Avances y límites de la Europa universitaria sin fronteras

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Duración lectura: 1m. 59s.

A la espera de la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, la Comisión de Bruselas se ha planteado el futuro de los grandes programas universitarios europeos, con idea de redefinir antes del verano próximo sus políticas, articuladas actualmente sobre todo en torno a los más importantes y conocidos programas Comett, Erasmus y Lingua. Estos programas, como los demás, terminan su vigencia al final de 1994.

En estos últimos años, se ha ido creando una auténtica red universitaria europea, por incipiente que pueda considerarse: 205 asociaciones universidad-empresa en el marco del programa Comett, 200 programas Erasmus de intercambios universitarios, cientos de iniciativas conjuntas en torno a Lingua. Aunque no se espera llegar al objetivo del 10 por 100 de movilidad estudiantil antes de tres o cuatro años, miles de profesores y alumnos universitarios se han acostumbrado a una mayor movilidad, y a trabajar cooperativamente en proyectos internacionales. Esa realidad positiva es compatible con quejas reiteradas, que acentúan algunos aspectos: la evidente complejidad burocrática de los programas oficiales; la insuficiencia de las becas -un informe de la propia Comisión de Bruselas señala el riesgo de que Erasmus acabe siendo un programa de intercambio para estudiantes ricos o privilegiados-; la carestía de los alojamientos fuera del propio lugar; las dificultades idiomáticas -agravadas en el caso de universidades que no han acertado a encauzar armónicamente viejas querellas entre las lenguas oficiales a nivel estatal y local-; la insuficiente información que se facilita en las universidades de destino o, en fin, los problemas aparentemente triviales derivados de los diferentes calendarios académicos de cada país.

Pero, una vez superadas las dificultades iniciales, los interesados suelen quedar muy contentos después de participar en estas actividades europeas. El ambiente general entre profesores y alumnos-y también entre los responsables de Bruselas- es optimista: ven al alcance de la mano superar los obstáculos y seguir avanzando en internacionalidad, porque en esto, como en casi todo, hay un “valor añadido comunitario”.

Desde luego, los encargados de los programas no dejan de insistir en que, en realidad, han sido relativamente modestos: desde 1987, sólo han contado con unos mil millones de ecus, sobre los trescientos mil del presupuesto de la CEE. Y de los 3.244 universitarios que siguieron aquel año el Programa Erasmus, se ha pasado a más de 80.000 en 1992.

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