Stefan Zweig: la sangre contra el espíritu

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Stefan Zweig (1881-1942) es uno de esos escritores que han sabido unir calidad y popularidad. Logró ser uno de los literatos más leídos de su época, y ha seguido encontrando un público en las siguientes generaciones y en múltiples lenguas. Poco antes de morir redactó sus Memorias, que ahora se traducen y publican de nuevo, en castellano. Es una buena ocasión para indagar sobre las claves del éxito de este judío vienés, excepcional narrador, europeísta convencido y ciudadano del mundo.

Su vocación artística, su condición de vienés y de judío y las dos guerras mundiales son los puntos clave de su biografía. De gran sensibilidad artística y espíritu bien dotado para percibir a los demás, profundo y refinado, Zweig es más trabajador que genial, aunque posee el punto de intuición e inteligencia que sitúa a unos hombres por encima de los otros.

En el centro de la cultura de su época

Nace en Viena en una familia acomodada y es judío. Lo primero le pone en contacto con un ambiente de exquisito aprecio por la cultura como no se daba entonces en otro punto del planeta, salvo quizás en París. Lo segundo no tendrá en él consecuencias religiosas, pero sí psicológicas y de percepción de su entorno. Vive, además, las consecuencias de la caída del imperio austrohúngaro, que fue algo más que una nueva delimitación de fronteras en Centroeuropa.

Su vida ofrece pocos elementos novelescos, tampoco especialmente ejemplares. No es un personaje tan interesante como aquellos que él mismo biografía. De hecho, las menciones a su vida privada son mínimas en sus Memorias. Cuenta poco sobre su carácter, su familia, su vida sentimental, incluso poco sobre sus libros. Apenas llegamos a saber de su escasa confianza en sí mismo, de su alto concepto de la amistad y de su aversión a las multitudes (a pesar de ser asiduo conferenciante y popular escritor). Para saber más de él, hay que acudir a las biografías escritas por otros (1). Pero narra con detalle cómo era la Europa anterior a 1914 y cómo cambió todo desde entonces. Es un testimonio narrado con la misma brillante percepción y elegantísimo estilo que exhibió en todas sus obras anteriores.

Sorprendido por su éxito

Fue siempre un escritor triunfante: a los 19 años, su primer artículo fue aceptado en el más importante periódico de Viena; su primer libro de poesía simbolista lo publicó la exquisita editorial Insel; su primera obra de teatro fue estrenada por el mejor director y en el mejor teatro; sus novelas cortas y biografías se vendían por miles y será traducido a lo largo de su vida a muchos idiomas (más de 50 hasta hoy).

Cuando se pregunta por el éxito de sus libros, para él insospechado, responde: “En definitiva, creo que proviene de un defecto mío, a saber: que soy un lector impaciente y temperamental. En una novela, una biografía o un debate intelectual me irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado, poco claro e indefinido, todo lo que es superficial y retarda la lectura. Sólo un libro que no cese de mantener su nivel página tras página y me arrastre hasta el final de un tirón y sin dejarme tomar aliento me produce un placer completo. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro llenos de descripciones superfluas, de diálogos plagados de cháchara y de personajes secundarios innecesarios; resultan demasiado extensos y, por lo tanto, demasiado poco interesantes, demasiado poco dinámicos”.

El lector de Zweig se deja arrastrar por su ritmo imparable y la tensión que imprime a sus páginas. Corregir, para él, era sinónimo de suprimir, hasta que el producto final quedaba del todo podado. El resultado, una prosa elegante, precisa y siempre amena.

Penetración psicológica

No se puede decir de él que sea un original fabulista ni un revolucionario descubridor de nuevos campos respecto a la forma. Sus historias son sencillas, algunas incluso vulgares melodramas si se contaran de otra forma y su técnica es bastante convencional: primera o tercera persona, desarrollo lineal de los hechos, generalmente un solo nivel narrativo, etc. Lo verdaderamente magistral es el logrado enfoque psicológico, el acierto al explicar porqué un personaje piensa como piensa y actúa como actúa.

Es cierto que su estilo culto, algo retórico, no resulta del todo simpático al gusto actual. Y también que su espíritu destila un tono pesimista y vagamente escéptico que puede llegar a pesar en el ánimo del lector. Pero también lo es que escribe sin prolijidad, sin vaguedades ni exaltaciones, con agilidad y arrebato, con una fluidez que permite leerle cientos de páginas sin cansancio. Tiene un modo impresionista de ver y narrar la realidad, adecuado al filtro que le hace fijar su atención en los sentimientos de sus personajes. Dos botones de muestra de sus habilidades narrativas: cómo describe el juego de miradas entre el doctor y la mujer en Amok y el párrafo (casi cinematográfico) que dedica a las manos del jugador en Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Pasión y conciencia

Un elemento clave aparece en sus personajes: una pasión, que suele ser obsesiva y que siempre deja ver sus consecuencias a través de la conciencia. De pronto en sus vidas surge un impulso al que no pueden hacer frente ni la educación recibida, ni los compromisos asumidos, ni el empeño de las propias fuerzas. Generalmente siguen sus dictados y luego la voz de la razón hace ver las consecuencias, y aparece la infelicidad en forma de miedo al castigo o de conciencia de culpa. La redención viene casi siempre en forma de confesión, y el perdón como premio a la sinceridad, unido a la convicción de la inutilidad de esa pasión. Otro elemento, sobre todo en los ensayos biográficos, es el sentido de misión, también con esa nota de obsesividad.

Sangre (Blut) contra espíritu (Geist), pasión contra razón, instinto y conciencia: he aquí el tema de la obra de Zweig. Él mismo mantiene unos años una relación con una mujer casada y con hijos, con la que contraerá matrimonio una vez fallecido el primer marido de ella. Luego se divorciará para casarse con su secretaria, quien le acompañó en su último viaje al más allá. Sus personajes, también como él, son personas equilibradas y, generalmente, de un ambiente similar al que el escritor frecuentó toda su vida.

