Alejandro Dumas, un torrente de literatura popular

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Es tan difícil imaginar la biblioteca de cualquier hogar sin una novela de Dumas como encontrar en cualquier historia de la literatura más de quince o veinte líneas dedicadas a su obra. El próximo 24 de julio se celebra el segundo centenario del nacimiento de Alejandro Dumas (1802-1870). Es una buena ocasión para recordar la figura del hombre más leído de su época: extraordinario y paradójico, a medio camino entre la genialidad y la incultura, extravagante y presuntuoso, encantador e imaginativo. Vivió al dictado de fuertes impulsos: amor propio, horror a la pobreza, necesidad de medrar, fascinación por lo heroico, vanidad rayana en la manía, donjuanismo, prodigalidad y fanfarronería.

Con increíble capacidad de trabajo, Dumas es una auténtica fuerza de la naturaleza. Nadie lo ha leído entero. Ni él mismo. No sólo porque no se releía, sino porque no escribía todo lo que llevaba su firma. Entre 1826 y 1870 escribió alrededor de 91 obras de teatro, unas 200 novelas o relatos cortos, unos 10 volúmenes de memorias y unos 19 de impresiones de viajes. Funda y dirige 8 periódicos y acaba su vida redactando un libro de cocina.

Sus comienzos en el teatro, antes de la revolución romántica, supusieron una rotura con el clasicismo ya comenzada con Victor Hugo. Dumas compone vodeviles, comedias, tragedias y, sobre todo, dramas históricos de tema francés. Tras sus primeras novelas, obras menores, escribe a mitad de los años cuarenta sus más famosas producciones (1). Logra un gran éxito que compite, sobre todo, con el del otro gran hombre del decenio: Eugène Sue.

La época del folletín

Tratándose de Dumas, es ineludible hablar del folletín, peculiar mezcla de literatura y periodismo. Desde mediados del siglo XIX la máquina de vapor permite tiradas mayores y más rápidas, los ferrocarriles facilitan la difusión de los diarios y el nacimiento del servicio de correos en Francia hace posibles suscripciones en provincias. En 1836 nacen en París La Presse y Le Siècle: más baratos, con publicidad, con sucesos, con independencia ideológica y con mucho espacio para la cultura.

El folletín, dedicado hasta entonces más bien a la crítica literaria y al comentario político, pasa ahora a dedicarse a novelas por entregas. En primera página y a doble columna, Le Siècle publica Los tres Mosqueteros (1844), su segunda parte Veinte años después (1845) y la tercera, El Vizconde Braguelonne (1849-1850). El Conde de Montecristo, otra célebre producción, se irá desgranado diariamente entre agosto de 1844 y enero de 1846, ahora en el Journal des Débats. Su receta es infalible: enganchar desde el principio al lector, situando la acción in media res, y hacer coincidir el final de cada entrega con un momento emocionante de la acción.

Historia y aventura

Dos elementos vertebran las novelas de Dumas: la historia y la aventura. La ruptura con lo anterior que supusieron la Revolución francesa y Napoleón germinó en la vocación historicista de principios del siglo XIX. Se percibe el pasado como un romántico refugio consolador, donde se busca heroísmo y huida de la rutina. Dumas, pura exaltación de la individualidad, condena el prosaísmo de su época y la falta de ideales.

De ordinario en sus obras se observa un equilibrio entre personajes reales y ficticios, aunque, por lo general, la peripecia y la intriga cuentan más que la sujeción a la historia. Lo esencial en Dumas es siempre el destino individual de sus héroes, la aventura, sea o no fiel al trasfondo histórico. Su temática prototípica es la del viaje peligroso, con pruebas para cumplir un destino. También en cierto modo se puede hablar de novela iniciática, descripción del proceso de configuración de la identidad del héroe. Posadas, castillos, prisiones, emboscadas, naufragios, huidas, dobles, secretos, desapariciones… El ritmo, eso sí, hace que la psicología de los personajes (fuertemente tipificados) sea monolítica y esquemática.

Con plumas ajenas

El torrente de su producción literaria hubiera sido imposible de mantener sin sus negros. Augusto Maquet, el más importante de ellos, colabora con Dumas entre 1841 y 1851. No hay acuerdo en torno al grado de colaboración, aunque se admite que el sello que da el éxito lo pone Dumas. Sí es cierto que antes y después las obras de Maquet, como poco, pasaron inadvertidas. Dumas hacía el esquema de acontecimientos de cada capítulo, Maquet se ocupaba de la investigación histórica y de la primera redacción; luego era de nuevo la pluma de Dumas la que dramatizaba, desarrollaba y daba los retoques antes de mandar a impresión. Trabajaban a un ritmo trepidante, pues tenían compromisos con cuatro o cinco periódicos a la vez. Maquet accedió a no figurar como coautor en Los tres Mosqueteros, y en 1845, por amistad, cedió a Dumas todos los derechos. Cuando quiso recuperarlos porque se enemistaron, la justicia se los negó y Dumas también. En 1922 sus herederos pudieron cobrar una parte.

