Murillo, pintor de mirada cristiana

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Sevilla acaba de comenzar a conmemorar los 400 años del nacimiento de uno de sus artistas más universales: Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 31 diciembre 1617-3 abril 1682). Las expectativas que ha generado el Año Murillo son muchas, y la oferta cultural prevista tan amplia como variada. Pero ¿qué se espera y qué quedará de este evento? ¿Estará a la altura del genio artístico de Murillo? ¿Es Murillo un artista sobrevalorado, como opinan algunos, o más bien desestimado, como se piensa cada vez más? ¿Lo conocemos y comprendemos suficientemente? Y, ante todo, ¿sigue siendo un artista para nuestro tiempo?

Pocos casos se han dado en la historia del arte en los que entre el artista y su ciudad natal se dé tanta sintonía. Decir Murillo es lo mismo que decir Sevilla, con todo lo que tiene de patrimonio histórico y cultural, y de ciudad universal (no en vano –gracias en parte al Año Murillo– la capital andaluza encabeza para el año 2018 el ranking “Best in Travel” de Lonely Planet como la ciudad más recomendada para visitar, siendo la primera de España en lograrlo).

Murillo descubre con su mirada lo que de eterno hay en todas las circunstancias humanas, y lo que de humano hay en todas las manifestaciones de lo divino

Pero también decir Sevilla es decir Murillo, porque el artista fue el mejor cronista de la sociedad de su tiempo. A pesar de tantas incomprensiones, expolios y prejuicios, será siempre un modelo de artista sevillano, simbiosis imposible de lo barroco y lo natural, de lo más divino y lo más humano, de lienzos donde puedes llamar de tú a la Virgen o a los ángeles, y de usted a los mendigos y menesterosos de la calle.

La mirada innovadora

Subrayando el lema escogido para el evento y que envuelve toda la celebración (“Murillo, Sevilla y la mirada innovadora”), el alcalde de la ciudad, Juan Espadas, destacó en la inauguración que “Murillo pintaba para ojos que todavía no habían nacido en su época”. Y es verdad: la mirada de Murillo, por ser profundamente cristiana, toca al mismo tiempo todos los resortes del ser humano. Por eso, como asombró y conmovió los corazones de sus contemporáneos, así también sabe llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. Sus cuadros transpiran tal humanidad, que muchos de ellos, por más que sean generalmente de temática religiosa, podrían no ser considerados como tales (pensemos en la Sagrada Familia del pajarito, o en El sueño del Patricio, o en tantos rostros de Vírgenes y santos).

Precisamente lo que sigue siendo novedoso en Murillo es ese mostrar que lo humano y lo divino van de la mano, algo tan propio del espíritu de la reforma católica. Con su arte, Murillo quiere mostrar a una sociedad tan desolada como la Sevilla del XVII, que pobreza, sufrimiento, esperanza, ternura, alegría… son atributos divinos. Y mirar el mundo desde esa perspectiva es, sin duda y aún hoy, innovador.

Cronista de la tristeza y el pesimismo, poco a poco irá rezumando en sus lienzos la alegría de vivir: la naranjera, el muchacho con un perro, la vieja espulgando a un niño, las vendedoras de fruta… Gracia, juego y alegría, son las tónicas dominantes de estas obras de temas intrascendentes, de escenas callejeras. Para muchos han sido siempre cuadros absurdamente poéticos, faltos de realismo. Para Murillo, fueron precisamente su modo de reaccionar digna y cristianamente contra esos compañeros en el viaje de su vida como fueron el hambre, el dolor y la muerte; personajes que siguen siendo protagonistas erráticos de nuestras propias vidas.

La mirada de Murillo es pues innovadora porque no se limita a fotografiar o combatir la miseria que ve, sino que lo llena de esperanza y simpatía, de piedad y compasión; lo humaniza y, como sus Inmaculadas, ayudan a posar esa mirada en el cielo sin dejar de tener los pies en la tierra. Murillo descubre con su mirada lo que de eterno hay en todas las circunstancias humanas, y lo que de humano hay en todas las manifestaciones de lo divino. Tras veinte siglos de cristianismo, esa mirada feliz, encarnación de la esperanza incluso en las condiciones más adversas, sigue siendo innovadora y muy necesaria en nuestro tiempo. Nadie como Murillo ha sabido representar lo revolucionaria que es la ternura.

La ruta de la luz

Diego Angulo y otros expertos han señalado acertadamente que Murillo tuvo que recorrer en su pintura la ruta de la luz para alejarse del tenebrismo anterior, al tiempo que sus cuadros iban ganando en naturalismo y en optimismo esperanzado. Tal vez esa misma ruta es la que han sufrido sus cuadros y su fama durante siglos.