En explorar las leyes de los sentimientos dejó lo mejor de su arte de narrar. Muchos de sus personajes son seres atados a la pasión como a un caballo desbocado, arrastrados por una fatalidad psíquica, en un patético e inexorable declive digno de compasión. No se trata sin embargo de una humanidad inferior toda instinto, sino de personas inteligentes y, generalmente, cultas. Sólo alguna vez aparecen ejemplos de aquellos comportamientos patológicos (la persecución obsesiva que se narra en Amok, la lealtad canina del personaje de Leporella) que tanto interesaban a su admirado Freud.

Toca con frecuencia temas complejos y escabrosos como el adulterio, el aborto, la prostitución o la homosexualidad, siempre con corrección y buen gusto. Las consecuencias de las actuaciones desordenadas se hacen sentir, más como fruto de la educación recibida que por una conciencia de dignidad personal apoyada en fundamentos religiosos.

Es significativa la ausencia de principios religiosos que manifiesta en su vida y en la de sus personajes. Sólo en El candelabro enterrado aparecen unas reflexiones de tipo religioso cuando se plantea, en boca de uno de los personajes, el porqué de la persecución contra los judíos. Dios no está presente ni poco ni mucho; sencillamente, no cuenta.

Constructores del mundo

“El ejemplo es el vínculo que más fuerte ata unos hombres a otros; cada acto despierta en los demás la voluntad de lo justo y hace que se levanten del ensueño y llenen activamente sus días”, dice el personaje central de Los ojos del hermano eterno. Zweig se interesa, cómo no, por los grandes espíritus, pero no sólo por ellos.

No toma partido a favor del héroe, sino que sólo ve la parte trágica del vencido. En narraciones cortas le atrae siempre el que sucumbe al destino; en las biografías, no quien tiene razón en el campo real del éxito, sino en el exclusivamente moral: Erasmo y no Lutero, María Estuardo y no Isabel, Castellio y no Calvino, Tersites y no Aquiles. Le interesan los que han atravesado grandes tormentas sin zozobrar (Fouché, Erasmo). Siente predilección por naturalezas indómitas y de vida intensa: se nota en las personas que despiertan su interés en la vida real y en sus novelas cortas.

Anda a la caza y captura del genio, del audaz, del héroe, aunque sólo lo sea un instante, aunque no haya triunfado a los ojos del mundo. La épica intensa de ese momento queda reflejada en sus frecuentes frases sentenciosas y perfectas. Cuando habla, por ejemplo, del impulsor de la empresa de conectar Europa y América con cable telefónico culmina el relato: “(…) el hombre dio con su misión y la misión dio con su hombre”.

Sus biografías, escritas tras un amplio trabajo de documentación, son más de ideas que cronológicas, no son un conjunto de datos, fechas y sucesos. No aplasta con su vasta cultura y erudición. Cada hombre tiene su misterio y a Zweig le fue dado escudriñar el de muchos de los importantes. Atrapa una idea e insiste una y otra vez, frío en el análisis y apasionado en la defensa.

Escritor total

Zweig es un escritor de inusitada regularidad. Bien es verdad que no se precipitó en publicar, y antes invirtió largos años en lecturas, viajes y el cultivo de la amistad y la conversación de las mentes más destacadas de Europa.

No despreció género alguno: publicó libros de poesía y fue siempre ferviente interesado en este tipo de literatura. Entusiasta del teatro, escribió varias obras de calidad, pero variados motivos, que explica en sus Memorias, le llevaron a dejar de escribir obras dramáticas. De todos modos hay características propias del género dramático (acotación de situaciones, intensidad, cuidado de los diálogos) que impregnan toda su obra (especialmente en sus narraciones cortas) y que favoreció que algunas fueran llevadas al cine. Sólo en dos ocasiones se atrevió con la larga distancia en la novela, y aún así una de ellas quedó a su muerte pendiente de revisión y no fue publicada hasta años más tarde.

La editorial Juventud, desde los años 50, ha editado en España su obra completa y también se encuentran algunos títulos en Austral. En los últimos años se ha revitalizado la popularidad de este autor y se están editando nuevas traducciones, más modernas, en Destino, Alba y, sobre todo, El Acantilado. A veces las traducciones de los títulos en español cambian, así como los criterios a la hora de agrupar relatos cortos.

Entre sus biografías y ensayos biográfico-históricos son inolvidables sus memorias, El mundo de ayer; la primera serie del ciclo “Constructores del mundo”, que, con el título de Tres grandes maestros, recoge ensayos biográficos sobre Balzac, Dickens y Dostoievski: es un libro escrito desde la reverencia, pero su entusiasmo no resta interés al agudo análisis que hace de sus respectivas obras. Momentos estelares de la humanidad: 12 miniaturas históricas es una pequeña joya, aunque la elección sea desigual en cuanto a la importancia real que esos hechos han tenido en la historia. Por último, sobresalen las biografías de Fouché, María Estuardo, María Antonieta, Erasmo y Magallanes.

En cuanto a la ficción, son destacables: la novela larga La piedad peligrosa y las novelas cortas y relatos: Carta de una desconocida, Veinticuatro horas en la vida de una mujer (para muchos, su mejor novela), Novela de ajedrez, Amok, Miedo, Ardiente secreto y La confusión de los sentimientos.

_________________________

(1) Por ejemplo, la de Jean Jacques Lafaye, Nostalgias europeas. Una vida de Stefan Zweig. Ed. Juventud.

 


Memorias de un europeo

Ver reseña: “El mundo de ayer”.

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