“Más que de identidades, prefiero hablar de nombres propios”

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Duración lectura: 6m. 22s.
Ana Marta González

Las cuestiones identitarias han pasado al primer plano de la política, donde parece que un puñado de etiquetas basta para dar cuenta de la realidad. Pero la existencia humana se resiste a las categorizaciones, sobre todo en un ámbito como el de la identidad. De esa riqueza hablamos con Ana Marta González, catedrática de Filosofía y directora del Proyecto Cultura Emocional e Identidad (CEMID), del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra.

“¿Todavía no sabes cómo me llamo? Esa es la única respuesta. Dime, ¿quién eres tú, solo, tú mismo y sin nombre?”. La pregunta de Tom Bombadil a Frodo en El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien, sirve a Ana Marta González de cita de entrada a su libro recién publicado Descubrir el nombre. Subjetividad, Identidad, Socialidad, una monografía en la que ha volcado “muchos años de estudio y reflexión”, como explica ella misma.

— En el debate público, abundan los discursos que vinculan las cuestiones identitarias a problemas sociales, como el auge del tribalismo, los sistemas de opresión, la denuncia de los privilegios, etc. ¿No tenemos categorías más ilusionantes para hablar de la identidad?

Creo que el auge del lenguaje identitario en el debate político puede interpretarse como una reacción de la subjetividad frente a planteamientos que de facto han promovido una visión tecnocrática del espacio público, donde todo lo que no se ajustara a la racionalidad burocrático-formal del Estado y la racionalidad instrumental del mercado era considerado simplemente irracional.

Sin embargo, con carácter general me parece que el lenguaje identitario no es apropiado para hacerse cargo de la complejidad de la subjetividad humana, ni para construir espacios propiamente políticos, es decir, espacios de convivencia, en los que cada uno pueda contribuir a su manera. La razón fundamental es que la subjetividad humana no puede encerrarse en conceptos tan simples y estereotipados como los que necesariamente se esgrimen en el debate político cuando se persigue avanzar determinados intereses.

Por el contrario, lo que mejor se corresponde con la naturaleza dinámica y compleja de nuestra subjetividad es una identidad abierta, no circunscrita a cualesquiera descriptores convencionales, que siempre se quedan cortos para expresar la riqueza de la subjetividad.. Por eso, más que de identidades, me parece preferible hablar de nombres propios: el nombre propio hace presente a la persona sin clasificarla, y la hace presente en un contexto de interpelación, que supone espacios de entendimiento.

Rectitud y autenticidad

— “Sé tú mismo” es el consejo que muchos adultos dan a los jóvenes. Pero dudo que los adultos estemos de acuerdo en qué significa eso. ¿En qué consiste la búsqueda de sí mismo? 

— Ese consejo recuerda al de Píndaro: “Llega a ser el que eres”, un buen consejo siempre y cuando vaya precedido por el que figuraba en el pronaos del Templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”. Sin esto, difícilmente puede cumplirse lo anterior.

Pero el conocimiento propio no es fácil. Decía antes que la subjetividad humana es compleja y descentrada; además, está marcada por la temporalidad: experimentamos muchas cosas, nos fijamos en algunas, retenemos otras, mientras nos proyectamos en el futuro…; vivimos dentro y fuera de nosotros mismos, en relación con otros; no nos conocemos de una vez por todas…

¿Quién puede decir que se conoce del todo? Vamos conociéndonos, siempre de modo parcial, en la medida en que maduramos esas experiencias en el curso de la conversación que mantenemos con nosotros mismos, y que nunca es simple introspección: el conocimiento propio exige reflexividad, pero no es solipsista, porque tiene lugar en un contexto relacional, en un contexto de interpelación. Por eso, Aristóteles lo ubicaba en el marco de las relaciones de amistad.

“El nombre propio hace presente a la persona sin clasificarla”

— La exhortación a ser uno mismo suele ir unida a la recomendación de seguir los dictados del corazón, entendido como pura emotividad. Lo paradójico es que este consejo conduce muchas veces a la conformidad, y terminamos viendo estilos de vida clónicos, predecibles. ¿Qué hace falta hoy en el discurso sobre la autenticidad para que de verdad vivamos la propia vida de un modo original?

— No es extraño que una emotividad superficial conduzca a comportamientos estereotipados y convencionales. Si, por el contrario, entendemos el corazón de una manera más ajustada a la realidad de la persona, tendríamos que hablar de una emotividad más profunda, vinculada de uno u otro modo a la experiencia de la verdad. Solo así el concepto de autenticidad queda a salvo, no ya de lo predecible –las personas fiables suelen ser predecibles–, sino de lo convencional. En este contexto, me gusta hablar de “verdad práctica”, la verdad de la acción, que presupone y edifica la rectitud de la vida, y es inseparable de la responsabilidad por los otros, a los que afectamos con nuestro actuar.

Inclasificables

— Nuestra época está más preocupada por la identidad que otras. Al mismo tiempo, la revolución digital ha hecho que nuestras relaciones con los demás sean más virtuales y que dediquemos menos tiempo al tipo de “conversación interior” (Margaret Archer) por el que abogas en el libro. ¿Estamos peor dispuestos para “descubrir el nombre” propio?

— En realidad, la conversación interior la llevamos incorporada, desde el momento en que, de forma inevitable, “comentamos” interiormente cómo nos afectan las cosas. Para articular la personalidad, sin embargo, es preciso elevar esa conversación elemental a un plano superior, ordenar esos comentarios de forma coherente, con arreglo a ideas y proyectos significativos. Aunque sin duda existen muchas distracciones –¿cuándo no las ha habido?–,  la disposición para avanzar en esa dirección no se ha atrofiado: si hay algo para lo que estamos dispuestos es justamente para eso, pues nos damos cuenta de que lo demás –el estado de distracción permanente– tiene poco sentido. Cuestión distinta es que pueda resultar más o menos costoso… Ahí vemos, por cierto, que la autenticidad puede ser algo trabajosa.

— Cuando se habla de identidad en la opinión pública, se suele pensar en ciertos rasgos de las personas, como la raza, el sexo, la clase, la identidad sexual… Pero tú consideras que esas características “resultan insuficientes para acceder a lo que podríamos denominar nuestra identidad personal”. ¿Por qué?

— Se debe distinguir la identidad de los identificadores. Que podamos identificar a una persona a través de ciertos rasgos, o que ella misma se identifique así, no significa que conozcamos su identidad. En realidad, ni ella misma la conoce del todo; por eso tiene sentido el precepto de autoconocimiento, que responde asimismo a un deseo. El mismo deseo de autoconocimiento es indicativo de que la identidad de una persona está abierta, y excede los conceptos que ella –u otros– se forman de sí misma en un momento dado.

Por eso, tratándose de la identidad personal, prefiero hablar de nombre. A diferencia de los conceptos, de los que nos servimos para identificar individuos que comparten ciertos rasgos, el nombre connota siempre al individuo singular. Los conceptos nos permiten conocer rasgos en los que un individuo conviene con otros; son muy útiles para propósitos clasificatorios. Pero, como apuntaba Coseriu, lo específico del nombre se revela sobre todo en contextos de interpelación, donde se pone en juego la persona como tal.