Marco Denevi

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El pasado mes de diciembre murió en Buenos Aires el gran escritor argentino Marco Denevi. Denevi nació a la vida literaria en 1955 con una novela policial, Rosaura a las diez, que obtuvo un prestigioso galardón, el Premio Kraft, y enseguida se convirtió en un éxito de ventas y crítica en su país. Años después, en 1961, volvió a ganar otro premio con una novela corta, Ceremonia secreta, que conoció incluso una versión cinematográfica dirigida por Joseph Losey e interpretada por Mia Farrow y Richard Burton. Sin embargo, los libros siguientes no respondieron a las expectativas de difusión que habían tenido los dos primeros.

Denevi tenía un público fiel, pero nunca llegó a exportar su obra como tantos escritores hispanoamericanos a partir de los años sesenta. Tal vez el destino es a veces injusto con los que triunfan demasiado pronto: encasillado como escritor policiaco cuando en realidad hizo otras muchas cosas, tapado por otros autores menos independientes y más progres…, se ha ido olvidando a Denevi, a pesar de que la obra posterior a Ceremonia secreta sea sin duda la más madura y lograda. La crítica comprometida con la izquierda revolucionaria nunca le perdonó su falta de militancia. A Borges se lo perdonaron, porque ya era un mito fuera de su país cuando llegó el mayo del 68. Denevi, salvando las distancias, no tuvo esa suerte.

Como cuentista ha dejado unos cuantos relatos excepcionales (“Charlie”, “Hierba del cielo”, “Carta a Gianfranco”, “El caballero, la muerte y el diablo”, “Viaje a Puerto Aventura”, etc.). Un puñado de ellos se encuentra en una reciente antología suya editada en España que lleva el título de Ceremonias secretas (ver servicio 38/97). Sus mejores cuentos están elaborados con una extrema inteligencia, plagados de guiños a un lector que se enriquece con la sutileza con que el relato va desenvolviéndose y haciendo referencia, una y otra vez, a sí mismo.

Pero, además, Denevi escribió teatro, poesía, novela… Bien puede decirse de él, como se ha dicho, que el único género que nunca practicó fue el aburrido. Rosaura a las diez es una extraordinaria ópera prima y, sobre todo, una novela amenísima que recoge en un espléndido castellano la mejor tradición de Wilkie Collins.

A diferencia de tantos escritores de su época, no utilizó la literatura como arma de combate contra las estructuras sociales, sino que fue más allá y atacó la misma realidad, sin esquemas previos de ningún signo ideológico. Su inclinación hacia lo cómico, en ocasiones decididamente delirante, no ocultó nunca en sus relatos una profunda simpatía por el más débil: una solterona esperpéntica, un tímido oficinista, una niña paralítica… “No puedo evitarlo. En una fiesta mis ojos se apartan de quienes se divierten y se van hacia un rincón donde alguien sufre”, escribió alguna vez. Acercarse a los que viven al margen de la historia ha convertido a Denevi en un escritor melancólico, a pesar de su sentido del humor. Como buen pesimista, sus relatos desembocan con frecuencia en la derrota del héroe. Pero, como mal agnóstico (él siempre se declaró agnóstico), en toda su obra es fácil advertir una profunda nostalgia de Dios.

Javier de Navascués

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