Tolstói, el novelista del alma rusa

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Lev Tolstói, uno de los grandes escritores de la literatura universal, falleció en 1910 de neumonía a los 82 años en la estación ferroviaria de Astapovo, tras fugarse de manera dramática de su hogar. La celebración del primer centenario de su muerte ha vuelto a poner de actualidad su agitada vida y su descomunal literatura. Sus facetas de escritor, moralista, pedagogo, político, reformador religioso… componen una desbordante y orgullosa personalidad.

(Actualizado el 9-12-2010)

En los últimos meses han aparecido nuevas ediciones de Guerra y paz y de Ana Karenina, sus dos grandes novelas, que se suman a la recuperación de buena parte de su obra en diferentes editoriales y de sus interesantes textos biográficos como Mi confesión, su Correspondencia y Diarios. También la editorial Acantilado recupera Vida de Tolstói, del premio Nobel de Literatura Romain Rolland, una de las mejores biografías que se han escrito sobre este genial autor ruso. Por su parte, el escritor Mauricio Wiesenthal ha publicado El viejo león: Tolstói, un retrato literario (Edhasa).

Yásnaia Poliana

Lev (León) Nikoláievich Tolstói nace en 1828 en el seno de una familia de linaje aristocrático. Pierde a su madre a los dos años; en 1837, a su padre. En la mayoría de sus escritos biográficos, apenas abre su corazón a sus sentimientos más íntimos. Sin embargo, al final de sus días, en algunas ocasiones manifiesta una punzante añoranza de su madre.

Tolstói fue educado en la región de Tula, en la hacienda familiar donde residiría casi toda su vida, en Yásnaia Poliana, a unos 200 kilómetros de Moscú. Tuvo una intermitente y negativa experiencia universitaria en la ciudad de Kazán. En 1846 abandona la universidad y regresa de nuevo a Yásnaia Poliana, donde lleva una solitaria vida de terrateniente.

A los 23 años, por influencia de uno de sus hermanos, se enrola como soldado. La vida militar acabará siendo el acicate para su posterior dedicación a la literatura. Estando en el Cáucaso, escribe su primer libro, Infancia (1852); un año después aparece Adolescencia (1). En 1855 solicita el traslado a Sebastopol para participar en la guerra de Crimea. Fruto de esta dura experiencia militar son los Relatos de Sebastopol (2), textos que suponen su consagración como escritor. No son crónicas de guerra, fruto de las fuertes impresiones vividas. Tolstói utiliza los elementos menudos de una guerra, pequeños detalles intrascendentes sobre cómo ocurren los hechos, para hacer literatura, para atrapar instantes y reflexiones sobre la guerra que todavía hoy consiguen emocionar.

Su vocación de escritor

Cuando abandona la carrera militar, a la que se dedicó con poco entusiasmo, frecuenta en San Petersburgo los salones literarios y lleva una vida disipada y ociosa, como describe en sus Diarios y también en su Correspondencia. Durante estos años de aprendizaje vital y literario, se muestra obsesionado por controlar el desarrollo de su voluntad, anotando sus continuas luchas para acabar con sus vicios y fomentar las virtudes, siempre desde una perspectiva meramente humana.

En estos años, Tolstói tiene muy en cuenta su vida como artista, lo que le lleva a dejar en segundo plano sus inquietudes existenciales, sociales o religiosas. Sin embargo, ya en 1855, como anota en su Diario, se plantea introducir importantes cambios en la Iglesia ortodoxa, actitud que ejemplifica la desbordante megalomanía de su carácter: “Me estoy acercando a una idea grandiosa, a cuya realización podría consagrar toda mi vida: la fundación de una nueva religión, de la religión de Cristo, pero liberada de dogmas y milagros (…) Una religión práctica que no prometa una felicidad futura sino que dé la felicidad sobre la tierra”.

En 1856 conoce a su futura esposa, Sofía Andreievna Bers, con la que se casará seis años después. Hasta que llega el momento, viaja al extranjero para conocer algunos métodos pedagógicos con el fin de aplicarlos posteriormente en su país. Fruto de su periplo es La escuela de Yásnaia Poliana (Olañeta Editores, 2003), libro biográfico donde condensa su ideario pedagógico y humanista, muy en consonancia con las tesis de Rousseau. En esos viajes entra también en contacto con algunos experimentos del socialismo utópico, con el que llegó a identificarse. En 1862 contrae matrimonio: “Estoy enamorado como no pensé que se podía amar. Estoy loco, acabaré por pegarme un tiro si esto sigue así”.

