Un escritor todoterreno, sin libros memorables

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

El pasado 17 de octubre, en el transcurso de un viaje, falleció en Bangkok Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), un escritor de importancia en España y de destacado renombre en el extranjero. Desde los setenta, su voz y su literatura han sido un referente para un buen número de lectores, escritores y periodistas.

Su frecuente presencia en los medios de comunicación se debía a una incansable actualidad en las librerías con nuevos títulos, premios internacionales, a su perfil de hombre bronco, independiente, sincero, vitalista, y el cultivo de géneros de fácil resonancia de masas (ensayo-denuncia y novela negra policíaca). Sin duda, su popularidad se ha visto beneficiada extraliterariamente por su activa militancia política en la izquierda y su imbricación en un mundo cultural (editorial) de tanto peso en España como es el catalán.

Vázquez Montalbán no ha sido, a pesar de todo, un gran escritor. No se trata del abundante número de títulos, que podría menoscabar, puede pensarse, la calidad del conjunto; ni de lo variopinto de sus intereses (alguien dice que sus mejores libros son los de cocina); sino de que no ha dejado ningún libro ni personaje indiscutiblemente memorables. Quizás Galíndez, lo mejor que ha escrito, es un buen trabajo periodístico de investigación disfrazado de novela regular y su personaje Pepe Carvalho no se diferencia mucho -en latino- de otros detectives de sagas literarias.

Vázquez Montalbán estaba lleno de curiosidad, tenía imaginación y oficio, escribía una prosa clara, precisa y lúdica, pero carecía de la profundidad y perspectiva para los asuntos y de la brillantez para la palabra que elevan por encima de los demás a algunos escritores. Los más famosos de sus libros son desiguales, con aciertos y buenos momentos, pero también con defectos de estructura y ritmo. Ser un buen escritor ya es bastante. El alud de artículos encomiásticos aparecidos estos días, sólo se entienden como expansiones de la amistad y del compañerismo. Poco pagado de sí mismo y generoso, Vázquez Montalbán tuvo una envidiable capacidad para hacer amigos.

Cinismo escéptico

Escritor de gran facilidad, abundantísimo y todoterreno, ha escrito poesía, libros de recetas de cocina, canciones, ensayos (urbanismo, deporte, política, medios de comunicación, literatura), guiones, relatos y novelas.

El ciclo de Carvalho es algo más que un conjunto de episodios policíacos. Pretende radiografiar críticamente una buena parte de la sociedad española. Yo maté a Kennedy (1972) es el primer título de una serie que se vio firmemente reforzada con el premio Planeta concedido en 1979 a Los mares del Sur, una sórdida historia de venganzas y egoísmos. Esta misma editorial sacará a la luz en 2004 Milenium, que hará la veinticuatro, y última, de estas aventuras. Pepe Carvalho es un hombre cansado y lleno de ambigüedad moral. No espera casi nada de los demás ni de sí mismo. Resuelve sus casos en los momentos de descanso que le dejan las borracheras y el uso utilitario del sexo. Un tipo duro, tan cínico y golfo como buen detective, que quema libros (que ha leído) en su chimenea y que es capaz de llorar mientras entierra a su perrita degollada.

Galíndez, Premio Nacional de Literatura en 1990, es un valiente reportaje de política-ficción convincente y atractivo a pesar de su dureza. Jesús Galíndez fue un dirigente nacionalista vasco secuestrado y asesinado en Nueva York en 1956 mientras investigaba la dictadura de Trujillo.

Hay dos ambientes que Vázquez Montalbán parece conocer bien, ambos en Barcelona, espacio habitual de sus novelas: por un lado el de los colectivos de oposición del primer post-franquismo, intelectuales liberados llenos de agudezas, y por otro, el submundo lumpen de travestidos, maricas y prostitutas. Si añadimos la burguesía industrial catalana y los policías, tenemos el censo del noventa por ciento de sus personajes. Dos notas frecuentes en los planteamientos de fondo y en los diálogos son el recurso a lo soez (también para describir las frecuentes secuencias sexuales), y el descrédito y burla hacia lo religioso y especialmente lo católico.

Se ha destacado su honestidad intelectual y su coherencia, así como el coraje con que supo acometer la doblez y la injusticia, convirtiendo muchas de sus obras, de marcado carácter político, en un comprometido ajuste de cuentas lúcido y desencantado. Una coherencia que no le impedía en la vida real conducir un Jaguar y cultivar un hedonismo de auténtico bon vivant. El látigo de intelectual crítico le llevaba a simplificar a veces las cosas, haciendo aparecer en sus novelas un corrupto detrás de cada empresario o un torturador en todo representante de la autoridad. Cierto que no volvía la cara a la realidad, al menos a una parte de ella, pero lo hacía desde un pesimismo demoledor y desde un cinismo escéptico que no rehuía la agresividad ni la grosería como armas para la denuncia. Este talante convertía fácilmente en ironía y sarcasmo el sentido del humor que le reconocen los que le han conocido.

Se ha marchado un escritor que deja una obra ingente, con algunos títulos no tan buenos como famosos, querido y respetado, fiel a una visión del hombre y de la sociedad que sólo dejaba un resquicio para la felicidad: el fútbol y la buena mesa.

Javier Cercas Rueda

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares