Jesús Montiel: “Los lectores tienen muchas ganas de luz”

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Duración lectura: 9m. 56s.
Jesús Montiel

Fotografías: Ramón L. Pérez

 

Jesús Montiel (Granada, 1984) es poeta y kamikaze en son de paz interior. Hace diez años en punto publicó su primer poemario y ha cuajado una madurez a contracorriente en una autopista donde corren al éxito muchas adolescencias con tapa dura y consistencia blanda. Su obra se asienta en la sección de “no-literatura”.

Una década de contemplación y métrica sin medirse ante el mundo ficticio y conectando con los lectores sin intermediarios. Prolífica lírica. Narrativa extensa. Versatilidad adictiva. Aire, autenticidad, verdad, flor, asfalto, casa, supermercado, acera, enfermedad, muerte, dolor, amor, hijo, tierra, cielo, duda, pipa, norte, sur y sonrisa. Valentía al natural sin volutas de impostura. Libertad con trasfondo.

En su balda: Placer adámico (2012), Insectario (2013), Donde el amor se esconde (2015), La puerta entornada (2015), Memoria del pájaro (2016) –Premio Hiperión–, Notas a pie de instante (2017), Sucederá la flor (2018), Casa de tinta (2019), Señor de las periferias (2019), El amén de los árboles (2019), Silencio casi (2020), Lo que no se ve (2020), La última rosa (2021) y “el otoño que viene publicaré otro librito de narrativa con Pre-Textos”.

Más: ha traducido Resucitar y Prisionero en la cuna, ambos de su maestro Christian Bobin. Más aún: tiene preparada una antología de sus libros de poesía y un ensayo breve sobre la meditación “que ahora mismo busca editorial”.

Montiel es, también, profesor de Lengua y Literatura en la Universidad de Granada. Y se ve en este bosque: “Mi vida es un niño abriéndose paso entre los hombres de negocios que abarrotan una acera de Manhattan”.

Poesía en la cumbre de la sexta ola abriendo a empujones un año nuevo de sostenes o incertidumbres.

“Cada segundo de su vida, el ser humano tiene dentro de sí dos habitantes: Adolf Hitler y Maximiliano Kolbe. Mi escritura se decanta por el segundo”

— Escribe usted libros que redimen y considera que la poesía es “el medio de transporte más seguro para viajar a lo humano”. ¿Qué paisajes reflejan sus versos?

— Mi escritura es una cartografía del corazón humano, al menos eso intento. El paisaje que dibujan mis libros, en su conjunto, es todo aquello que ocurre dentro del corazón. Lo que ocurre dentro del corazón es el infierno y el paraíso. Cada segundo de su vida, el ser humano tiene dentro de sí dos habitantes: Adolf Hitler y Maximiliano Kolbe. Mi escritura se decanta, como es lógico, por el segundo. No le interesa el mal y describe cómo a diario, en las cosas más insignificantes, ese mal es derrotado. El mal, bien mirado, está siempre perdiendo. Por eso vive a la desesperada, llamando nuestra atención.

— Sostiene que “vivimos ajenos a la vida real” y habla de contemplar y trascender por la vía de la palabra que se graba en lo hondo. ¿La vida real o trasciende o es mentira?

— Quiero decir que vivimos dándonos la espalda. La mayor parte del tiempo vivimos distraídos, como si fuésemos los propietarios de nuestra existencia. Como si la existencia fuese un terruño que hemos adquirido con nuestro dinero y no un don gratuito que se nos ha donado. Cuando uno es consciente de que no se ha dado nada de lo que tiene, entonces vive. Vive dando las gracias, que no significa ser perfecto sino padecer todo cuanto llega sabiendo que lo que llega es lo mejor para nosotros. Alguien agradecido no intenta domesticar la vida, someterla a su arbitrio. Más bien deja que la vida lo domestique.

— ¿Qué poetas le tocan el alma?

