Una mirada crítica y parcial del Portugal del siglo XIX

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Duración lectura: 15m. 27s.

Centenario de la muerte de José Maria Eça de Queirós
Este año se ha cumplido el primer centenario de la muerte de uno de los grandes escritores portugueses, José Maria Eça de Queirós (1845-1900). Su fama excede el ámbito de la cultura portuguesa, pues desde finales del siglo XIX Eça ya tuvo una importante proyección internacional. Prueba de ello es, por ejemplo, el número de novelas reeditadas en los últimos meses en España (1), una buena selección de una trayectoria que sintetiza gran parte de la evolución de la literatura y la cultura portuguesas en la segunda mitad del siglo XIX.

Eça de Queirós nace en Póvoa de Varzim, pueblo cercano a Oporto, el 25 de noviembre de 1845. Cuando nació, sus padres todavía no habían contraído matrimonio -lo que harían años después-, pero para evitar posibles críticas que pudieran entorpecer la trayectoria profesional de su padre, un prestigioso abogado, no lo reconocieron como hijo ni siquiera después de casarse. Lo harían, curiosamente, cuando Eça cumplió los cuarenta años, poco antes de que contrajera matrimonio. Con esta enrevesada historia familiar a cuestas, la infancia y adolescencia de Eça está marcada por el alejamiento afectivo y físico de sus padres.

Libros que vienen de Francia

Eça estudió en Oporto y más tarde Derecho en la Universidad de Coimbra, ciudad de raigambre universitaria donde entró en contacto con el ambiente cultural y político de su tiempo.

En 1863 se inaugura el enlace ferroviario de Portugal con España y Francia, lo que provoca la llegada a Coimbra de un aluvión de libros europeos, especialmente franceses, que provocarán una convulsión ideológica en los jóvenes universitarios portugueses. “Casi siempre leídas en francés -escribe Pilar Vázquez en su estudio introductorio a El mandarín-, las obras de Michelet, (…) Proudhon, Victor Hugo (…), Balzac, Leconte de Lisle, Heine, Edgar A. Poe, Herder (…), Fichte, Feuerbach, Hegel, Vico, Baudelaire, Darwin, etc. que el tren depositaba cada mañana en pensiones y repúblicas de estudiantes contenían gérmenes de iconoclastia (anticlericalismo, positivismo, evolucionismo, humanitarismo, republicanismo, socialismo, europeísmo, naturalismo literario…) que iban a poner en causa toda la vida portuguesa” (2).

En Coimbra, Eça conoce a Antero de Quental, importante político y poeta portugués que en 1865 encabeza un movimiento de rebeldía -“Questão Coimbra”- contra el academicismo de la literatura portuguesa de la época.

Una carrera iniciada en la prensa

Concluidos los estudios de Derecho, Eça se instala en Lisboa con el propósito de dedicarse a la abogacía, pero su vocación literaria se impone. Es entonces cuando comienza a publicar en la Gazeta de Portugal sus “Notas marginais” (reunidas póstumamente con el título de Prosas bárbaras), folletines escritos bajo la encendida influencia de algunos autores franceses (Michelet, Victor Hugo y Baudelaire) y que constituyen “una reacción ultrarromántica contra el vetusto y retórico arcadismo reinante en aquel momento literario” (3).

En 1870, fruto de su colaboración con otro escritor de su generación, su amigo Ramalho Ortigão, publica El misterio de la carretera de Sintra (4), novela que apareció por entregas en el Diário de Notícias con un inusitado éxito y que, dentro de la órbita romántica, supuso la renovación de la novela portuguesa de misterio. De todas maneras, a pesar de su indudable calidad -desigual según los capítulos-, Eça siempre consideró esta novela como un divertimento ligero. Sin embargo, El misterio… sigue siendo una de las novelas más leídas y traducidas de Eça.

Con el mismo Ramalho escribió también una serie de artículos periodísticos de crítica social titulados As farpas (“las banderillas”), en los que intenta hacer “la fotografía del viejo mundo burgués, sentimental, devoto, católico, explotador, aristocrático, etc.”.

En la línea del naturalismo

En 1871, con sus amigos lisboetas del “Cenáculo”, participa en la organización de las “Conferencias Democráticas del Casino de Lisboa”, que tenían por fin abordar las condiciones de transformación cultural, económica, política y religiosa de la sociedad portuguesa, germen de lo que se conocería más tarde como la “Generación del 70” y origen, también, del Partido Socialista portugués.

