La recuperación de Willa Cather

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La escritora estadounidense Willa Cather (1873-1947), contemporánea de novelistas como Crane, Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Dos Passos, Scott Fitzgerald, McCullers, O’Connor… alcanzó bastante notoriedad durante su vida. Después, el interés por su obra decayó, al tildarla algunos críticos de escapista y nostálgica. Pero parece que el tiempo va colocando las cosas en su sitio, porque, a partir de los años ochenta, el interés por la escritora ha crecido de un modo muy notable dentro y fuera de Estados Unidos. En los últimos años, se han traducido en España algunas de sus obras con considerable éxito.

Wilella Sibert Cather nació el 7 de diciembre de 1873 en Back Creek (hoy, Gore), en el Estado de Virginia. Sus antepasados procedían de Irlanda del Norte y algunos parientes cercanos participaron en la guerra civil (1861-1864) con los sudistas. Su infancia transcurrió en la granja del abuelo paterno, en Willow Shade, hasta que, en 1883, la familia se trasladó a Nebraska. Ésta era tierra de inmigrantes, procedentes en gran número de Europa central y del norte, y también del sur de Estados Unidos, donde los efectos de la guerra civil habían sido catastróficos. A pesar de todo, recibió una buena educación, pues conoció a los clásicos griegos y latinos y también la literatura romántica europea y frecuentó las representaciones dramáticas en el teatro de su pequeña ciudad. Willa Cather fue educada en la Iglesia baptista, pero en 1922 ingresó con sus padres en la Iglesia episcopaliana. En sus obras muestra respeto e incluso admiración por la Iglesia católica.

De periodista a escritora

En 1890 se trasladó a Lincoln para estudiar en la universidad, donde se manifestó su vocación literaria, primero como colaboradora en dos revistas universitarias y más tarde en Nebraska State Journal. A lo largo de su vida, ejerció el periodismo en Pittsburgh, en Nueva York y en Boston. Fue redactora y editora de la prestigiosa revista Mc Clure’s. En 1902, su primer viaje por Europa le dejó una huella importante, sobre todo Francia. Willa Cather vivió con intensidad los acontecimientos de su época, con una activa preocupación por los problemas a través de su trabajo.

Su labor periodística duró hasta 1912; a partir de entonces, se dedicó casi exclusivamente a la creación literaria. La amistad con el editor Alfred Knopf contribuyó notablemente a que se consolidara como escritora. Dio sus mejores frutos entre 1913 y 1927, cuando ya se había asentado en Nueva York, aunque siguió realizando numerosos viajes. Los últimos años de su vida fueron bastante duros y esto influyó en el declive de su obra: tuvo que abandonar su domicilio y trasladarse a un hotel, fallecieron sus padres y dos de sus hermanos, se desencadenó la gran crisis económica de 1929 y estalló la Segunda Guerra Mundial. La escritora murió el 24 de abril de 1947 en Nueva York.

Las obras más importantes de Willa Cather tienen dos grandes escenarios: las llanuras de Nebraska y las tierras del suroeste de Estados Unidos, y unos protagonistas que pueden calificarse de pioneros, mujeres y hombres audaces, con unas perspectivas vitales que resumen muy bien las palabras de un personaje de El canto de la alondra: “Nada está lejos y nada está cerca, si uno quiere. El mundo es pequeño, la gente es pequeña. Sólo hay una cosa grande: el deseo. Y a su lado, cuando es grande, todo lo demás es pequeño”.

En 1912 se publicó Alexander’s Bridge, no traducida en España, en la que es palpable la influencia de Henry James, uno de sus autores preferidos, junto con otros como Flaubert, Daudet, Poe, Mark Twain, Hawthorne, Tolstoi, Turgueniev y su admirada Sarah Orne Jewett.

