Sacrificios a los dioses

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Duración lectura: 2m. 57s.

Contrapunto

El descubrimiento en los Andes peruanos de los restos congelados de tres jóvenes sacrificados a los dioses hace unos quinientos años, ha mostrado en todo su dramatismo este aspecto sanguinario de la religión de los incas. No es que fuera desconocido. Abundantes crónicas de los conquistadores españoles habían hablado de estas prácticas que les horrorizaban. Pero ya se sabe que todo lo escrito por los vencedores es sospechoso, sobre todo en unos tiempos en que el péndulo de la visión idílica se ha desplazado hacia el buen salvaje de los tiempos precolombinos.

Quizá por eso los mismos textos que ofrecen una visión exagerada y fuera de contexto de las víctimas de la Inquisición o del caso Galileo, pasan como de puntillas por el asunto de los sacrificios humanos de las religiones americanas. Newsweek recoge lo que dice a este respecto la Enciclopedia de la Religión, publicada por MacMillan en 1987, al hablar de la religión inca. El autor dice plácidamente que “se ofrecían sacrificios de los grandes ecosistemas complementarios de la naturaleza (plantas, pájaros, moluscos, la sangre de los animales -particularmente llamas- y hombres) y de los cultivos”. Poner los sacrificios humanos al mismo nivel que los ofrecimientos de pájaros refleja que hemos avanzado mucho en la línea de ver al hombre sólo como una especie más, lejos de considerarnos el centro del universo.

Pero un antropólogo que se precie evitará también cualquier juicio de valor occidentalizado. La misma revista recoge las palabras del antropólogo John Verano, que ha escrito sobre los sacrificios humanos entre los aztecas: “Entre los conquistadores hay una tendencia a usar los sacrificios como excusa para decir: ‘Estas gentes son unos bárbaros, tenemos que tomar el mando’. Pero dentro del contexto de la cultura azteca, los sacrificios humanos tenían sentido. El sacrificio de sangre humana, y particularmente del corazón, era necesario para que el sol saliera cada día. Eso estaba relacionado con sus historias de la creación y sus mitos. Era parte de su tradición cultural”.

Pero el problema no es que sea una tradición cultural distinta, sino los resultados de esa tradición cultural. Entre una religión como el cristianismo, que pide sacrificarse por los demás por amor a Dios, y otra que lleva a sacrificar a los otros para contentar a su dios, la diferencia es de vida o muerte. Sin duda, cada religión tiene su propia idea de los orígenes. Según algunas religiones, Dios creó el sol; para otras, el sol era dios; y para los aztecas, había que mantener en marcha al sol con sangre humana. La discrepancia no es sólo conceptual, a juzgar por la reacción de los otros pueblos vecinos de los aztecas -principal materia prima de sus sacrificios-, que no dudaron en aliarse con los españoles en contra de sus sojuzgadores.

Si el relativismo cultural bastara para justificar cualquier tradición, los británicos en la India deberían haber dejado quemar a la viuda en los funerales del marido, y no tendríamos motivo para escandalizarnos porque en algunos países africanos continúen las mutilaciones genitales femeninas o porque los odios étnicos seculares -en Ruanda o en Bosnia- causen matanzas de vez en cuando. Hay tradiciones que es mejor que se pierdan y pasen a ser mero objeto de estudio de los antropólogos.

Ignacio Aréchaga

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