Medios de desinformación religiosa

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Duración lectura: 10m. 46s.

En la prensa libertaria y la prensa de corte ilustrado
Cuando la religión aparece en algunos medios de comunicación, se observa una tendencia persistente a presentarla de modo negativo. En un artículo publicado en Ecclesia (Madrid, 29 enero 2000), del que ofrecemos un extracto, Juan Luis Lorda analiza la desinformación religiosa en la prensa española, encuadrándola en dos tipos de medios: la prensa de aire libertario y la de cuño ilustrado.

La prensa de aire libertario se caracteriza, sobre todo, por ser frívola. Carece de proyecto intelectual, fuera de una genérica opción por la libertad de costumbres. Cree estar en la cresta de la ola y, asumiendo una tradición surrealista bastante demodée, piensa que hacer cultura consiste en sorprender con alguna que otra “transgresión” (a estas alturas).

Se considera al margen de la cultura cristiana y procura marcar las distancias, cuando hay ocasión, con alguna salida de tono. Tiende a ridiculizar lo religioso, y se regocija cuando las circunstancias le ofrecen algún pequeño escándalo sexual o financiero. También rastrea todo lo escabroso que se puede recuperar de la historia. Pero lo hace con intención de llenar los dominicales y entretener al lector. No busca el lado más anticlerical, sino el más morboso.

Tratamiento errático

No tiene posicionamientos ideológicos claros, sino más bien vitales, y se le nota un aire posmoderno, de estar de vuelta. Por eso, el tratamiento de lo religioso tiende a ser errático. No le importa recoger manifestaciones religiosas auténticas, siempre que sean curiosas y entretenidas. Y muestra un cierto escrúpulo de conciencia cuando trata, generalmente bien, las realizaciones sociales de la Iglesia. También suelen caerle simpáticos los personajes en distancia corta, en entrevistas, etc. En cambio, muestra recelos instintivos hacia la institución tomada en general (la Iglesia, la autoridad, la curia romana, la conferencia episcopal, el Magisterio). Y tiene un tic agudo que la caracteriza, que es la hipersensibilidad hacia la moral sexual católica. Aquí si que no deja pasar una y la respuesta suele ser airada.

El tema de la homosexualidad, en particular, es el callo que no se puede rozar. Y, a falta de otros, actúa como insignia del carácter libertario. Las cuestiones ecológicas o el reiterativo discurso en favor del relativismo total (ideológico, cultural, religioso, científico…) puede servir para ponerse algo de color en la camiseta, pero el tema sensible -a juzgar por las reacciones- es el otro. En círculos concéntricos, la hipersensibilidad se extiende hacia toda la doctrina de la Iglesia sobre la familia, la bioética y la paternidad o maternidad.

Le gusta coquetear con el mundo de la droga, siempre tratado con cariñosa indulgencia, aunque los datos clínicos obliguen en esto a un inevitable realismo y moderación. Lo libertario, como las borracheras, trae siempre a cuestas el problema de la resaca. Como vivimos en un mundo real, los actos libres (la droga, el sexo, el desenfado, el escapismo y la vida misma) tienen efectos reales, muchas veces no deseados. Son las leyes de la realidad. Y a la Iglesia le toca el feo o hermoso papel -según se mire- de recordar las leyes que creemos reveladas por el Creador. Y molesta. Por muy suave que se quiera decir, la Palabra de Dios se recibe en este contexto como una bofetada moral.

La prensa de corte ilustrado

La otra prensa -de corte ilustrado- presenta una fisonomía muy distinta. En primer lugar, se considera seria, y tiene una alta opinión de sí misma y de su papel en la sociedad moderna. Arroja sobre sus hombros la tarea de ser faro y guía intelectual del progreso. Se considera la conciencia laica del país y, desde que la izquierda se decolora (perdiendo el rojo), sostiene los ideales de la Ilustración francesa. Celebra con religiosa unción las efemérides ilustradas y mantiene el culto sagrado de lo público.

