Antonio Muñoz Molina, un escritor sólido

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Nacido en Úbeda (Jaén), en 1956, Muñoz Molina estudió Historia del Arte en Granada y luego Periodismo en Madrid. Procedente de una familia humilde, sus orígenes y su biografía están muy presentes en su obra, aunque en los primeros libros se decantó por una visión culturalista, decadente y sofisticada de la literatura, muy presente en sus novelas Beatus ille (1986), la primera de todas, y El invierno en Lisboa (1987), con la que obtuvo los premios de la Crítica y el Nacional de Narrativa.

Después vendría Beltenebros, en la misma línea estética, pero con una temática ya más hispánica y social. El propio Muñoz Molina ha considerado estas novelas como “construcciones demasiado literarias”, muy influenciadas por el cine americano de su tiempo, por la novela negra y por una visión excesivamente idealizada de la literatura.

Entre los múltiples personajes de “Sefarad” perseguidos por el nazismo y el comunismo no hay lugar para ninguna víctima cristiana

Cambio de rumbo
En 1991 obtiene el premio Planeta con una de sus grandes novelas, El jinete polaco. Se trata de una obra en la que hay un cambio de rumbo. A partir de ese momento, sus obras estarán traspasadas de biografismo y abordarán temas mucho más pegados a la actualidad, manteniendo una exigencia estilística que define toda su literatura.

En El jinete polaco se entrecruzan varias historias que tienen como telón de fondo la vida española durante la guerra civil y en la segunda mitad del siglo XX. Hay también un comedido ajuste de cuentas con su pasado y con el de España y una apertura hacia una deseada modernidad. La novela contiene memorables pasajes sobre su infancia, sus padres y el mundo rural del que procede y también refleja la crisis que vive el narrador y Nadia, la otra protagonista, que convive con las cicatrices del duro pasado personal.

Aparecen en El jinete polaco algunos temas que se van a repetir en su literatura posterior: un gran trabajo literario que se manifiesta en el pulcro, brillante y contundente lenguaje, una elaborada y sobria arquitectura novelística y un deseo de analizar de manera crítica la realidad.

Este afán fustigador preside su último libro publicado, el ensayo Todo lo que era sólido, texto que explica bastante bien su independencia, su explícita adhesión –con sus críticas- a los valores de una izquierda que él califica de ilustrada y su rechazo sin matices a todo aquello que tenga que ver con determinados valores cristianos. De ahí sus reiteradas críticas en sus libros a la moral sexual católica, a los centros educativos religiosos y, en general, a la Iglesia, definida como institución especializada en “los consuelos de la irracionalidad”.

Aunque ha ido distanciándose de sus formulaciones más dogmáticas, los protagonistas de sus novelas asumen los valores propios de una izquierda ilustrada

Sus protagonistas, siempre cercanos a un pensamiento de izquierdas, asumen estos valores, transformados casi siempre en argumentos interesantes que, sin embargo, abusan en ocasiones de un tono didáctico repleto de moralejas “progresistas”.

Plenilunio
Tras la publicación de El jinete polaco, clave en su evolución literaria, publica algunas obras menores, como Los misterios de Madrid (1992), que ya había aparecido por entregas en el diario El País; El dueño del secreto (1994) y Ardor guerrero (1995), uno de los momentos críticos de su trayectoria, pues cuando alguien decide contarte su mili, por mucho partido literario y sociológico que le quiera sacar, es que se le está agotando lo que tiene que decir.

En 1997, sin embargo, publica otra de sus grandes novelas, Plenilunio, en la que un inspector de policía que ha tenido problemas con ETA en el País Vasco, investiga un caso de abuso de menores en Mágina (escenario literario inventado que se repite en sus novelas y que puede ser su Úbeda natal). La novela, de gran calidad literaria, se basa en las vidas de unos personajes lastrados por la derrota y el fracaso. Esta actitud, sobredimensionada en la novela, resta credibilidad a muchas escenas, quizás, prefabricadas literariamente con un exceso de gravedad (otro de los tics habituales de la literatura de Muñoz Molina, en la que hay que reconocer que suele haber poco espacio para el humor).