Estamos ante un caso prototípico de la poca atención que se presta a los autores populares. Ni los líderes intelectuales del momento ni el poder lo tomaron en serio, sólo el pueblo. Dumas escribía deprisa, sin poner signos ortográficos. Sus ayudantes revisaban después. De ahí muchos de los defectos formales de sus obras. Son proverbiales sus acrobacias narrativas y sus infidelidades históricas, las repeticiones, clichés, largos diálogos (pagaban por línea), sus fórmulas afectadas. Los personajes son tan arquetípicos que guardan a veces poca relación con la realidad; quizás por esto se ha dicho con verdad que Dumas no es un gran novelista, siendo un buen narrador. Victor Hugo lo resumía como un escritor más de genio que de talento.

Mal leído

A Dumas le ha pesado mucho su fama (merecida) de frívolo, mujeriego y gastador, de escritor por encargo y poco cuidadoso; no le han ayudado las divulgaciones reduccionistas y aligeradas de sus obras más famosas en forma de adaptaciones, resúmenes, series televisivas o animadas: nadie desconoce los personajes de Los tres Mosqueteros (por referirnos a su obra más célebre), pero pocos habrán leído el texto original (casi mil páginas) y menos el de sus dos continuaciones. Es cierto que se ayudó de colaboradores, pero nadie cuestiona que el genio lo ponía él. Dumas es literatura de entretenimiento de calidad, ha dado vida a personajes inolvidables como d’Artagnan, Porthos, Athos o Dantès. La frivolidad de la vida cortesana que retrata en muchas de sus novelas o la imagen poco positiva de algunos personajes eclesiásticos (como su versión del cardenal Richelieu, escasamente matizada) conviven con valores positivos de amistad y valentía, fidelidad y constancia, valor generoso y abnegación

Es cierto que vale más leerlo que estudiarlo. En su literatura hay artificios, trucos, trampas y estereotipos melodramáticos que el sentido crítico rechaza, pero que el instinto de lector adora. Como dice Pérez-Reverte, “hay otras novelas mucho mejor escritas, por supuesto. Pero, comparadas con el Montecristo sólo son simples obras de arte”.

Alejandro Dumas hijo (bastardo), autor de La dama de las camelias, escribió a su padre este epitafio: “Ha muerto como ha vivido. Sin darse cuenta”. El talento abrumador de Alejandro Dumas padre convertía en aventura y emoción todo lo que tocaba. Francia le concede ahora la máxima gloria, preparando en el Panteón de París el lugar donde descansarán definitivamente sus restos mortales, cerca de los de Rousseau, Voltaire, Hugo, Zola o Malraux.

Javier Cercas Rueda

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(1) Una guía de lecturas ordenada con señal de ediciones recientes:

a) ciclos históricos:
— Siglo XVI: La Reina Margot (Cátedra, 1995), La Dama de Monsoreau y Los Cuarenta y cinco.
— Siglo XVII: Los tres Mosqueteros (Anaya, Tus libros, 1999), Veinte años después (Ediciones del Azar, 2001), El Vizconde de Braguelonne (Sopena, 1978, sólo en bibliotecas).
— Siglo XVIII: “Memorias de un médico”: José Balsamo, El collar de la Reina, Angel Pitou y La Condesa de Charny. Se pueden encontrar en bibliotecas, en ediciones de su obra completa de los años 70 y 80 (Editors, Gaviota, Euroliber o Sopena).

b) otras novelas:
El Conde de Montecristo (Debate, 1998).
El Tulipán Negro (Anaya, Tus libros, 1994).
El Caballero de Harmental (Edhasa, 1995).
Historia de un muerto contada por él mismo y otros relatos de terror (Valdemar, 1999).


Aventuras de ayer y de hoy

Chesterton opinaba que las malas novelas nos dicen mucho acerca de sus autores y, sobre todo, de sus lectores. Quizá podría estar pensando en que los folletines entonces al uso no eran fieles a lo que los hombres son, sino a lo que los hombres sueñan, como sostenía Stevenson. Ciertamente, y más allá de algunas consecuencias perversas que pueda tener un consumo masivo de tales relatos (suele decirse, por ejemplo, que los franceses no conocen bien su propia historia porque han leído demasiado a Dumas), en ellos podemos encontrar pistas acerca de profundos anhelos humanos.