En estas reuniones participaron un grupo de intelectuales que luego tendrían un gran peso en la cultura y la política portuguesa, como Oliveira Martins, Ramalho Ortigão, Guillerme de Azevedo, Jaime Batalha Reis, Adolfo Coelho, Augusto Soromenho, Guerra Junqueiro, Teófilo Braga, Sampaio Bruso y, por supuesto, Antero Quental, el más consciente del componente revolucionario y político de estas conferencias.

Antes de que fueran prohibidas, Eça de Queirós pronunció una de las Conferencias, “O Realismo como Nova Expressão da Arte”, texto que encierra su ideario estético de aquellos años. Siguiendo los postulados del realismo y del naturalismo, corrientes que contribuyó a instaurar en la literatura portuguesa, Eça mantiene que “el arte debe corregir y enseñar”, para buscar “la regeneración de las costumbres”. De esta manera, Eça exalta el realismo como el único camino para desterrar lo convencional y lo enfático y para canalizar las actitudes literarias críticas (en esta línea se encuentran sus primeras novelas importantes, El crimen del padre Amaro y El primo Basilio).

El realismo de Eça está muy influido por el pensamiento del escritor francés Emile Zola, el padre del naturalismo, que en lo ideológico se acercaba a posiciones socialistas y anarquistas. Eça asume estos postulados, muy críticos con las costumbres portuguesas, con la burguesía -el mundo al que pertenece el propio Eça y que retrata en sus novelas- y con el catolicismo. En lo literario, Eça tiene como modelo a Flaubert y al propio Zola, quienes influyeron, a veces de una manera más que determinante, en la selección de los argumentos de algunas de sus novelas.

Portugal, visto desde fueraTras una estancia en la ciudad de Leiria (ciudad en la que ambientó su novela El crimen del padre Amaro), donde ocupó el cargo de administrador, Eça gana unas oposiciones al cuerpo diplomático. Eça ejerce de cónsul de Portugal primero en Cuba y después, durante varios años, en Inglaterra. Hasta 1888 no consigue un puesto en París.Desde que abandona Portugal, además de dedicarse más intensamente a la literatura, mantiene con su país una curiosa relación. Si durante su juventud y sus primeros años como escritor siente la necesidad de europeizar un Portugal demasiado atrasado, años más tarde, ya felizmente casado, solucionados sus problemas económicos y decepcionado en parte por la cultura francesa que tanto había idealizado, Eça propugna un emotivo regreso a las raíces de su país, como puede comprobarse en algunas de sus últimas novelas, como La ciudad y las sierras.Sus grandes novelas de tesis

En 1872 aparece la primera versión -la segunda es de 1876 y la tercera de 1878- de El crimen del padre Amaro (5), una de sus novelas más conocidas. Su argumento tiene bastante parecido con La Regenta, de Clarín, aunque en la obra de Eça el protagonista es un sacerdote sin vocación que se ve envuelto en una turbia historia de amores con un desenlace trágico. Con una visión absolutamente naturalista de la religión y de las relaciones humanas, Eça critica a los clérigos que recurren al sacerdocio más como salida profesional que como vocación. Aparece también otro de sus temas preferidos: la destrucción moral que puede provocar el fanatismo religioso de la mujer. Eça se esmera en dar vida al mezquino ambiente provinciano y beato en el que se mueven los personajes, propenso a la hipocresía y al cotilleo más cruel.

En esta novela cobra forma, ya a las claras, el acusado anticlericalismo de Eça, que algunos han querido vestir de aguda crítica a la moral y las costumbres de su tiempo. No es este un tema accidental en su literatura, pues frecuentemente Eça aborda la crítica despiadada a la Iglesia católica, como se puede apreciar en su trayectoria posterior y, de manera especial, en algunas de las consideraciones incluidas en La correspondencia de Fradique Mendes. En esta y en otras muchas obras se demuestra que Eça no comprendió la trascendencia del mensaje cristiano, sino que reducía la religiosidad a una mera suma de ritos, reglas y costumbres.

La crítica de Eça es especialmente cruel con los sacerdotes, a los que ridiculiza sistemáticamente en sus obras. Con la típica simplificación fácil, les acusa del atraso secular de Portugal y, como le molesta la arraigada religiosidad femenina, la atribuye sin más a que las conciencias de las mujeres están dominadas por los curas.

En 1878 aparece El primo Basilio, novela que recuerda a Madame Bovary, de Flaubert (en esta ocasión, Eça tuvo que defenderse incluso de plagio). La novela insiste en otro de sus temas preferidos: el anodino papel de la mujer en una sociedad tradicional, dominada por las estrecheces de la moral católica y condenada a una vida gris o a la tentación del adulterio como respuesta a sus románticos sueños equivocados.

