que tiene la lluvia de dólares en un país pobre es la gratuidad de la enseñanza primaria. Gracias a las ayudas, Uganda eliminó las tasas en 1996 y duplicó la matriculación de alumnos en solo un año. En Kenia y Ghana ocurrió algo por el estilo. Si la gratuidad no es reclamo suficiente, parte del dinero se destina a dar comida gratis o a un precio asequible a los alumnos, a condición de que sus padres no los saquen del colegio. Según el Grupo Independiente de Evaluación (GIE) del Banco Mundial, iniciativas como esta han logrado que en Nicaragua, por ejemplo, la tasa de matriculación aumente 22 puntos porcentuales.

Pero llenar las aulas sin crear otras nuevas puede tener efectos negativos en la calidad. En Uganda, tres años después del “boom” que provocó al eliminación de tasas, algunos distritos escolares tenían más de 200 alumnos por aula. Y en 2005, la media en el país era de un libro de texto por cada tres alumnos. India es uno de los países que más ha aumentado la tasa de escolarización; sin embargo, casi la mitad de los estudiantes de 7 a 14 años no sabe leer.

Entonces, una vez que los alumnos están en las aulas, ¿qué? A principios de año, la ONG británica Pratham, dedicada al desarrollo educativo en la India, publicó un estudio para responder a esa pregunta. El leitmotiv de la organización es “que todos los niños vayan al colegio… y aprendan”. Y este último detalle casi nunca se verifica en los programas de universalización de la enseñanza, preocupados exclusivamente por aumentar las matriculaciones. Por ejemplo, el GIE solo ha realizado pruebas de control de progreso educativo en 5 de los 12 países a los que el Banco Mundial concede ayudas.

Según “The Economist” (15-07-2006), esa tarea no se puede dejar a los padres, ya que en muchas ocasiones, sus hijos son los primeros de la familia que acuden al colegio. En el estado indio de Uttar Pradesh, por ejemplo, el 41% de los alumnos de primaria no saben leer, pero solo el 21% de los padres lo sabe..

Uno de los experimentos de Pratham ha consistido en contratar a jóvenes sin experiencia docente, pero con la “high school” terminada, para ayudar a los alumnos con peor nivel académico de algunas ciudades indias. Son baratos -la ONG les paga 10-15 dólares al mes- y fáciles de instruir (solo reciben un curso de dos semanas de duración). Como dan las clases de apoyo en los pasillos del colegio o incluso debajo de un árbol, no es necesario gastar dinero en edificios. Los resultados han sido muy buenos en Bombay.

El semanario concluye que aunque el dinero consigue con facilidad llenar las aulas, es clave medir el progreso académico de los estudiantes de los países pobres, pues en muchos lugares, después de varios años de escolarización, los alumnos ni siquiera saben leer. El modelo Pratham puede ser el remedio a la carrera por conseguir dinero, construir colegios y llenar las aulas de estudiantes que acabarán siendo analfabetos. ¿Lo saben los donantes?

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