Robert Louis Stevenson, el espíritu de aventura

Un tesoro desenterrado por una generación tras otra
Hace cien años moría en una isla perdida de Samoa el novelista escocés Robert Louis Stevenson. Desde entonces, sus obras han seguido fascinando e intrigando a generaciones de lectores. Cabe preguntarse a qué se debe la capacidad de este narrador para seducir a un público tan variado. Lo evidente es que el arte puro de contar historias, al que se dedicó Stevenson, conserva su lozanía al margen de las modas literarias.

Stevenson escribió su obra más conocida, La isla del tesoro, por encargo de su hijastro, que entonces tenía trece años. La concluyó en muy poco tiempo y, a pesar de ser en principio una novelita de “consumo” familiar, obtuvo un éxito de públicoinmediato. Su primer lector, el jovencito Lloyd Osbourne, le había pedido que no aparecieran mujeres en escena. Apenas sale una, con lo que el ingrediente amoroso es nulo y la unidad argumental sale beneficiada. Tal vez esta pequeña joya de la literatura universal sea una demostración de cómo las constricciones externas a veces ayudan al creador.

Otros tesoros

Pero la producción de Stevenson abarca mucho más, y sería una pena que el lector se conformara con La isla del tesoro (y eso, si antes no ha visto alguna versión cinematográfica o televisiva). A algunos sorprenderá saber que Stevenson también fue un poeta muy estimable, y que existen ediciones asequibles de sus versos. Y como narrador, además de la memorable historia de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, escribió novelas tan amenas como Aventuras de un cadáver -o El muerto vivo, según las versiones-, Secuestrado, La resaca -en otros casos, Bajamar-, Los traficantes de naufragios, La flecha negra o El señor de Ballantrae. Su novela más profunda y compleja, Weir of Hermiston, quedó sin acabar.

Asimismo, fue autor de muchos relatos cortos de magnífica factura (La botella del diablo, Markheim, Olalla, Una historia de François Villon, etc.) y de ensayos no menos notables (como la reciente colección aparecida en España bajo el título de Virginibus puerisque y otros ensayos).

Como buen hombre de letras, cultivó con éxito el periodismo y defendió valientemente sus ideas. Aunque no está traducido, es posible encontrar, por ejemplo, un noble alegato en favor de la actividad apostólica del Padre Damián en las islas del Pacífico Sur. Habría que leer a Stevenson mucho más de lo que vulgarmente se conoce de él, porque siempre deja buen sabor de boca.

Una clave del optimismo

Chesterton opinaba que la literatura de Stevenson no era superficial, como tantas veces se ha dicho. Todo ese optimismo incurable y ese buceo en el mundo infantil respondían al intento de regresar a la vida de infancia frente a un mundo regido por el puritanismo escocés y el pesimismo existencial. «La aventura de Stevenson fue una fuga, una especie de romántica escapada para evitar a los dos -escribía Chesterton-. Y así, como un fugitivo que muchas veces ha corrido a esconderse en la casa de su madre, este escapado buscó refugio en su antiguo hogar: se fortificó en el cuarto de los niños y casi trató de introducirse en la casa de las muñecas. Y lo hizo por una especie de instinto de que allí había goces que el puritanismo no podía prohibir ni el pesimismo negar. Él tuvo su respuesta a la pregunta “¿Puede el hombre ser feliz?” Y la respuesta fue: “Sí, antes de ser hombre”».

Quizá puedan descubrirse muchos indicios de esa dicha nostálgica en La isla del tesoro. Para un lector maduro resultará mucho más inolvidable, por ejemplo, el maravilloso capítuloen que Jim Hawkins se queda solo a bordo de la Hispaniola. Entonces el muchacho saca el barco de la deriva sin ayuda de nadie y su alegría se desborda. Es un momento de plenitud (¡se está haciendo un hombre!), pero se trata de una entrada en la madurez que no olvida ese sentido de hacer las cosas como jugando. Qué diferentes son estas páginas de las que Joseph Conrad dedica después a la vida enel mar.

La invención de ciertas escenas da una especial atmósfera de júbilo infantil a los relatos de Stevenson. Parece fácil imaginarlo gozando al contar batallas y planear movimientos tácticos antes de algún combate. Seguramente le hacía feliz crear un personaje como Allan Breck, que, antes del asalto de un enemigo más poderoso, ordena cubrir la retirada a su compañero y pensar los riesgos y oportunidades que tiene como si todo fuera un juego. Casi nunca hay tragedias definitivas en el mundo aventurero de Stevenson. Todos los problemas se resuelven gracias a una serie de virtudes eternas en la novela de aventuras -el valor, la astucia, la lealtad a la palabra dada, la nobleza de sentimientos…- y a otra propia de nuestro autor: un esforzado espíritu deportivo que envuelve todas las acciones de los héroes.

