Prensa gratuita y prensa de pago: ¿una convivencia imposible?

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El fenómeno de los periódicos para leer en el Metro
La prensa gratuita ha entrado con fuerza en algunos países. Algunos creen que señala el inicio de un modo distinto de hacer periodismo. De momento, la aparición de nuevas ediciones de Metro y 20 Minutos en los transportes públicos de varias ciudades europeas ha provocado un debate, sobre todo en Francia, donde los sindicatos de la distribución de prensa han declarado la guerra a estos títulos. Los diarios de pago acusan a los gratuitos de competencia desleal. La otra parte replica que no les roba clientes, sino que gana lectores nuevos, y que, en cualquier caso, prima la libertad de expresión.

La prensa gratuita no es un fenómeno completamente nuevo. El precedente histórico más lejano parece ser la penny-press neoyorquina del siglo XIX: breves diarios sensacionalistas dirigidos a la clase obrera que costaban 1 centavo (1 penny). Los grandes periódicos de pago, como el New York Times, surgieron en parte como réplica a esta prensa barata, y ganaron. Hoy parece que es la prensa gratuita la que pone en jaque a la de pago.

Los gratuitos se han ido expandiendo en los últimos decenios. Pero hasta hace poco eran casi solo semanarios de información local (muy local a veces: de barrio) o especializada (de espectáculos o mercado inmobiliario, en muchos casos). La prensa convencional no ha visto las orejas al lobo hasta que han empezado a difundirse con éxito diarios gratuitos de información general, en especial los que se distribuyen en los transportes públicos. Son noticieros financiados exclusivamente con publicidad, de contenido más bien ligero y que no suelen pasar de veinte o treinta páginas.

Lecturas ligeras

El origen de la reciente ofensiva está en Escandinavia. De Suecia ha venido Metro, editado por Modern Times Group, y de Noruega, 20 Minutos, propiedad del grupo Schibsted. Como indican los títulos, este tipo de prensa ofrece la posibilidad de estar informado con muy poco tiempo de lectura, aprovechando el «tiempo muerto» que se pasa viajando en el metro. Se ha difundido rápidamente por Europa, y también al otro lado del Atlántico, especialmente en Latinoamérica. Por ejemplo, Metro está presente en Italia (437.000 ejemplares), España (416.000), Suecia (411.000), Holanda (300.000)… 20 Minutos es especialmente fuerte en España (500.000 ejemplares) y en Suiza (300.000).

Desde la prensa tradicional, se insiste en que la baza de la prensa gratuita, la reducción del contenido editorial, es su talón de Aquiles. Esta prensa es ante todo visual, no solo por los anuncios que la sostienen, sino en el modo mismo de presentar la información. Está llena de fotografías y gráficos en color, de forma que el texto informativo se reduce en ocasiones a un pie de foto. Busca y consigue llamar la atención, pero ¿va más allá? Una de las principales objeciones que se le hacen es que se limita a ofrecer datos de las agencias de prensa, sin ofrecer ninguna opinión o perspectiva, dando así impresión de neutralidad informativa.

El problema, afirma Michel Diard, secretario general del Sindicato Nacional de Periodistas de Francia, es que la información nunca es neutra ideológicamente -tampoco la de las agencias de prensa-, de modo que sin una exposición crítica de la noticia, el riesgo de parcialidad es mayor. La información es así tratada, continúa Diard, con un criterio publicitario, como una mercancía más que hay que «meter por los ojos». Por otro lado, al no depender para nada económicamente del lector, se hace inmune a sus críticas. Los únicos que pueden ejercer presión económica son los anunciantes, con lo que la supuesta neutralidad resulta muy dudosa. Si entre los anunciantes están, por ejemplo, empresas financieras o bursátiles, ¿será objetiva, independiente, la información económica?

Pero ¿acaso la prensa de pago no está sujeta a las mismas tentaciones? En cuanto a la dependencia de los anunciantes, la diferencia con los gratuitos no es esencial, sino de grado, replica Frédéric Filloux, director de 20 Minutes, título recién implantado en Francia. En un artículo publicado en Le Monde (23-II-2002), Filloux hace notar que prestigiosos periódicos como el New York Times obtienen por la venta de ejemplares solo el 20-25% de sus ingresos, y viven principalmente de la publicidad. «Sin embargo, sus periodistas no han renunciado a sus principios», señala Filloux. Gratuidad, pues, no significa sujeción a intereses económicos, como todo el mundo reconoce en el caso de la radio y la televisión.