“Plenilunio”, “Sefarad” y “La noche de los tiempos” están entre sus mejores creaciones

Contra los totalitarismos
Luego publica dos novelas breves, inteligentes, bien llevadas, críticas con algunos desmanes y defectos de la cultura contemporánea, pero de escasos vuelos. Son Carlota Fainberg (1999) y En ausencia de Blanca(2001).

En 2001 aparece otra de sus novelas fundamentales, Sefarad, por la que ha recibido en 2013 el Premio Jerusalén. Las peripecias y preocupaciones biográficas del narrador en la España franquista se completan con una serie de personajes históricos que han vivido en sus carnes durante el siglo XX la persecución, el rechazo, el odio y el olvido, sobre todo a manos del nazismo y el estalinismo. Entre todos, destacan los judíos como una suprema parábola de las persecuciones que han puesto en serio peligro el futuro de la humanidad.

Curiosamente, ninguno de los muchos personajes elegidos tiene que ver con las muchas víctimas cristianas causadas por el nazismo y el comunismo. Es más, uno de los personajes de esta novela múltiple y multiforme es una monja que sueña con dejar de serlo y que protagoniza algunos pasajes eróticos.

Sefarad es una novela intensa, profunda, bien documentada que condensa las preocupaciones literarias y existenciales de un escritor de izquierdas que no ha tenido reparos en reconocer los desmanes totalitarios y los crímenes que se han cometido en nombre de esta ideología. Esta capacidad crítica le ha creado, a veces, problemas, pues Muñoz Molina es un escritor que ha marcado sus distancias con la versión oficial de la izquierda en relación con la guerra civil española y otros asuntos. La editorial Cátedra acaba de publicar una nueva edición de esta novela, con un exhaustivo estudio introductorio a cargo de Pablo Valdivia.

En 2004 aparece Ventanas de Manhattan, escrito como el diario de su estancia en Nueva York durante los años en que fue director del Instituto Cervantes en aquella ciudad. Como otros escritos, la reflexión erudita sobre una ciudad tan desbordante le sirve para bucear también en su intimidad y sobre la vida española.

La guerra civil y el tardofranquismo
En 2006 publica la que es, para mí, quizás, su peor novela, El viento de la Luna, donde reconstruye en clave novelesca su infancia y adolescencia en la Mágina de los años 60. Su protagonista, con muchos rasgos del propio autor, vive una adolescencia rebelde; rechaza la forma de vida de sus padres, su formación humana y religiosa (en esta novela se despacha a gusto contra la Iglesia católica) y anhela otro tipo de vida que él piensa que está en los libros y fuera de Mágina.

En 2007 realiza una nueva incursión en la literatura memorialística con Días de diario. Y en 2009 publica su última novela, la voluminosa La noche de los tiempos, en la que condensa su interpretación de la guerra civil. Con una exigente documentación, la tragedia que vive el arquitecto socialista Ignacio Abel en España y Estados Unidos le sirve a Muñoz Molina para ofrecer una visión de aquellos sucesos que huye de la simplificación y del maniqueísmo, eso sí, siempre desde una visión cercana a la izquierda y con algunos tópicos religiosos.

Periodismo, relatos y ensayos
Muñoz Molina es autor también de varias colecciones de relatos –Las otras vidas y Nada del otro mundo–; de recopilaciones de artículos periodísticos –El Robinson urbano (1984), Diario del Nautilius (1986), Las apariencias (1995) y La huerta del edén (1996)–, y de ensayos sobre historia –Córdoba de los Omeyas (1991)–, literatura –La verdad de la ficción (1992) y Pura alegría (2008)–, arte –José Guerrero (2001) y El atrevimiento de mirar (2012)– y sobre la realidad social, como su último libro publicado, Todo lo que era sólido, una reflexión sobre las causas del deterioro político y ético de la España actual.

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