El escritor que contó al mundo la verdad del Gulag

“Desde los 9 años supe que iba a ser escritor, pero no sabía qué iba a escribir. Poco después, me apasioné con el tema de la Revolución, y desde 1936, a la edad de 18 años, nunca dudé sobre cuál era mi tema, y nada podría haberme hecho apartarme de él”. Sesenta años después, Solzhenitsyn ha concluido su tarea. Pero Occidente no parece interesado, mientras en Rusia sólo un pequeño grupo de fieles mantiene la devoción por el gran disidente. ¿Qué nos deja este extraordinario escritor cuando la llama de la disidencia ha perdido su misión?

Desde sus primeros días, la vida de Solzhenitsyn está marcada por la Revolución. Su padre, que había luchado en el frente como oficial de artillería, muere en accidente de caza en junio de 1918, pocos meses después de la toma del poder por los bolcheviques. Solzhenitsyn nacerá en diciembre, y la figura de su padre, que no pudo conocer, adquiere perfiles heroicos en su imaginación infantil. Tanto la familia materna como la paterna perdieron sus posesiones durante la Revolución. El primer recuerdo de Solzhenitsyn es su madre que lo levanta por encima de las cabezas de los fieles de la iglesia del pueblo mientras un grupo de soldados rojos atraviesa la nave.

De su familia recibió una formación cristiana, aunque al final de la adolescencia se dejó deslumbrar por la ideología marxista. Años más tarde recuperó la fe y ahora es un devoto ortodoxo. Cursó con brillantez estudios universitarios de matemáticas y física. En 1941 se alistó voluntario en el Ejército Rojo -“no se puede ser un gran escritor ruso sin haber estado en el frente”, parece ser que dijo-, y alcanzó el grado de capitán de artillería. Sus experiencias bélicas cuajaron en el poema Noches de Prusia.

Estaba al mando de una batería en el frente de Prusia, muy cerca de Kaliningrado (Königsberg), cuando en febrero de 1945 fue detenido. El servicio secreto militar había interceptado sus cartas a otro oficial, gran amigo suyo, en las que criticaba a Stalin. Condenado a ocho años de prisión, fue desterrado a Kok Terek, en la estepa de Kazajstán. Allí se le diagnosticó un cáncer, del que se salvó. La enfermedad, el tratamiento en el hospital de Tashkent y su curación dio origen a un gran relato, Pabellón del cáncer. En 1956 llega la rehabilitación y el retorno a Moscú.

Escritor en el Gulag

Desde que era estudiante de bachillerato escribía sin cesar. En el frente redactó un diario, incluso bajo los bombardeos. Esos cuadernos fueron destruidos por el KGB tras su detención: el propio Solzhenitsyn describe su alivio -los diarios contenían textos comprometedores para muchos amigos suyos- y su pena por la pérdida de sus notas, que le habrían sido de gran utilidad para su proyecto de crónica de la Revolución.

Corriendo graves riesgos, continuó escribiendo en el Gulag. Una tarde, cuando ya no había luz, el viento le arrancó de las manos uno de sus apuntes. Pasó la noche sin dormir: si los guardias hubieran encontrado el papel, le habría costado muy caro. Pero sus oraciones fueron escuchadas, y cuando salió el sol, en un montón de basura pudo encontrar la nota. Nunca más volvió a arriesgarse. Y en vez de escribir, memorizaba sus poemas ayudándose de rosarios de migas de pan confeccionados por católicos lituanos compañeros de prisión.

La creatividad le salía por los poros de la piel, e incluso en el Gulag recitaba poesía para los presos. Uno de sus compañeros de destierro recuerda que él y su mujer pasaron una noche entera oyendo a Solzhenitsyn que recitaba para los dos solos su obra de teatro El ingenuo y la complaciente, inspirada en una experiencia personal en el campo de trabajo de Kaluga. Tras su rehabilitación enseñó en la escuela de un pueblo cercano a Moscú (allí le pasó lo que cuenta en uno de sus mejores relatos, La casa de Matriona), y más tarde en un instituto de Ryazan. 1959 fue un año decisivo: empezó a recoger datos para Archipiélago Gulag, hizo el borrador de El primer círculo y redactó Un día en la vida de Iván Denísovich.