— Mi papá de tinta es Christian Bobin, no es un secreto. También releo constantemente a Thomas Merton, sus diarios. Pablo d’Ors también tiene mucha importancia en mi formación como escritor. Poetas como Eloy Sánchez Rosillo, Rumi, los haikus de Susana Benet, Clarice Linspector, la festiva ironía de Szymborska o la ingenuidad de Emily Dickinson.

“Nuestro siglo está empeñado en acabar con toda interioridad. Nos bombardea con estímulos”

— Usted considera la escritura como una “barricada”, como un parapeto de esperanza.

— La poesía es un punto de resistencia al absolutismo del mundo, escribe Bobin. La poesía de verdad, y con esto no me refiero a un libro de poemas. O no solamente. Me refiero a la mirada contemplativa. Una veintena de cartujos en la Grande Chartreuse, por ejemplo, es un ejército invencible. Nuestro siglo está empeñado en acabar con toda interioridad. Nos bombardea con estímulos. Estamos aturdidos, mareados. En este sentido, reivindico una escritura capaz de señalar lo que la velocidad que se nos impone difumina: una flor, el rostro humano, una sonrisa. Lo que nos salva la vida siempre es lo esencial, lo que vive de manera discreta.

— ¿Qué es lo esencial universal?

— Lo esencial es el amor, que conduce a una vida sencilla. Estar presente en lo que hacemos, conquistarnos completamente, esa es la aventura de los santos. La de los bendecidos. Tenemos experiencia de que hay una epidemia peor que la del coronavirus: la tristeza. El hombre y la mujer de nuestro tiempo están tristes, deprimidos. La tecnología y la ciencia no conducen, por sí solos, a una vida saludable. En una época vertiginosa como la nuestra, es necesario subrayar las cosas sencillas, humildes. Pienso en un paseo, en la mano de un hijo anudada a la de sus padres, en el humo del café o en la hoja otoñal. Estas cosas nos salvan, ciertamente.

— Sortea al escritor que apaga la luz y escribe sin horizontes, sin corazón, sin ilusiones.

— Dejó de interesarme la escritura egocéntrica y ahora prefiero lo que llamo la no-literatura. Es decir, esos libros en los que el autor desaparece, o más bien se aparta para que la realidad pueda pasar con sus milagros. En los que el yo deja de ser un obstáculo. Hay libros que están muy bien escritos, técnicamente impecables, pero sin vida, parecidos a uno de esos sarcófagos llenos de clavos con los que se torturaba en el pasado. Por fortuna, aunque tiene más prensa la literatura ideologizada, la literatura panfletaria, o esos libros en los que el mal campa a sus anchas, los lectores tienen muchas ganas de luz y no hacen caso de la crítica o las modas.

Jesús Montiel (foto: Ramón L. Pérez)

— Su paternidad ha sido una revolución literaria para muchos lectores. Un hijo enfermo durante dos años. Un libro sobre el sufrimiento con ventanas altas. Y biberones entre metáforas. Hace usted que “paternalismo” deje de ser un término despectivo para una sociedad despechada con los cuidados.

— Si cada uno solo vive ocupado de sí mismo –mis sentimientos, mis experiencias, mi vida–, el otro se convierte en un obstáculo: el padre o la madre ancianos, el hijo enfermo… Lo veo de manera muy clara en mis alumnos: no se les ha enseñado el prójimo. Sí les hablan de los derechos del ser humano, de las oenegés, de los colectivos, pero toda esa filantropía de nuestro siglo es panfletaria, abstracta, es pura ideología. Está claro que, mientras hay un discurso sensiblero en la teoría, en la realidad las relaciones son cada vez más vidriosas, frágiles, están llenas de violencia psíquica. No hay más destino que la muerte, y por tanto se vive desde el pánico, atesorando la propia vida, a la desesperada. Desde esta perspectiva, la paternidad es una carga porque los hijos nos roban el tiempo, dilapidan nuestro dinero, no compensan.

“Ser padre es parecido a ser jardinero. Uno hace lo que puede, cuida la planta y adora las formas que van surgiendo, los perfumes, los colores”

— ¿Y cuál es su perspectiva de la paternidad?