Fresco de la Rusia de su tiempo

En 1863 empieza a escribir una de sus novelas más importantes, Guerra y paz (3), que concluye, extenuado, en 1869. Guerra y paz, una epopeya moderna, es un compendio de la increíble capacidad narrativa de Tolstói, que no se detiene ante la descripción de los campos de batalla ni de los salones de San Petersburgo y que, además, retrata perfectamente tanto la psicología de sus personajes como la vida de la aristocracia rusa en la época de la invasión napoleónica. La obra alterna magistrales descripciones de la vida familiar y de la corte de Alejandro con las vicisitudes del ejército napoleónico y la recreación de las batallas de Austerlitz y Borodinó.

Como ha escrito George Steiner refiriéndose a esta obra: “La topografía de la guerra ha cambiado después de Tolstói”. Para Isaiah Berlin, por su parte, “nadie ha superado nunca a Tolstói en la expresión del sabor específico, la calidad precisa de un sentimiento, la amplitud de su oscilación. Nadie ha superado su manera de describir la estructura de una situación determinada en todo un periodo, pasajes ininterrumpidos de la vida de individuos, familias, comunidades, naciones enteras”. Además, en esta novela se aprecia la diferencia entre Tolstói y los escritores de la generación anterior, sobre todo Pushkin y Gógol, que solían poner la descripción de los acontecimientos por encima de la interpretación psicológica de las experiencias interiores de los personajes.

Tras una nueva crisis religiosa, aumentan sus preocupaciones espirituales y sociales (en su caso van siempre de la mano), agravadas por el contacto con la pobreza de los campesinos rusos. En 1873 comienza a escribir su otra gran obra, Anna Karénina (4). Junto con el tema central de la novela -el adulterio de Anna y el abandono de su marido Karenin para vivir con el conde Vronski-, a Tolstói le interesa especialmente retratar los pliegues de la sociedad de su tiempo con una finalidad también moral; de hecho, el creciente sufrimiento de la protagonista es la manera de expiar sus actos equivocados.

Para describir esta sociedad se inspira en la realidad que él mejor conoce (la aristocracia), aunque también aparecen personajes como Lievin, que coinciden con Tolstói en sus preocupaciones sobre la vida rural y su desprecio de la vida urbana. La novela, además de poseer una excelente calidad estilística, es un fresco veraz de la Rusia de su tiempo y un compendio del abigarrado y a menudo complejo mundo interior de Tolstói.

El Tolstói moralista

A partir de 1879, tras la publicación de Mi confesión (5), donde realiza un crudo balance de su vida, se multiplican sus inquietudes moralistas, arrinconando las que considera veleidades artísticas. En 1880 se produce su ruptura con la Iglesia ortodoxa, que ya se veía venir desde hace años, pues Tolstói defiende un cristianismo evangélico, primitivo y materialista -bastante idealizado y alejado de la realidad-, sin Iglesia ni dogmas. Cuando reflexiona sobre Cristo y el evangelio, tema de algunos de los ensayos que escribe en estos años, rechaza las aportaciones de la historia y la tradición apostólica, empeñado en dar forma a una nueva religión basada exclusivamente en valores utilitarios, humanos, prácticos. Su teología es, sin embargo, muy limitada y personalista, pues elimina aquellos aspectos que considera más arduos de admitir. Por ejemplo, niega la existencia de un Dios personal; suprime la divinidad de Cristo y todo lo que esto lleva consigo: la Resurrección, los milagros, todo lo sobrenatural.

El cristianismo de Tolstói es, por tanto, meramente humano, individualista y panteísta (pues al final diviniza al propio yo). En su afán de revitalizar un cristianismo racionalista, intensifica los valores éticos por encima de los religiosos. Y rechaza cualquier tipo de autoridad superior a él, no sólo de la Iglesia sino también del Estado o de cualquier organización social, lo que le convirtió en el abanderado de un anarquismo político de tipo pacifista que anticipa incluso al de Gandhi. En 1883 conoce a su discípulo más destacado, Vladímir Chertkov, el más tolstoiano de todos. La policía los vigila, y los escritos políticos de Tolstói sufren sistemáticamente la acción de la censura.

La obsesión por la muerte

En 1886 publica otra de sus obras maestras, La muerte de Iván Ilich (6), una de las mejores narraciones que se han escrito sobre el sentido de la vida y la irremisible llegada de la muerte, tema que le obsesionó y que es uno de los hilos conductores no sólo de su literatura sino de todos sus escritos. El argumento de esta breve obra tiene un origen real, pues Tolstói conoció el caso del fallecimiento de un magistrado de Tula a causa de un cáncer abdominal.