Mientras en la prensa libertaria podría hablarse de una desinformación errática, aquí se trata de una desinformación sistemática. Para esta prensa, la cuestión religiosa no es una más, sino que es un punto sensible de su proyecto cultural, y casi el único que le queda claro después de diez años de derivas, distanciamientos y decoloraciones apresuradas. Remontándose a los puntos de partida de su tradición ideológica, asume que el mayor mal de la historia ha sido el oscurantismo religioso. En consecuencia, considera un deber y un alto honor combatirlo.

Es una cruzada en toda regla basada en una creencia: lo religioso y, sobre todo, lo católico es, por su propia naturaleza, contrario al progreso de la humanidad. Es un principio que los datos reales, quiéranlo o no, tienen siempre que confirmar. Y se trabajará para que así sea. El enfoque y las manifestaciones de la religiosidad católica han cambiado mucho en el último siglo. Pero cuando la miran no ven lo que hay, sino lo que debería haber de acuerdo con este principio.

El repertorio de siempre

Por eso, saca constantemente del baúl de los recuerdos los argumentos, ya apolillados, que seleccionó la tradición laicista y anticlerical francesa. Y, con ocasión y sin ella, entrando en el siglo XXI, te recuerda las antiguas cruzadas, las guerras de religión, el juicio de Galileo o la actuación represiva de la Inquisición, como si acabaran de suceder y no se hubiera hecho otra cosa en la historia. Que San Juan de la Cruz haya podido convivir con la Inquisición y que sea un testimonio cristiano mucho más auténtico, da lo mismo; puestos a mentar, lo que se mentará hasta el agotamiento será la Inquisición, sin ninguna preocupación por los matices históricos.

El repertorio es terriblemente recurrente. En cuanto se sigue con atención su manera de dar las noticias religiosas, se notan todos los tics y se cazan todos los trucos de esta prensa.

No dejarán de reseñar en lugar destacado todo lo que resulte grotesco, lo que huela a superstición, lo que parezca anacrónico en las manifestaciones religiosas. Personajes estrafalarios, fiestas recónditas, prácticas ancestrales que han fosilizado en alguna esquina: todos y todas encontrarán sitio preferente y merecerán titulares. Además de destacar los escándalos financieros y sexuales de eclesiásticos, también encontrarán lugar todos los opositores, los tránsfugas y los problemáticos. Y toda persona a quien la autoridad eclesiástica recrimine algo, se convertirá, por eso mismo, en un héroe; y tendrá espacio a su disposición mientras se anime a discrepar y ser suficientemente ácido.

Probablemente considera de mal gusto dar relevancia a ningún intelectual cristiano del pasado o del presente. La tesis de partida es que lo cristiano tiene que ser contrario a la ciencia y el saber, de manera que no puede existir ni pensamiento cristiano ni pensadores cristianos. Así que o se ignora completamente el pensamiento o al pensador o, si se lo menciona, se omite que es cristiano.

Desde el ángulo más desfavorable

Y cuando no queda otro remedio que dar la noticia, cuando lo religioso mismo es noticia, se buscará el ángulo que menos le favorezca. Primero se reduce el mensaje al mínimo. Después, se piensa el modo de mentar los móviles torcidos (el poder y el dinero) y de recordar el pasado descalificador (la Inquisición). Se da voz a los que piensan lo contrario. Se recogen todos los detalles peregrinos, absurdos o antipáticos. Y se escogen las fotos más grotescas. Si se toma uno la molestia de recorrer cómo ha tratado esta prensa los viajes del Papa, comprobará que, con la sola excepción de Cuba -donde no supo situarse- y con una insoportable monotonía, el procedimiento ha sido siempre el mismo: acusaciones de protagonismo y de gastos excesivos; recuerdo sesgado de las circunstancias históricas más dolorosas; amplia atención a voces descontentas; recopilación de detalles chuscos; y selección de fotos peregrinas. Todo, menos dejar sitio al mensaje y a la intención religiosa.