“Los Maia”, cambio de estética

Con la intención de superar los estrechos límites literarios del realismo, de los que Eça se cansa muy pronto, se lanza a la que será, sin duda, su gran obra, Los Maia (6), publicada en 1888 después de años de serio trabajo literario. En ella, se aprecia un cierto agotamiento de los recursos realistas y naturalistas y una mayor presencia del psicologismo, que la novela inglesa y rusa del momento aporta como gran novedad.

Los Maia es una singular saga familiar, marcada por la tragedia, que sirve al autor como muestrario de algunos de sus postulados naturalistas, como son el peso de la herencia y el determinismo de la educación. Esta voluminosa novela es un impresionante fresco de la sociedad portuguesa, con su galería de tipos y de costumbres. Todo esto funciona como escenario, pues la trama fuerte de la novela son los tormentosos amores de Carlos Maia, su protagonista, acostumbrado a las infidelidades matrimoniales de la aristocracia.

Carlos, educado por su abuelo Afonso, un viejo liberal, después del suicidio de su padre, recibe una esmerada educación al estilo británico: alejada de la religión y volcada en la vida deportiva y natural. Carlos, como su abuelo, rechaza la influencia de la religión católica en la vida social y cultural portuguesa.

Retrato de la alta burguesía

Los Maia muestra los hábitos de la alta burguesía portuguesa del tiempo de la Regeneración. Como escribe Carlos Reis, “la política, la vida financiera, la literatura, el periodismo, la diplomacia o la administración pública están representados por medio de tipos que conviven en cenas, saraos, tertulias, carreras de caballos, configurándose así una vasta crónica social ya denunciada en el subtítulo, Episodios de la vida romántica, lo cual indica también el peso que tenía todavía el Romanticismo en una sociedad ya próxima, a ritmo de decadencia y crisis institucional, al final de siglo” (7).

Además, la novela tiene el acierto de reflejar el diletantismo y la pereza de una generación de intelectuales, a la que pertenece el propio Carlos, médico de profesión, que se sienten desencantados por no haber podido transformar el país como hubiesen querido. Sin embargo, el ritmo de vida que llevan estos personajes -tertulias, cenas, bailes, ópera, etc.- les impide dedicarse a la acción concreta, decisión que van continuamente aplazando, hasta convencerse de la inutilidad de todo esfuerzo. En este caso, parece que el “secular atraso” no se explica solo por los curas.

Un personaje singular, Fradique Mendes

El cambio de rumbo narrativo se confirma en otras dos novelas. En 1880 publica El mandarín (8) y en 1887 La reliquia (9). El mandarín cuenta la aparición del diablo a Teodoro, un gris empleado portugués del Ministerio de la Gobernación, al que propone todo tipo de riquezas a cambio de una simple acción, inspirada en una leyenda china: “En lo más remoto de la China existe un mandarín más rico que todos los reyes de que hablan las fábulas (…). Para que heredes su infinita fortuna, basta con que toques esa campanilla, puesta a tu lado sobre un libro”. Teodoro la toca y desde entonces se ve inmerso en una espiral fantástica de lujo, riqueza y remordimientos de conciencia, que llevan a este portugués a viajar incluso a la misma China para conocer a la familia del mandarín muerto. La novela, muy original en su planteamiento y resolución, combina la crítica social con la ironía y el sentido del humor, presente en la proliferación de elementos fantásticos.

La reliquia es una novela centrada en el tema de la hipocresía y donde vuelve a aparecer la vena antirreligiosa de Eça, aquí de una manera burda. En esta historia, todo lo que tiene que ver con la religión evoca un ambiente de beatería, disimulo y fanatismo.

La crítica considera estas dos novelas como el inicio de su etapa modernista, que culmina en 1889 con La correspondencia de Fradique Mendes (10). Es este un libro muy especial en la trayectoria de Eça de Queirós.

La primera parte está dedicada a rememorar la vida de Fradique Mendes, un esteta y decadente a la sombra de los franceses Huysmans y Baudelaire y un singular heterónimo del propio Eça, quien ya lo había utilizado durante sus años universitarios en Coimbra. Fradique, un hombre de comportamientos extravagantes y de gustos exóticos, arrastra una vida cosmopolita, aunque sin renegar de sus raíces portuguesas.