Literatura de frontera

En un breve ensayo, The Novel “Démeublé”, Willa Cather expuso sus principios estéticos, en los que se aleja del realismo descriptivo y prolijo del siglo XIX y defiende una depuración en búsqueda de lo esencial. Así lo manifiestan sus relatos cortos, inéditos en español, que la aproximan a otros autores sureños como William Faulkner, Carson McCullers y, sobre todo, Flannery O’Connor (ver servicio 96/01).

Cather pertenece a una época cultural de transición entre el realismo naturalista de finales del siglo XIX y la profunda crisis política, social y cultural producida por la Gran Guerra, que coincide, además, con el desarrollo de Estados Unidos como primera potencia mundial. En su obra literaria hay elementos románticos, realistas y modernistas, con las peculiaridades que adquieren esos conceptos en la idiosincrasia norteamericana, a los que hay que añadir las aportaciones de la fuerte personalidad, de las experiencias y de los ideales de la escritora.

Las novelas de Nebraska

La primera obra importante de Cather es O Pioneers!, editada en 1913 y reeditada con algunas correcciones en 1937, que acaba de publicarse por segunda vez en España (1) (hubo una primera edición de 1956, de Noguer y Caralt, con el título Los colonos). Pioneros es un drama rural de tintes románticos en ciertos aspectos, aunque más importante que la acción dramática es el testimonio de la colonización de aquellas tierras. La historia gira en torno a la figura luchadora de Alexandra Bergson, la protagonista, de origen sueco, que con su tesón consigue que su familia pase de la pobreza a la prosperidad.

En esta novela ya se aprecia el estilo preciso y sin estridencias de Cather, con excelentes descripciones de la naturaleza, con una acertada caracterización de los personajes y un interés por comprender la condición humana que recuerdan a Thomas Hardy. Aunque Alexandra es la figura destacada, la novela es un homenaje a una generación de personas abnegadas, heroicas, situadas en unos parajes hostiles, que consiguen hacer prósperos y acogedores, aunque muchos perecieron en el intento sin llegar a ver los frutos de su trabajo. A pesar de todo, la novela deja un poso de sosiego y de esperanza.

My Ántonia (2), ambientada también en las praderas de Nebraska y publicada en 1918, es una de las mejores novelas de Cather y de la literatura norteamericana (ver servicio 128/00). Aquí, la protagonista, Ántonia Shimerda, procede de Bohemia, y de ella nos habla con admiración algunas décadas después Jim Burden, un abogado americano, huérfano, que compartió con ella algunos años de su infancia. Burden entrega a un amigo el manuscrito con sus recuerdos de Ántonia. Al final de la novela, cuando Jim visita a Ántonia, ésta es madre de diez hijos y ha alcanzado una vida digna tras muchos años de esfuerzos por salir adelante. En muchos puntos, My Ántonia emparenta con Pioneros, pero su complejidad es mayor por la riqueza psicológica, la variedad de puntos de vista y de personajes que rodean a la protagonista, por la riqueza de matices, la honda nobleza de sentimientos y de actitudes que sugiere.

A Lost Lady, publicada en 1923, no se ha editado en España. Esta novela trata de los descendientes de los primeros colonizadores de Nebraska. El tono es más crítico con los peligros del materialismo y del conformismo de las nuevas generaciones, que corren el riesgo de vivir a expensas de los sacrificios de sus padres y abuelos, pero sin imitarlos en su audacia ni en su solidaria generosidad.

Las novelas del suroeste

Las tierras del suroeste americano son muy distintas, aunque no menos grandiosas, que las duras e inhóspitas praderas de Nebraska que Willa Cather conoció en su infancia. A ellas habían llegado los españoles a partir de 1528, junto con misioneros y colonos, y después pertenecieron a México hasta 1848. Willa Cather sintió una especial atracción por esos territorios, que conoció en 1912 y volvió a visitar posteriormente. Allí vivían también tribus indias, lo que dio lugar a un intenso mestizaje y a una simbiosis de culturas.