Un nuevo Gogol

En diciembre de 1961, Alexander Tvardovsky, buen poeta, editor de la revista literaria Novi Mir, leyó el manuscrito de Un día…, que había sido rechazado por otras publicaciones. Tvardovsky se lo llevó a casa un viernes por la noche, para leerlo con tranquilidad. Empezó a verlo en la cama. Cuando se dio cuenta de su importancia, se levantó, se vistió y se fue a su despacho. Luego explicó que aquella obra no podía leerse en batín: “hubiera sido un insulto al autor”. Sin dormir, a primera hora de la mañana fue a la redacción de la revista, y con otro escritor, Víktor Nekrasov, brindó con vodka al nacimiento de “un nuevo Gogol”, dijo.

Después de una larga campaña que duró casi un año y que incluyó una edición secreta de Un día… para los miembros del comité central del PCUS, en octubre de 1962 consiguió que Jrushchov autorizara la publicación. Cuando se supo la noticia, en la redacción de Novi Mir estalló una salva de aplausos: todos habían leído el manuscrito, por Moscú circulaban copias ilegales, y la publicación se esperaba con ansiedad. En noviembre salía a la luz el libro que cambió la vida de Solzhenitsyn y logró difusión mundial en poco tiempo.

Con Un día…, Solzhenitsyn entró con pleno derecho en la intelectualidad rusa. “Dentro de un mes, usted será la persona más famosa de la tierra: ¿será capaz de resistir a la fama? Es muy difícil resistir a la fama; Pasternak no fue capaz”, espetó a Solzhenitsyn Ana Achmatova, la mayor poetisa rusa de este siglo.

La década heroica

Solzhenitsyn resistió a la fama, pero el gobierno soviético no fue capaz de resistir a Solzhenitsyn. Lo que vino después fue la década heroica de los grandes disidentes: Solzhenitsyn, Sajarov, Daniel, Siniavsky… los pocos pero valerosos profetas que denunciaban desde el interior los crímenes del sistema soviético. En el caso de Solzhenitsyn, las autoridades comunistas repitieron la historia de Pasternak. En 1971, el Ministerio del Interior elaboró un largo memorándum sobre el trato a los escritores, subrayado por el proprio Brezhnev: “En el asunto Solzhenitsyn estamos repitiendo los mismos errores que cometimos con Boris Pasternak. Doctor Zhivago debió ser ‘suavizado’ y publicado aquí, para así reducir el interés en el extranjero”.

Pero, como escribe el historiador Raymond Carr, Solzhenitsyn era imposible de suavizar. En 1971, el KGB intenta resolver el problema asesinando al disidente. Durante un viaje al sur de Rusia, el escritor sufre una grave intoxicación; todo indicaba que fue obra de un agente secreto. Tras la caída del comunismo, el hecho fue confirmado por Boris Ivanov, ex oficial del KGB.

Historia personal

En medio de la lucha contra el sistema transcurre la historia personal de Solzhenitsyn. En 1940 se casa con Natalia Reshetovskaya. Al conocer la condena, Solzhenitsyn -como otros presos políticos a sus mujeres- le aconsejó que pidiera el divorcio. Natalia rechazó esa propuesta, pero tras años de separación y después del traslado de Solzhenitsyn a un lager en Kazajstán, cede a la corte que le hace un joven viudo con dos niños. Manda a Solzhenitsyn los papeles del divorcio, que el escritor firma sin rechistar. Pero en 1956, cuando de improviso Alexander regresa del exilio y va a verla, el amor de Natalia renace y ella vuelve con él.

Su vida en común durará un decenio. Tras el éxito de Un día…, Solzhenitsyn se centra cada vez más en su literatura y piensa cada vez menos en su mujer. Pasa largas temporadas fuera de casa, dedicado a escribir de la mañana a la noche en su casa de campo o en una dacha de Peredelkino, el pueblo de los escritores donde vivió Pasternak. En 1968, Solzhenitsyn conoce a Alya -Natalia Svetlova-, una joven licenciada en Matemáticas, separada de su primer marido, que quiere ayudarle en sus investigaciones sobre el Gulag. Solzhenitsyn se aleja definitivamente de su primera mujer y vive con Alya. Cuando con sorpresa descubre que esperan un hijo -los médicos de Tashkent que le curaron el cáncer le aseguraron que si se salvaba, no podría ser padre-, decide divorciarse. Con Alya tendrá tres hijos, y se casará en 1973.