Iván Ilich, el protagonista, lleva una vida apacible, familiar, honrada, con una clara tendencia al bienestar físico y al conformismo moral. La lenta aparición de una enfermedad, con su implacable avance, le lleva a la postración, al abandono de todas sus actividades y a la constatación de haber llevado una vida apoyada en la hipocresía y la mezquindad. Sus últimos instantes son patéticos, siempre al borde de un incomprensible abismo que es la imagen de la nada. Sólo el intermitente recuerdo de la infancia le proporciona una mínima paz de espíritu, que intenta incluso compartir, inútilmente, con su familia. Para muchos, se trata de su mejor novela corta; otros, como el crítico norteamericano Harold Bloom, prefieren Jadzhi Murat (7).

Esta breve novela de contenido histórico se inspira en uno de los líderes chechenos que Tolstói conoció durante sus años de militar en el Cáucaso; la escribió en 1904, con un gran esfuerzo (del que queda constancia en sus Diarios), pero por los ataques que figuran contra el zar, sólo se pudo publicar en 1912, después de su muerte. Jadzhi Murat es un famoso lugarteniente del imán checheno Shamil, que decide pasarse en plena guerra al bando ruso, aunque más tarde se arrepiente. Además de sus valores literarios, la novela también es un estudio etnológico y sociológico del pueblo checheno. El carácter de Jadzhi Murat, su valía como soldado y como persona, son alabados por Tolstói, quien aprovecha esta trama para reflexionar otra vez sobre los abusos del poder.

La fuerza de sus diarios

En 1888 publica Sonata a Kreutzer (8). Toda la acción de la novela transcurre en un viaje en tren. Con el trasfondo del amor a la música, Tolstói condensa sus opiniones sobre el matrimonio y las relaciones sexuales, temas que le angustian en esos años. La novela es la confesión de las desquiciadas obsesiones del protagonista, Pózdnyshev, cuyo trastorno psíquico le lleva incluso a matar a su mujer por celos, aunque posteriormente sea absuelto en el juicio. Conociendo el peso moral de sus escritos, la mayoría de los lectores han identificado el mensaje de la novela con las ideas de Tolstói sobre la mujer y el matrimonio. En el segundo volumen de sus Diarios (1895-1910) aparecen afirmaciones parecidas, un tanto misóginas, quizá porque su vida conyugal no atraviesa precisamente uno de sus mejores momentos.

Si en el primer volumen de sus Diarios (9), una buena parte de sus comentarios se centran en la lucha moral que mantiene consigo mismo y sus vicios, y en sus radicales opiniones filantrópico-sociales, en el segundo volumen se incrementan sus preocupaciones religiosas y políticas mientras empeora el clima familiar. Tolstói habla del proceso de construcción de algunas de sus novelas (como Resurrección -de la que existe una edición en Pre-Textos, de 1999- y Jadzhi Murat), pasajes que ejemplifican cómo le obsesionaban los problemas de estilística. También explica sus numerosos proyectos de artículos y libros, incluso en los años finales de su vida, lo que denota una gran capacidad de trabajo y una monumental fuerza de voluntad.

Frecuentemente aparecen reflexiones sobre su concepto de la religiosidad (“sin la noción de Dios, sin la conciencia de Dios, no puede haber una concepción razonable del mundo”), aunque persisten sus opiniones negativas sobre el papel de la Iglesia ortodoxa, a la que acusa de pervertir los ideales del cristianismo; la solución que propone es que el mundo asuma su mensaje de un nuevo credo ético-religioso. Son muy interesantes sus comentarios sobre el arte (“en la obra de arte, lo principal es el alma del autor”; “hay que escribir para el pueblo”; “cuando el hombre pierde el sentido moral, se vuelve particularmente sensible a la estética”). En este sentido, llaman la atención sus negativas opiniones sobre Shakespeare (“comenzó a ser valorado cuando se perdió el criterio moral”). Habla mucho de su turbulenta vida familiar, de la situación política, de la educación de los niños, del feminismo y el matrimonio, de los campesinos…

La transparencia de su Correspondencia

Un excelente complemento de sus Diarios es la Correspondencia (10), publicada también en Acantilado, donde se muestra en carne viva la compleja y torrencial personalidad del autor. El volumen comienza con una carta escrita a sus 14 años y finaliza con algunas escritas en 1910, el año de su fallecimiento. Tolstói muestra sus luchas interiores y sus opiniones filosóficas y teológicas. Por encima de valoraciones polémicas, tienen un claro objetivo vital: hacer el bien: “Qué difícil es vivir en este mundo -escribe- cuando uno está convencido de que la única posibilidad de ser feliz es el bien, y no tiene la fuerza de ser bueno”.

También ocupan un lugar destacado en estas cartas sus inquietudes literarias y las relaciones familiares, a veces tormentosas. Pero resulta conmovedor leer en su última carta, escrita diecinueve días antes de su muerte, la siguiente reflexión: “Una vida sin una explicación de su significado y su sentido es una existencia lamentable”.