La primera novela que tiene algo que ver con el suroeste es The Song of the Lark (El canto de la alondra), de 1915, traducida recientemente en España (3); es la obra más extensa de Cather. En ella, se narra la historia de Thea Kronborg, una chica de origen sueco, que vive con su familia en Moonstone (Colorado) y que, gracias a su talento y a su empeño para vencer los obstáculos, logrará triunfar como soprano. Willa Cather se inspiró en Olive Fremstad, de familia sueca, a la que conoció y que fue una luchadora ejemplar. El canto de la alondra es el relato de una pasión veraz por el arte. Las reflexiones que la autora pone en boca de algunos personajes sobre esta cuestión resultan muy sugerentes y profundas.

En 1923, Willa Cather obtuvo el premio Pulitzer por su novela One of Ours, sobre la participación norteamericana en la Primera Guerra Mundial (un primo de Willa había muerto en las trincheras francesas). Esta novela no se ha traducido en España. En cambio, sí existe una vieja edición de The Professor’s House (4), publicada en 1925 y ambientada en el suroeste, en la que Cather critica la sociedad de su época y los peligros del materialismo incipiente, con un tono más experimental que en sus obras anteriores. Hay referencias a España, adonde el protagonista viaja para investigar sobre los exploradores españoles.

Un “western” de la evangelización

Dos años después se publica Death Comes for the Archbishop (La muerte llama al arzobispo, ver servicio 146/00), que Cather consideraba su mejor obra, y que probablemente lo sea junto con My Ántonia. Fue un éxito editorial. Ambientada también en el suroeste, se ha editado en castellano recientemente, con una extensa introducción de Manuel Broncano (5). De los viajes por aquellas tierras, a Cather le interesó especialmente el papel de la Iglesia católica, pero pensaba que no podía escribir un relato con este tema precisamente por no ser católica, hasta que encontró La vida del ilustre reverendo padre Joseph P. Machebeuf, escrita por William Joseph Howlet, sacerdote que había trabajado con el biografiado y con el primer arzobispo de Nuevo México, Mons. Lamy, ambos de origen francés. Este libro y algunas indagaciones de la autora, que tenía buena amistad con algunos sacerdotes católicos, fueron el material que dio pie a la novela, que no es una obra histórica sino de ficción, aunque se base en personajes y en acontecimientos reales.

Los protagonistas son el padre Vaillant y el arzobispo Jean Marie Latour, cuyas peripecias evangelizadoras en un territorio amplísimo y de grandes contrastes, durante la segunda mitad del siglo XIX, se cuentan en nueve capítulos o libros, que son como escenas de un gran retablo, en las que la naturaleza es también protagonista. Una gran novela, de tono legendario y alegórico, que se puede leer como un relato de aventuras, casi semejante a un western, por su tono de epopeya. Pero, además, incluye luminosas consideraciones sobre la fe, la santidad, las costumbres de los diversos moradores de las tierras del suroeste y, como siempre en Cather, unas magníficas descripciones de la naturaleza y una sabia y amorosa comprensión del alma humana.

Las claves del éxito

My Mortal Enemy (Mi enemigo mortal, ver servicio 26/00) (6) se publicó un año antes que La muerte llama al arzobispo. Se trata de una breve novela sumamente interesante, en la que se muestra también la influencia del catolicismo en Willa Cather. La joven Nellie Birdseye nos cuenta la compleja vida matrimonial de Myra Henshawe, católica de origen irlandés, treinta años mayor que ella. Es una novela de una hondura psicológica impecable, en la que se narra la valiente actitud de la protagonista para enfrentarse a las consecuencias de una decisión equivocada. Una pequeña obra maestra, en opinión de bastantes críticos.

Las últimas obras de Willa Cather fueron Shadows on the Rock (1931), Lucy Gayheart (1935) y Shapphira and the Slave Girl (1940). Ninguna de las tres se ha editado hasta el momento en España.