Apelar a la imaginación

Stevenson era un escritor vitalista y soñador, pero no pueril. En realidad, tenía sus propias ideas sobre lo que era el oficio literario y las expuso numerosas veces. “Darwin dijo que nadie podría observar sin una teoría… Me atrevo a jurar que tampoco nadie escribe sin una teoría”, comentaba Stevenson a su amigo Henry James. Acaso sorprendan un poco estas afirmaciones en una figura nada intelectualista en apariencia. Pero en realidad lo que más sorprende en sus ensayos es que sus intuiciones fueran mucho más modernas que las ideas de entonces sobre el arte de narrar.

Frente a los autores realistas de su época, su novela apostaba por un arte guiado por la inteligencia y la imaginación, más que por la observación y la crítica social. La novela realista corría el riesgo de demorarse con detalles y descripciones interminables. Pero Stevenson no quería fotografiar la realidad (como hacían Clarín, Galdós, Pereda, Flaubert, Dickens o Thackeray), sino seleccionar de ella lo que le interesaba. El estilo victoriano era, en definitiva, aburrido, y él no quería aburrir a nadie. Por eso utilizaba muy poco los detalles meramente superfluos. En cierta ocasión, parodiaba el modo de comenzar las historias propio de algunos realistas: «”Roland se aproxima a la casa; tenía puertas verdes y celosías en las ventanas; y había una pala en el último escalón…” ¡Al diablo con Roland y la pala!». En las descripciones convenía, por tanto, no cansar al lector, pero sí hacerle imaginar.

Stevenson consigue escenas memorables que se graban sobre todo en la memoria visual. Pensemos en la entrada del hombre de la cicatrizen la taberna o en el momento en que el pirata ciego es atropellado por unos caballos del squire en La isla del tesoro; o cuando un viejo payaso agoniza en un cuartucho y la sombra grotesca de su cara se proyecta sobre la pared (El tesoro de Franchard); o en el instante decisivo en que una partida de hombres vestidos de buzo esperan en la playa para enfrentarse con los tripulantes de un barco amenazador (La resaca).

El detalle bien seleccionado

La riqueza de Stevenson está en el detalle minuciosamente seleccionado. Como a los niños, le gustaba que las cosas relumbrasen, que destacasen plásticamente. Cuando Jim Hawkins y sus amigos se acercan hasta la isla del tesoro, se dan cuenta de que su pequeña embarcación va sobrecargada, y se ven obligados a tomar una resolución: “El resto de las armas y de la pólvora lo arrojamos al mar, y dado el poco calado y la claridad de las aguas, podíamos ver en el fondo el brillo del acero sobre la arena”. A continuación, Stevenson sigue relatando como si nada: no se ha parado en el episodio de las armas sino el tiempo indispensable para dejarnos una imagen fresca y resplandeciente.

Las consideraciones teóricas de Stevenson suelen destacar otro problema importante en la estética moderna: la insuficiencia del lenguaje para representar toda la realidad. Si rechazó los planteamientos realistas, se debía también a que no creía a pies juntillas en sus propios poderes expresivos. O, dicho con otras palabras: si eligió practicar una literatura inteligente y antirrealista no fue porque sabía que no era un genio, sino porque desconfiaba bastante de que alguien -incluido Shakespeare- pudiera llegar a decir todo. Su literatura selecciona experiencias y detalles por “exageración negativa”, según sus mismas palabras. O, lo que es lo mismo: por medio de la acentuación de tal rasgo característico, de tal escena memorable y por medio del olvido consciente de otras muchas ideas: “Escuchar una melodía, ver una hermosa mujer, un río, o una gran ciudad o una noche estrellada, es causar la desesperacin de un hombre, debido a sus recursos liliputienses en el arte del lenguaje. Ahora, para lograr ese énfasis que al parecer nos está vedado por la misma naturaleza del instrumento (el lenguaje), el método adecuado a la literatura es la selección, que es una suerte de exageración negativa”.

Una literatura depurada

Los escritores de evasión tienen fama de desaliñados, de poco cuidadosos con el estilo y, en suma, con el trabajo literario. Esto no es del todo cierto: ahí están Georges Simenon, Dashiell Hammett o Raymond Chandler en nuestro siglo para demostrarlo. Stevenson también se preocupaba enormemente del estilo, hasta llegar a veces a un perfeccionismo lindante con la manía. Algunos capítulos de El príncipe Otto llegó a reescribirlos hasta siete veces. A pesar de convertirse en un autor prolífico, era perfectamente consciente de que sus dotes expresivas -como las de cualquiera- no eran innatas del todo y de que sólo el esfuerzo podía dar frutos logrados. Si revisamos su bibliografía, nos sorprendemos de que el autor de La isla del tesoro y de El señor de Ballantrae hubiera publicado un libro sobre las minas y las montañas de California o una obra con el extravagante título de Viajes con una burra a las Cevennes. Igual que el pintor aprende la técnica al copiar temas insípidos, el narrador también se ejercita con asuntos aparentemente poco interesantes.