La segunda parte de la novela recoge algunas de las cartas escritas por Fradique a personajes contemporáneos, unos reales (Oliveira Martins, Guerra Junqueiro, Ramalho Ortigão…) y otros inventados. En ellas, Fradique -un claro trasunto del propio Eça- aporta su personal interpretación de la literatura, la religión, el arte, la política, la vida portuguesa… Muchas de sus opiniones se pueden atribuir al propio Eça: “Todos nosotros, los que vivimos en este globo, formamos una inmensa caravana que marcha confusamente hacia la Nada. Nos rodea una naturaleza inconsciente, impasible, mortal como nosotros, que no nos entiende, ni siquiera nos ve y de la que no podemos esperar ni socorro ni consuelo”.

Revitalización del pasado portugués

En 1888, Eça se traslada a París, ciudad en la que moriría en 1900. Curiosamente, el contacto directo con Francia y su matrimonio con una mujer de la aristocracia portuguesa le llevan a vivir un proceso de conversión hacia su país. En esos años, en concreto en 1890, Portugal vive uno de los episodios más dolorosos de su historia, el humillante “Ultimátum inglés”, que tuvo una significación parecida a la que provocó en España la derrota contra Estados Unidos en 1898. Después de bastantes años de una relación contradictoria, Eça se reconcilia con su país, como deja constancia en sus dos últimas novelas, La ilustre casa de Ramires y La ciudad y las sierras. Además, en estos años de madurez Eça siguió escribiendo relatos. El difunto y otros cuentos de viva muerte (11) recoge tres cuentos de procedencia romántica.

La ilustre Casa de Ramires (12) mezcla elementos propios del realismo con otros procedentes de la novela histórica. El tema de fondo es la recuperación orgullosa del pasado histórico portugués, con lo que Eça rompe con lo que había sido una señal de identidad de los integrantes de su generación: el rechazo de la nostálgica evocación de las glorias pasadas, sentimiento muy presente en la cultura portuguesa y que será una reivindicación de la Generación literaria de los 90. Eça aborda este asunto desde una perspectiva personal y original, introduciendo una novela histórica dentro de la novela contemporánea. Así, en la ociosa vida del hidalgo Gonçalo Mendes, el protagonista, influyen de manera determinante el conocimiento de sus antepasados, que él va relatando en una novela que acaba por convertirse en el reflejo de su propia vida.

Esta revitalización del pasado portugués se complementa muy bien con su última novela, La ciudad y las sierras, un apasionado canto a la belleza de la tierra portuguesa.

Al cabo de un siglo, y aunque su ideología de progreso decimonónica haya revelado también sus desengaños y limitaciones, Eça de Queirós sigue siendo el escritor de referencia de la moderna literatura portuguesa.

Adolfo Torrecilla_________________________

(1) Había una edición de Obras completas (Aguilar, Madrid, 1964), a cargo de Julio Gómez de la Serna.

(2) El mandarín. Cátedra. Madrid (1990). 190 págs. Traducción: Pilar Navarro. Edición de Pilar Vázquez Cuesta.

(3) Pilar Vázquez Cuesta, obra citada.

(4) El misterio de la carretera de Sintra. El Acantilado. Barcelona (1999). 369 págs. 2.500 ptas. T.o.: O Mistério da estrada de Sintra. Traducción: Carmen Martín Gaite. (Ver servicio 126/99.)

(5) El crimen del padre Amaro. Alianza. Madrid (1998). 510 págs. T.o.: O crime do Padre Amaro. Traducción: Eduardo Naval.

(6) Los Maia. Pre-Textos. Valencia (2000). 836 págs. T.o.: Os Maia. Traducción: Jorge Gimeno.

(7) Carlos Reis es el autor del capítulo dedicado al Realismo dentro de la reciente Historia de la literatura portuguesa (Cátedra, Madrid, 2000, 718 págs., 4.400 ptas.).

(8) Ver nota 2.

(9) La reliquia. El Acantilado. Barcelona (2000). 400 págs. T.o. A relíquia. Traducción: Roser Vilagrassa.

(10) La correspondencia de Fradique Mendes. Destino. Barcelona (1995). 225 págs. T.o. A correspondência de Fradique Mendes. Traducción: Elena Losada.

(11) El difunto y otros cuentos. Celeste. Madrid (2000). 85 págs. 950 ptas. Traducción: Tecla Portela.

(12) La ilustre casa de Ramires. Planeta. Barcelona (1989). 333 págs. T.o.: A ilustre Casa de Ramires. Traducción: Rafael Morales.

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