¿Por qué ese tardío interés por Willa Cather, en una sociedad urbana, cuando sus novelas se ambientan casi siempre en grandes escenarios naturales? Pienso que, en primer lugar, por la calidad de su obra, en la que apenas hay altibajos. Todas sus novelas tienen un alto nivel literario, aunque lógicamente algunas destaquen sobre otras. Cather escribe bien, sabe contar historias y tiene algo que decir. Sus criaturas atraen al lector, no son estereotipos, tienen personalidad.

Por la intensidad de su escritura, es fácil deducir que en sus novelas hay bastantes elementos autobiográficos y que denotan una capacidad grande de observación, porque los detalles son muy importantes en la obra de Cather. La autora no esconde el lado difícil de la existencia humana, pero confía en el hombre, en su capacidad para el bien, para superar las dificultades y mejorar, para comprometerse a fondo. Tal vez hoy, en una cultura más escéptica y en la que se habla más de los derechos que de los deberes, leer a Willa Cather es como recibir aires limpios y renovados en un ambiente sobrecargado.

Además, ella supo prever los peligros que el progreso meramente material entrañaba para su país y por eso en sus novelas abundan las referencias a otros valores esenciales para el hombre (religiosos, culturales, cívicos, etc.).

No parece muy justa la calificación de nostálgica y conservadora que recibió de algunos críticos de orientación marxista. Lo que ocurre es que Willa Cather tiene una mirada profunda, que va más allá de la anécdota que describe o de las circunstancias de un momento determinado. Sus planteamientos sobre la mujer, por poner un ejemplo, son audaces (más, si se tiene en cuenta la época en que se escribieron), pero nada demagógicos: defiende su dignidad, su capacidad para lo mejor, codo con codo con los hombres, pero también el inmenso valor de la maternidad, como muestra en los memorables capítulos finales de Mi Ántonia.

Lo grande y lo pequeño

En el fondo, Willa Cather busca lo mejor del ser humano, admira su capacidad para lo grande, como expone de modo paradigmático en las figuras de los dos protagonistas de La muerte llama al arzobispo, dos pioneros de la santidad. No faltan en sus obras los toques irónicos, siempre elegantes, ni las anécdotas divertidas, recogidas probablemente de su propia experiencia, ni las comparaciones e imágenes inesperadas y sugerentes.

Mención especial merece la sintonía de la escritora con la naturaleza. No se trata generalmente de largas y detalladas descripciones, sino de conseguir el toque adecuado (destacar un aroma, un color, un detalle), para mostrar su influencia en el comportamiento de las personas y descubrir la belleza de lo grande y de lo pequeño que conforman los paisajes tan queridos por la escritora.

Otro aspecto en el que conviene insistir es la variedad y riqueza de los personajes secundarios: son figuras vivas, muchas entresacadas quizá de los recuerdos de la autora, que con una anécdota, un diálogo, una actitud, un detalle quedan perfiladas con sus variopintas personalidades.

Willa Cather ha conseguido plasmar lo universal (la compleja y rica realidad humana) a través de lo particular (unas historias, unos personajes y unos lugares bien determinados), con un estilo magnífico, y eso no suele defraudar.

 


Para leer a Cather

(1) Pioneros. Alba. Barcelona (2001). 270 págs. 2.725 ptas. Traducción de Gema Moral Bartolomé.

(2) Mi Ántonia. Alba. Barcelona (2000). 382 págs. 3.100 ptas. Traducción de Gema Moral Bartolomé.

(3) El canto de la alondra. Pre-Textos. Valencia (2001). 536 págs. 4.500 ptas. Prólogo de José María Marco. Traducción de Eva Rodríguez-Halffter.

(4) La casa del profesor. Plaza & Janés. Barcelona (1963). Traducción de Guillermo A. Maxwell.

(5) La muerte llama al arzobispo. Cátedra, Letras Universales. Madrid (2000). 329 págs. 1.700 ptas. Edición de Manuel Broncano, traducción de Julio César Santoyo y de Manuel Broncano.

(6) Mi enemigo mortal. Alba. Barcelona (1999). 124 págs. 2.100 ptas. Traducción de Gema Moral Bartolomé.

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