Por eso, ¿qué cabe esperar del Año Murillo? A pesar del poco tiempo con el que ha sido preparado el evento (en comparación con los cinco años de preparación del Año Greco, algo por otra parte tan connatural al cainismo español), habrá por una parte una oferta tan interesante como pasajera, pero habrá también dos cosas importantes que pueden quedar. Una más material: el logro de la tan ansiada ampliación de la pinacoteca sevillana y la restauración de algunas de sus obras o algunas mejoras en las infraestructuras culturales (es muy interesante, por ejemplo, el deseo de recuperar las arquitecturas efímeras antiguas). Y junto a ello habrá en el Año Murillo un aspecto inmaterial pero tal vez más relevante y que debería por ello permanecer: la recuperación de su propia figura, tan mitificada por el mundo de la academia y el coleccionismo, como olvidada y hasta incomprendida por algunas de las vanguardias históricas.

Murillo necesita recuperar la luz que le ha sido arrebatada tantas veces. El propio Angulo, su mejor biógrafo, hablaba de aquellos que “por una absoluta falta de ecuanimidad estética, y no sé si por una libidinosa observación o por una irreprimible actitud antirreligiosa, son incapaces de disfrutar serenamente del naturalismo de la pintura religiosa de Murillo”. En efecto, quienes ven en Murillo sólo al gran pintor naturalista y genio del color, sin descubrir su anhelo de divinidad y su fervor religioso, no lo comprenderán jamás. Pero igualmente, quienes se limitan a catalogarlo como un maestro excelso, por encima del bien y del mal, o como un modelo del populismo beato –de estampas y calendarios–, sin apreciar la preocupación caritativa del artista por el mundo social que le rodea y su deseo de aliviar el sufrimiento real con pinturas llenas de esperanza y ternura, tampoco lograrán una imagen completa de este hombre genial. Y todo apunta a que ambas percepciones siguen teniendo muchos defensores y llegan a esta efemérides con las espadas en alto.

Murillo es autor de lienzos donde puedes llamar de tú a la Virgen o a los ángeles, y de usted a los mendigos y menesterosos de la calle

El Año Murillo, por tanto, será un gran evento y una magnífica oportunidad. Necesitamos que Murillo salga a la luz, tanto o más como lo necesitó la Sevilla o el mundo del XVII, pues da muchas veces la impresión de que la desesperanza, miseria o mundanidad que él vivió y pintó, vino en aquellas galeras de Indias para quedarse, como se quedó la Giralda que aún sostienen Justa y Rufina, o los niños que siguen jugando a dados en las esquinas, o la muchacha que ríe pícaramente desde la ventana, o la gitana con el niño, o la misericordia hecha vida en la serie que Mañara le pidiera para el Hospital de la Caridad, o las desarmantes miradas de Madre e Hijo pintadas en una servilleta… Como todo lo que hace que aún hoy seamos quienes somos.

Una amplísima oferta cultural

Ocho exposiciones, dos itinerarios por Sevilla, conciertos y ciclos temáticos, programas audiovisuales, actividades divulgativas, varios proyectos de investigación y un congreso internacional pondrán en valor la obra y la figura de Murillo en su año conmemorativo. En total, más de 600 obras procedentes de diversos países conformarán la oferta definitiva, repartidas en ocho grandes exposiciones, entre las que destacan “Murillo y su estela en Sevilla” y la que cerrará el año: una antología en la pinacoteca sevillana bajo el título “Murillo IV Centenario”.

Al margen del apartado puramente pictórico, la oferta cultural será muy variada: El punto de partida lo ha puesto el violagambista Jordi Savall en el Teatro de la Maestranza con un concierto inspirado en las obras de Murillo, y la clausura tendrá lugar con otro gran concierto en el mismo escenario, el día de la Inmaculada de 2018. En el bloque de investigación sobresale el congreso internacional “Murillo ante su centenario. Perspectivas históricas y culturales” (19-22 marzo 2018), dirigido por Benito Navarrete.

Pero, siguiendo la intención de los organizadores, de lograr conectar con la gente corriente –algo por otra parte tan propio de Murillo como artista y como persona–, las actividades populares serán también muchas. Habrá, por ejemplo, dos itinerarios por Sevilla, uno más tematizado en el pintor (“Tras los pasos de Murillo”) y otro más transversal (“Las miradas de Murillo”), que permitirán recorrer la Sevilla del siglo XVII siguiendo las huellas del artista por los enclaves más emblemáticos de su biografía y de su propia evolución y aporte artístico.

Otras propuestas conducirán al público a través de aspectos como la cocina o las letras y los libros en la Sevilla de Murillo, muestras sobre la cerámica del barroco y su presencia en la obra del pintor, sobre la religiosidad en su obra, o que muestren los pormenores de los lienzos restaurados para la ocasión. Como espectáculo de masas, habrá incluso una fiesta-concierto de la flota de Indias que se celebrará en el Muelle de la Sal, y en la que se recreará el ambiente del desembarco, con luminarias, fuegos de artificio y disparos de salvas desde el montículo del Baratillo; todo ello animado con un grupo de música antigua con dramatizaciones teatrales.

Más información en www.murilloysevilla.org.

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