Muerte en Astapovo

A medida que pasan los años, se multiplican en sus Diarios las referencias sobre la redacción de los mismos, especialmente cuando descubre que su mujer no solamente los lee sino que también se los enseña a otras personas. Esto ocasiona nuevos enfrentamientos y le obliga a llevar en los últimos años un diario secreto, al que, curiosamente, siguen teniendo acceso algunos miembros de su familia. En el Diario secreto de 1908 escribe: “¡Qué gran pecado cometí al dar a mis hijos la propiedad!”. En todas estas anotaciones, que lleva con una exigente periodicidad, late su obsesión por la búsqueda de la felicidad: “Los únicos periodos felices de mi vida han sido aquellos en los que he puesto mi vida al servicio de los hombres”.

En los últimos años de su azarosa vida se agravan las relaciones con su familia, que no entiende su desprendimiento de los bienes ni su desinteresada filantropía. Tolstói quiere donar sus tierras y las ganancias de sus escritos a los campesinos, pero su familia se lo impide en repetidas ocasiones. También crece su prestigio nacional e internacional, que explota para rebelarse contra la política rusa. En 1901, la Iglesia ortodoxa lo excomulga.

Cada día se siente más asfixiado en su ambiente familiar. Son momentos, como se cuenta en los Diarios, de constantes discusiones. En 1910, cansado y agobiado, decide emprender un viaje con una de sus hijas con el fin de escaparse de su mujer y convertirse en un ermitaño. El 24 de septiembre de 1910 escribe: “Me están destrozando. Quiero huir de todos”. Al llegar a la pequeña estación de Astapovo (11), enferma de neumonía y muere a los pocos días, el 20 de noviembre.

Tal y como deseó, según se lee en sus Diarios, fue enterrado entre abedules en Yásnaia Poliana, sin ningún tipo de ceremonia.


 

(1) Infancia. Adolescencia. Juventud. Austral. Madrid (2007). 520 págs.

(2) Relatos de Sebastopol. Gredos. Madrid (2003). 215 págs. T.o. Sevastopolskie rasskazy. Traducción: Marta Sánchez-Nieves Fernández. En Alba existe una antología de sus Relatos preparada y traducida por Víctor Gallego.

(3) Guerra y paz. El Aleph y Del Taller de Mario Muchnik. Barcelona. (2010). 1.904 págs. Traducción: Lidia Kúper. Se trata de una nueva edición, en tapa dura, de la traducción que publicó Del Taller de Mario Muchnik en 2003, fruto de cuatro años de trabajo de la veterana traductora Lydia Kúper. Este libro inaugura la nueva colección “Clásicos Rusos” de El Aleph, en la que se han publicado ya obras de Dostoievski, Leskov, Turguéniev y Aksákov.

(4) Anna Karénina. Cátedra. Madrid (2003). 999 págs. Edición de Josefina Pérez Sacristán. También existe en Alba (Barcelona. 1.008 págs.) una reciente traducción a cargo de Víctor Gallego. Ya las primeras líneas enganchan y anticipan su contenido, el desdichado recorrido de Anna para alcanzar la felicidad: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas, lo son cada una a su modo”. Tolstói escribió esta obra sumergido en una profunda crisis existencial, entre 1873 y 1878, pocos años después de publicar su otra gran novela, Guerra y paz.

(5) Mi confesión. Acantilado. Barcelona (2008). 152 págs. Traducción: Marta Rebón.

(6) La muerte de Iván Ilich. Hadyi Murad. Alianza. Madrid (2003). 280 págs. T.o.: Smert Ivana Ilicha. Hadyi Murad. Traducción: Juan López-Morillas.

(7) Jadzhi Murat. El cupón falso. Nórdica. 304 págs. Traducción: Víctor Gallego.

(8) Sonata a Kreutzer. Cuadernos del Acantilado. Barcelona (2003). 162 págs. T.o.: Kréitserova sonata. Traducción: Ricardo San Vicente.

(9) Diarios (1847-1894). El Acantilado. Barcelona (2002). 508 págs. Traducción: Selma Ancira. Diarios (1895-1910). El Acantilado. Barcelona (2003). 584 págs. Traducción: Selma Ancira.

(10) Correspondencia. Acantilado. Barcelona (2008). 851 págs. Traducción: Selma Ancira.

(11) Sobre los sucesos que rodean la muerte de Tolstói, el escritor Jay Parini ha escrito una interesante novela, La última estación en la vida de Tolstói, en la que recrea las circunstancias personales y familiares que provocaron su huída del hogar. Parini emplea una técnica coral, dando la voz a familiares, amigos, su médico, su secretario y, sobre todo, su mujer, Sofía Andreievna. Península. Barcelona (1995). 298 págs.

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