Los lectores más avezados suelen estar de acuerdo en que, cuantas más novelas de un género se conocen, más patente resulta que las mejores están entre las primeras. Una especie de prueba está en que pocos releerán un thriller actual, pero muchos volverán varias veces a las historias clásicas: medievales, como Rob Roy (1818) o El talismán (1820), de Walter Scott; de capa y espada, como Los tres Mosqueteros (1844) de Dumas, El jorobado (1857) de Paul Féval, o Scaramouche (1921) de Rafael Sabatini; del Oeste, como El espía (1821) o El último mohicano (1826), de Fenimore Cooper; de las guerras napoleónicas, como la primera serie de los Episodios Nacionales (1873-1875) de Pérez Galdós; marineras, como la excepcional Secuestrado (1886) de R.L. Stevenson, Moonfleet (1898) de John Falkner, o Las inquietudes de Shanti Andía (1911) de Pío Baroja; africanas, como Las minas del Rey Salomón (1885) de Rider Haggard, Las cuatro plumas (1902) de A. Mason, o Beau Geste (1924) de P.C. Wren… Y dejo de lado aquí las policiacas, novelas folletinescas y populares por excelencia en un mundo cada vez más urbano.

Tendencias en el siglo veinte

Según va avanzando el siglo XX, sin embargo, es más difícil encontrar obras y autores de género que sean una referencia literaria (y no sólo comercial) tan clara. Esto se debe a razones de distinta clase.

La enorme difusión de novelas baratas y del cómic, junto a la cada vez mayor presencia del cine, llevan a una mayor simplificación de los argumentos por un lado, y por otro de los rasgos de los protagonistas, que serán en buena parte superhéroes más o menos herederos del Barón de Munchausen (1785) creado por Raspe. Muchos novelistas que han leído, entre otros, a Conrad y a Melville, pero sin su talento, abruman a sus lectores con una sofisticación excesiva. Por un lado se pierde profundidad y por el otro frescura.

Al irse terminando los tiempos de nuevos descubrimientos geográficos, proliferan las historias de ciencia-ficción, que es el género más perecedero de todos, y cuyas mejores obras tienen acentos pesimistas debido a las catástrofes que van sucediéndose a lo largo del siglo. Esta es la causa también de que las grandes aventuras entusiastas sólo parezcan posibles en un mundo distinto al nuestro: cobra fuerza entonces la fantasía heroica, con El señor de los anillos, de Tolkien, como novela cumbre.

Sin duda, se pueden encontrar excelentes aventuras, pero montadas casi siempre sobre obras del pasado. Es lo que hace C.S. Forester en los años cuarenta y cincuenta al escribir la serie protagonizada por Horatio Hornblower, en la que sigue muy de cerca las obras del pionero de los relatos marineros, Fréderic Marryat, redactadas en las primeras décadas del siglo XIX.

Héroes para siempre

No hay que concluir de los párrafos anteriores que las novelas antiguas sean mejores: sería injusto comparar la selección de las que han sobrevivido con toda la producción actual. Ahora mismo no podemos decir aún qué perdurará de Alistair Maclean, de Frederic Forsyth, de Michael Crichton, de John Grisham, por citar los escritores tal vez más famosos de los años 60, 70, 80 y 90; o de James Michener, como representante de los autores de grandes sagas históricas.

Pero sí se puede afirmar, creo yo, una cosa: en aquellas novelas primeras, a pesar de sus defectos (de ver en ellas de modo muy evidente la mano huesuda del titiritero que gobierna sus marionetas ante nuestros ojos, decía Stevenson a propósito de Dumas), se respira una inconfundible atmósfera de leyenda que nos hace descubrir el verdadero sabor de las aventuras, el genuino talante de los héroes. Por el contrario, de ninguna manera podemos extraer coraje y esperanza de las vidas de los protagonistas cansados y escépticos tan queridos por algunos escritores populares de hoy. Se puede aventurar la profecía de que, cuando pasen los años, los héroes desencantados e incoherentes propios de las últimas décadas serán olvidados o relegados, y juzgados mucho más patéticos e ilusos que Tartarín.

Cualquier escritor de novelas de aventuras debería leer con cuidado los comentarios que hacía Stevenson acerca de algunos colegas contemporáneos suyos con un olfato infalible para el mal pero con las fosas nasales taponadas para la bondad. Estos autores tenían muy bien aprendida la lección según la cual no hay hombres enteramente buenos, pero ni siquiera sospechaban la existencia de otra igualmente verdadera: que no hay hombres enteramente malos. Su error no estaba en que afirmasen que los héroes pueden ser cobardes, sino en que ignoraban que los héroes pueden ser héroes, dice Chesterton de nuevo.

Luis Daniel González

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