Estas aventuras sentimentales se reflejan en los libros de Solzhenitsyn, que en su mayor parte tienen fondo autobiográfico. Como si necesitara apoyarse con fuerza en la realidad para construir la ficción. En La rueda roja, el protagonista, el coronel Vorotyntsev, un claro trasunto de Solzhenitsyn, está casado con una pianista a la que no ama; durante una estancia en San Petersburgo se enamora de una profesora de historia -Solzhenitsyn, en 1964, viajó a Leningrado, donde conoció y se enamoró brevemente de una profesora de matemáticas-; descubierto el “lío”, la pianista amenaza varias veces con suicidarse -Natalia, cuando supo que Solzhenitsyn vivía con Alya, intentó quitarse la vida con somníferos-. Solzhenitsyn, al relatar estos asuntos personales en el marco de una gran tragedia como la I Guerra Mundial, la derrota rusa de 1914 y la Revolución, logra algunas de las mejores páginas de Agosto 1914 y Noviembre 1916.

Exilio y regreso

El enfrentamiento con las autoridades, excepcionalmente duro desde la concesión del premio Nobel en 1970, llega al máximo con la publicación de Archipiélago Gulag en diciembre de 1973 en París. En febrero de 1974, Solzhenitsyn es arrestado y expulsado de la Unión Soviética. Pocos días después, Alya y los niños le siguen al exilio. En diciembre, con cuatro años de retraso, Solzhenitsyn recibe el premio Nobel en Estocolmo.

En 1976, Solzhenitsyn se establece en Estados Unidos con su familia. Allí vivirá casi veinte años, dedicado a La rueda roja, su gran obra sobre la Revolución. Le supone un gran esfuerzo de documentación y redacción, en el que le ayudan su mujer Alya y muchos compatriotas exiliados. Para descansar de ese gigantesco trabajo redacta sus memorias, que considera un simple ejercicio literario.

En 1994, tras la disolución del partido comunista ruso, Solzhenitsyn es rehabilitado y regresa a su patria. Allí intenta difundir sus ideas sobre la organización social y mantiene un programa de televisión. Pero, a pesar de su elección como académico, del homenaje público en su ochenta cumpleaños, Solzhenitsyn es un personaje extraño a la Rusia de hoy. “Tras su regreso a Rusia -explica su ex secretaria, Irina Alberti-, en Solzhenitsyn se ha producido un cambio que me desconcierta. Temo que no comprende del todo la realidad de la nueva Rusia. Denuncia lo que todos saben: la mafia, la corrupción, la delincuencia tan extendida… Desgraciadamente, Solzhenitsyn no hace más que repetir tópicos”.

En opinión de Alberti, la época de los grandes disidentes, de Solzhenitsyn y Sajarov, ha concluido, pero permanece “su gran lección espiritual: la llamada a la verdad y al respeto de la persona humana”. Ahora, dice, están los herederos de este mensaje, “un gran número de personas de la actual Rusia que viven de estas aspiraciones y dedican su vida a ponerlas en práctica”. Son los “nuevos disidentes”, entre ellos miembros de la Iglesia ortodoxa rusa, que sufren censura en su patria, mientras que en Occidente simplemente se ignora su existencia: “No sólo no se los conoce, sino que no se quiere conocerlos”. Esto no impide a los nuevos disidentes, “personas libres y capaces de pensar por su cuenta”, buscar el modo de oponerse a la nueva prepotencia que les tapa la boca.

 


“La rueda roja”: un proyecto ciclópeo

La obra de Solzhenitsyn sobre la Revolución comprende tres grandes “nudos”: la entrada en guerra de Rusia y la primera gran derrota militar en agosto de 1914, la crisis militar y política de noviembre de 1916, y la gran revolución democrática de febrero-marzo de 1917. Es a este tercer nudo al que Solzhenitsyn dedica más atención, con cuatro tomos -tres de relato y uno de documentación-, en los que describe las semanas de febrero y marzo de 1917 que vieron la caída del zar y la proclamación del primer gobierno democrático ruso. Solzhenitsyn, en cambio, no ha escrito ni una línea sobre el “octubre rojo”: para él, la gran revolución fue la de febrero. “El acontecimiento realmente decisivo -explica- no fue la revolución de octubre, que en realidad no fue ninguna revolución. Lo que entendemos por revolución es un acontecimiento masivo y espontáneo, y nada de esto hubo en octubre. La verdadera revolución fue la de febrero, la de octubre no merece ese nombre: fue un golpe de Estado, y durante la década de los años veinte los bolcheviques la llamaban el golpe de Octubre”.