Por escoger otro ejemplo más cercano. El 26 de diciembre pasado, uno de los principales medios españoles recogía la noticia de la inauguración del Jubileo del año 2000, en la noche de Navidad. La noticia era inevitable, pero pasó por la cocina. Tras poner en primera página una rara foto del Papa de espaldas y arrodillado, visto desde abajo, dedicó al asunto dos artículos en la sección de religión. El primero hablaba del Jubileo como un montaje televisivo. Y el otro, de lo que costaban los coches del Vaticano, remontándose a los mercedes que usaba Pío XII. Del mensaje y del significado del Jubileo, de la renovación espiritual, de las opiniones del Papa, de los dos mil años de Jesucristo, apenas una furtiva línea; todo lo demás, adobo.

Un mensaje que excede a sus portadores

No se trata de plantear una batalla entre los buenos y los malos. Porque tal distinción es imposible hasta el final de los tiempos, y la hará, como quiera, nuestro Señor Jesucristo. Mientras, en lo que nos toca ver y podemos juzgar, ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos. Los cristianos tenemos que vivir en la incómoda situación de ser portadores de un mensaje maravilloso que nos excede. Es lógico que los que no son o no quieren ser cristianos perciban el efecto grotesco. Es la base inevitable de la mofa anticlerical.

Tampoco vamos a decir que todos nuestros antecesores eran santos, que reflejaron bien el mensaje de Cristo y que no ha habido malentendidos dolorosos. El fin del milenio ha sido ocasión de reconocer culpas pasadas. Pero el inicio del nuevo es la ocasión de relanzar la evangelización. No podemos renunciar a difundir el mensaje de Jesucristo, que es luz que ilumina y sal que da sabor a la vida. Y no debemos permitir que lo desvirtúen injustamente a fuerza de frivolidad o de maniobras intelectuales.

El Papa pide conciencia crítica a los medios de comunicaciónEn el mensaje para la reciente Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales (24 de enero), Juan Pablo II subraya la responsabilidad de los comunicadores, que han de mostrar respeto a las convicciones religiosas.

Recordando los textos bíblicos, el Papa señala que “la historia de la comunicación es como un proceso que va desde el orgulloso proyecto de Babel, con su carga de confusión e incomprensión mutua, hasta Pentecostés y el don de lenguas: la comunicación es restaurada con su centro en Jesús, por medio de la acción del Espíritu Santo”. Pentecostés revela la característica fundamental del anuncio cristiano: “El núcleo vivo del mensaje que los Apóstoles predican es Jesús crucificado y resucitado, que vive triunfante sobre el pecado y la muerte”. Esa misma es la base de la evangelización en los tiempos actuales: “Es obvio que las circunstancias han cambiado profundamente en dos milenios. Y sin embargo, permanece inalterable la necesidad de anunciar a Cristo. El deber de dar testimonio de la muerte y la resurrección de Jesús y de su presencia salvífica en nuestras vidas, es tan real y apremiante como el de los primeros discípulos. Hemos de comunicar la buena noticia a todos aquellos que quieran escuchar”.

Hoy, al anunciar el mensaje cristiano, añade el Papa, la Iglesia debe usar con vigor y habilidad sus propios medios de comunicación, aunque no debe reducirse a ello: “Los comunicadores católicos deben ser intrépidos y creativos para desarrollar nuevos medios y métodos en la proclamación. Pero, en lo posible, la Iglesia debe aprovechar al máximo las oportunidades de estar también presente en los medios seculares”.

Juan Pablo II reconoce que “los medios de comunicación están contribuyendo ya de muchas formas al enriquecimiento espiritual, por ejemplo en los numerosos programas especiales que se transmiten a nivel mundial por medio de satélites durante este año del Gran Jubileo”. Pero no siempre ocurre así: “En otros casos, sin embargo, expresan la indiferencia y hasta la hostilidad que existe en ciertos sectores de la cultura secular hacia Cristo y su mensaje”. Por eso, señala el Papa, “es necesario un cierto tipo de examen de conciencia por parte de los medios, que conduzca a una mayor conciencia crítica sobre esa tendencia a un escaso respeto por la religiosidad y las convicciones morales de la gente”.

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