¿Competencia o incentivo?

Frente a los recelos de los periódicos establecidos, hay quien considera que los diarios gratuitos pueden ser, en realidad, beneficiosos para la prensa tradicional. En primer lugar, porque, según parece, la mayoría del público que captan no son lectores habituales de prensa. De modo que no quitan lectores a la prensa de pago, sino crean nuevos lectores potenciales para ella.

En segundo lugar, la prensa gratuita puede desencadenar el mismo proceso que la penny-press: despertar el apetito por una información más rigurosa. Si es de calidad, no constituye un sustituto sino un complemento a la prensa de pago. Antonio Fernández-Galiano, director general del diario español El Mundo, señala que, frente a la «amenaza» de los gratuitos, la prensa tradicional saldrá reforzada, siempre y cuando vaya en dirección opuesta, primando la calidad, la reflexión y el análisis sobre la inmediatez del dato.

Desde la prensa gratuita se intenta calmar los ánimos. Philippe Carlhammar, vicepresidente de la filial francesa de Metro International, ha anunciado la creación de un consejo editorial para garantizar la calidad informativa de Metro. El mismo diario ha publicado un editorial en que advierte que su información no es más que un resumen de la actualidad, e incluso aconseja ampliarla acudiendo a la prensa de pago. Algo semejante afirma Frédéric Filloux, de 20 Minutes. Su diario nunca tendrá corresponsales ni enviados especiales en el extranjero, porque su fuerza está en «tratar una actualidad más local, menos grandiosa, pero más cercana a sus lectores, con originalidad y rigor».

Otros representantes de los gratuitos prefieren marcar las diferencias con los de pago. Ramón Pedrós, director de Metro en España, afirma que la clave del éxito que está cosechando la prensa gratuita radica en que «los periódicos tradicionales se enzarzan en guerras partidistas, mientras nosotros planteamos una neutralidad beligerante para captar el mayor abanico de lectores».

Independencia, calidad… ¿no falta algo? En el artículo antes citado, Filloux señala que, en medio de toda esta polémica, nadie se ha acordado de mencionar la libertad de prensa, parte de la libertad de expresión.

La distribución, «casus belli»

De todas formas, el casus belli contra los gratuitos es la distribución. Los más combativos han sido los sindicatos franceses, que han definido la prensa gratuita como «una enfermedad epidémica del liberalismo». Han retrasado varios meses la distribución de estos diarios, pero finalmente no han conseguido detenerla. Se han producido altercados en París con los distribuidores de esta prensa; aguerridos piquetes han interceptado los camiones de reparto y han arrojado los ejemplares a la calle o al Sena. Todo, porque en Francia existe un monopolio sindical de hecho para la distribución de prensa, en virtud de un acuerdo del sector que asegura el negocio a los afiliados pero encarece los periódicos, y los gratuitos han quedado fuera.

En Madrid y Barcelona se trató de implantar la «ley de los 50 metros», para prohibir la distribución de los diarios gratuitos a menos de dicha distancia de los quioscos, y el caso sigue abierto. Ignacio María Benito, director general de la Asociación de Editores de Diarios Españoles, afirma que la prensa de pago lo único que pide es igualdad de condiciones de distribución: mientras que para abrir un quiosco hay que cumplir una normativa muy estricta, los distribuidores de prensa gratuita pueden ponerse con sus carros donde quieran.

Pese a todo, está por ver que los diarios gratuitos sean tan temibles para la prensa de pago. En Suecia están bien implantados, sin perjuicio para la prensa convencional. El único posible contraejemplo, el cierre del diario Arbebet en Estocolmo, no parece estar directamente relacionado con la aparición de Metro. Pero los gratuitos no siempre tienen éxito. En Zúrich, Bélgica y Buenos Aires varios han tenido que cerrar; incluso en Suecia ha pasado lo mismo con cuatro títulos. En Alemania no queda ninguno. En general, la prensa de pago, nacional o regional, ha resultado poco afectada hasta el momento. No hay pruebas de que la gratuita le quite lectores. Hay, en cambio, razones para pensar que el diario gratuito es una lectura distinta, para un público distinto o para otra ocasión.

David Armendáriz Moreno

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