El proyecto en el que Solzhenitsyn ha empleado más de veinte años de trabajo, por fin ha sido concluido. Pero casi nadie parece interesado. Su fama declina, y mientras en Rusia le acusan de imitar al viejo Tolstói, en Occidente La rueda roja sufre la peor suerte que puede acontecer a un libro: pasar inadvertido. Aparte de la edición rusa, sólo la editorial francesa Fayard ha publicado el texto completo, una mole enorme de más de cuatro mil páginas. En enero de 1998 salió en francés el tomo III de Marzo 1917, el tercer nudo de esa obra monumental. La rueda roja, en cambio, no ha sido traducida ni al italiano ni al español -sólo existen viejas ediciones de Agosto 1914-, mientras que en inglés hasta ahora sólo se ha publicado August 1914 y November 1916.

En cuanto a Archipiélago Gulag, que costó a Solzhenitsyn la expulsión y veinte años de exilio, fue reeditado en Occidente al cumplirse los 25 años de la primera edición. Tras recibir unos pequeños aplausos, se le ha dejado caer discretamente en el rincón de las cosas olvidadas. Pero Solzhenitsyn no suelta la presa. Es un escritor compulsivo, y en septiembre del año pasado su mujer anunció las memorias del exilio. Tituladas Cayó el granito entre dos piedras molares, abarcan los años 1974-1994, en su mayor parte vividos en Estados Unidos. Los “ensayos del destierro” fueron escritos entre 1978 y 1994. Novi Mir ha ido publicándolos a lo largo de este año.

Las nuevas memorias son un texto polémico en el que destacan las conocidas opiniones de Solzhenitsyn sobre la prensa occidental (“son peores que el KGB”, dijo al poco de llegar a Occidente) y las causas de sus desastrosas relaciones con ella, sobre la democracia y la libertad, el comunismo y el nuevo régimen ruso. En la primera parte, publicada en 1975 con el título El becerro y el roble, el escritor relata su larga lucha contra el régimen soviético hasta su expulsión del país.

A pesar de la indiferencia que en Occidente ha caído sobre la obra de Solzhenitsyn, en los sectores intelectuales más abiertos y a la vez más conscientes, su mensaje no ha sido olvidado. Solzhenitsyn, escribe el pensador norteamericano Richard John Neuhaus, “es una de las grandes figuras de este siglo. Su papel puede ser adecuadamente descrito como profético”. En Archipiélago Gulag y otros escritos, ha mostrado sin dejar lugar a dudas la maldad del comunismo. A veces, añade Neuhaus, “reprochó a Occidente su bancarrota intelectual y espiritual, y a su vez fue acusado de moralista incansable y de ‘eslavófilo’ por nuestros intelectuales”.

Sus libros, como Noviembre 1916, son “cualquier cosa menos literatura ligera”. “Abordarla es todo un proyecto: el autor mezcla personas, causas, conflictos, confusión, esperanzas y desilusiones de pocas semanas de historia, y se las echa encima al lector, como para decirle: Toma, tienes que pensar a fondo sobre esto; esto es lo que pasó poco antes de que un gran pueblo descendiera al infierno”, concluye Neuhaus.

Más allá de los artículos de los críticos, las polémicas sobre si sus libros pertenecen a la literatura pura o impura, la obra de Solzhenitsyn será siempre un testimonio incontestable sobre la Rusia bolchevique y sobre este siglo, ante el que los distingos intelectuales de Occidente resultan necios. Como dice André Glucksmann, “vistos desde el abismo del Gulag, los occidentales irremediablemente parecemos unos cretinos”. M.C.

 


Para saber más

Una biografía accesible de Solzhenitsyn, que analiza su vida y su obra literaria, es Alexander Solzhenitsyn. A Century in His Life, de D.M. Thomas: St. Martin’s Press, Nueva York, 1998, 584 págs., 30 dólares.

La única edición completa de La rueda roja en una lengua occidental es la francesa de Fayard (París, 1983-1998). En ruso ha sido editada por Ymca Press.

Otras obras de Solzhenitsyn disponibles en español:

  • Un día en la vida de Iván Denísovich, Altaya, 1995.
  • Archipiélago Gulag, Tusquets, Barcelona, 1998 (ver servicio 120/98).
  • Pabellón del cáncer, Tusquets, Barcelona, 1993.
  • El primer círculo, Tusquets, Barcelona, 1992 (ver servicio 49/93).
  • Cómo reorganizar Rusia, Tusquets, Barcelona, 1991.
  • El problema ruso, Tusquets, Barcelona, 1995.
  • El colapso de Rusia, Espasa Calpe, Madrid, 1999
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