— No sé qué responder, la verdad. Desde mi sola experiencia, ser padre consiste en enfrentarte todos los días a tus propios límites. Uno quiere ser bueno para sus hijos y encuentra la ira, la impaciencia, el egoísmo. Aceptar esto, no desesperarse ante la propia impotencia, es un paso grande que estoy aprendiendo. Mis hijos son maestros zen, verdaderos espejos donde veo mi debilidad. Ellos educan mi corazón, y yo intento respetar el crecimiento de cada uno, acompañando, corrigiendo. Lo intento, digo. Ser padre es parecido a ser jardinero. Uno hace lo que puede, cuida la planta y adora las formas que van surgiendo, los perfumes, los colores.

— La épica de la familia, el valor del silencio, la vida interior, el prestigio de la tradición, el diálogo con la muerte, el afán de trascendencia, la mirada de la contemplación… Ojo, porque está a un verso de que los inquisidores de la nostalgia le conviertan en un neorrancio

— Supongo que tengo una etiqueta. Pero no me importa. Yo no escribo desde ninguna trinchera ideológica. Me dan alergia los escritores que utilizan la fe como un arma arrojadiza y se autoproclaman defensores de la ortodoxia, igual que los que hacen gala de su incredulidad. Tampoco me gusta el proselitismo. Yo escribo lo que veo, y lo que veo me parece milagroso. Mi escritura es un mayordomo que obedece a la realidad. Hace lo que la realidad le ordena, nada más. Escribo desde mi vida y mi vida, soy consciente, camina en dirección contraria a esta sociedad. Mi vida es un niño abriéndose paso entre los hombres de negocios que abarrotan una acera de Manhattan.

— Nadie sale indemne de sus letras. ¿Por qué escuecen, embelesan y transforman?

— Lo ignoro. Solo te diré que me siento privilegiado. A diario me llegan testimonios que atesoro en la memoria, en los que la gente me dice que mis libros ayudan y acompañan. Eso es todo cuanto puedo pedir. Pienso que la misión de un libro es salir del circuito literario, tantas veces autista, y llegar al público lector. Y en mi caso ha sucedido. Por eso doy las gracias.

— Un libro, dice, “puede apagar un infierno”. ¿Puede, también, encender un cielo?

— Sin duda. Un libro con vida tiene un poder inimaginable de sanación. Hay libros que son como refugios de montaña o bombonas de oxígeno. Farmacias portátiles. Libros que nos rescatan de nosotros mismos, a fin de cuentas. Pienso, por ejemplo, en una novela que he releído hace poco, de Elizabeth Strout: Me llamo Lucy Barton. Aparentemente, no ocurre nada durante la trama: una hija visita a su madre enferma en el hospital, y conversan. Y aunque parezca extraño, uno cierra el libro agradecido, más vivo que en la primera página.

— ¿Y hay libros diseñados para esclavizarnos?

— No creo, al menos no deliberadamente. Hay libros hechos con angustia, desolados, escritos por la mano de un muerto. Pero no creo que el veneno que hay en ellos sea un plan, algo premeditado. Creo que, sencillamente, es fruto de una vida sin aire.

— Diez años de poemarios. ¿Una década prodigiosa?

-Sí, hace justo diez años que se publicó mi primer poemario, Placer adámico. Desde entonces he escrito demasiado, quizá. Más de un libro por año. ¡Dios mío, es bochornoso! Recuerdo al joven que escribió aquel poemario y creo que me quedo con el hombre que soy ahora. Todo está bien hecho.

— ¿Ahora se asombra más?

— Creo que ahora vivo con más sorpresa, sí.

— ¿Se ha redimido en el camino?

— Tengo muchas sombras todavía. Sombras con las que bailo, con las que intento bailar. Concibo la vida, a estas alturas, como un camino para purificarme, me preparo para nacer.

— ¿El primer verso suyo que merece 2022?

— El mayor tesoro, la vida, está desenterrado. Y sin embargo, qué pocos lo encuentran.

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