El ejercicio creador le sirvió de acicate para superar cualquier debilidad anímica debida a sus constantes flaquezas de salud. Realmente resultaba irónico que un hombre con las ganas de vivir de Stevenson hubiera de refugiarse en el trabajo intelectualmente extenuante de literato y que hiciera vivir a sus personajes las aventuras que él no podía realizar. Por ejemplo, El extraño caso del Dr. Jekyll fue escrito en tres días agotadores, después de haber roto por entero un manuscrito anterior. En cierta ocasión, Stevenson confesó a su hijastro Lloyd Osbourne: “No soy un hombre de talento extraordinario, Lloyd. Comencé con una capacidad corriente; mi triunfo se ha debido a mi extraordinaria laboriosidad, a desarrollar hasta el límite lo que tenía dentro de mí. Cuando un hombre comienza a desarrollar una facultad y sigue haciéndolo con perseverancia incansable, puede hacer maravillas. Todo el mundo lo sabe; es una trivialidad y, sin embargo, qué raro es encontrar a una persona que lo lleve a cabo, quiero decir hasta el límite, tal como yo lo hice. ¡Qué genio he sido para el trabajo!”.

El arte puro de contar

Tal vez Stevenson no pensó nunca que su fama fuera a sobrevivirle. Y es casi seguro que jamás imaginó -él, que tanta imaginación tenía- que iba a causar admiración entre algunas élites ilustradas de nuestro siglo. Lo que atrae poderosamente de sus obras es lo más elemental y lo más profundo en un narrador: el arte puro de contar historias. Esa perfecta consciencia del artificio por encima de todo, esa despreocupación de todo lo que no es literatura, interesa mucho a los seguidores de un Borges o un Nabokov.

Y al mismo tiempo, no se puede olvidar el fuerte contenido ético de sus obras. Robert Louis Stevenson fue hijo de su tiempo -¿quién no lo es?-, pero cuando leemos Markheim, La resaca o Aventuras de un cadáver, nos damos cuenta de que sus personajes, por artificiales que sean, fueron creados porque tenían que ver con una verdad humana muy profunda. Es la verdad de quien quisiera que todas las historias acabaran bien en la tierra, de que siempre triunfasen los nobles ideales y de que, en fin, el ser humano fuera de otra manera.

De Escocia a Samoa

Nacido en Edimburgo en 1850 dentro de una familia rigurosamente presbiteriana, su infancia transcurrió felizmente en medio de vigilados juegos y aventuras. Al llegar a la juventud comienzan los conflictos con su padre y con la religión puritana. Edimburgo no era un lugar apropiado para la vida bohemia de un muchacho con inquietudes artísticas -quería ser pintor- y con abundantes ganas de diversión. Sin embargo, las tensiones familiares se resuelven provisionalmente, debido a que se le diagnostica una grave afección pulmonar que obliga al joven a marchar al sur de Francia.

A partir de entonces, la existencia de Stevenson va a ser un constante deambular en busca de mejores climas y una lucha permanente contra su constitución enfermiza. Conoce por aquel tiempo a Fanny Osbourne, una pintora americana casada y madre de dos hijos, que se encuentra de paso por Europa. Se enamora perdidamente, pero ella regresa a América. Desde Estados Unidos le llega la noticia de que se acaba de divorciar, y Stevenson, contra todos los consejos médicos, viaja hasta California poniendo en grave riesgo su vida para estar junto a la mujer que ama. Fanny y Robert se casan y, como no podía ser menos, pasan la luna de miel en las míticas minas de Silverado. Tal vez esta anécdota pinta al hombre de cuerpo entero.

Desde entonces, el matrimonio recorre distintos lugares del mundo, siempre huyendo de las recaídas de salud del marido, hasta que terminan por establecerse en la isla de Vailima, en el archipiélago de Samoa. Los últimos años del escritor se reparten entre su trabajo literario, que le da singulares beneficios económicos, y una placentera vida entre los nativos, que lo respetan y le conocen por el Tusitala, “el que cuenta historias”. Por aquel entonces ya se había reconciliado con su familia y recordaba nostálgicamente su Escocia natal.

Cuando muere, todos los habitantes de la isla abren un sendero por el que transportan su cadáver hasta enterrarlo en la cima del monte Vaea, desde donde se divisa el mar. Contaba cuarenta y cuatro años.

Javier de Navascués

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