La moda, entre la economía y la cultura

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Duración lectura: 4m. 48s.

En una conferencia pronunciada en la sede del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa en Madrid (11-V-94), Alejandro Llano, rector de la Universidad de Navarra, se refirió al sentido de la moda en la hora actual.

(…) Las actividades referentes al diseño, a la imagen y, en general, a la puesta en escena constituyen actualmente campos de extraordinaria importancia económica y decisiva relevancia cultural. Y esto, para mal o para bien, constituye un signo de nuestro tiempo.

(…) Esta nueva línea de sutura ente cultura y economía, que constituye el rasgo clave para entender el sentido de la moda en la hora actual, abre a su vez dos grandes posibilidades.

La primera posibilidad es la de la emergencia de lo personal en lo público, la comparecencia de lo humanístico en lo técnico. Ya no basta con la eficacia: hace falta estilo. Es más, ser eficiente hoy día consiste, de manera importante, en tener estilo y en facilitar que cada uno tenga el suyo propio. Una vez que hemos superado la economía de escala, se trata de conseguir que cada uno pueda comparecer en el espacio público de acuerdo con su propia manera de ser. La persona pasa a primer término.

(…) La segunda posibilidad ya no es una promesa, sino una amenaza. Se trata de la colonización de los ámbitos personales por las grandes maquinarias de producción y comercialización. La nueva levedad de la sutura entre cultura y economía permite la manipulación de la persona, la invasión de los más íntimos territorios corporales y anímicos por las técnicas de la seducción. Para seducir, es necesario presentar las apariencias como realidades, hacer creer al otro que brota espontáneamente de él lo que ha sido impuesto por mí.

(…) En la medida en que apostemos por las iniciativas de humanización y exploremos las posibilidades personalizadoras del diseño, la crisis encontrará una salida rápida y digna; mientras que si nos apuntamos al pasivismo esteticista y al vértigo de la seducción, agudizaremos las actuales amenazas de decadencia económica y moral.

(…) Parece que la suerte de la moda está echada, porque se basa aparentemente en el fenómeno de lo superfluo, en la promoción de lo efímero, en el lujo de lo nuevo. Pero es que el autodominio no está reñido, en modo alguno, con la capacidad de innovación ni con el desarrollo de los aspectos ornamentales de la vida. Todo lo contrario. Lo que sofoca la creatividad es el agobio de sentirse obligado a satisfacer las perentorias demandas de los gustos superficiales. Uno se vuelve entonces “libre e imbécil”, es decir, veleidoso, dócil y resignado.

(…) La dispersión es el gran mal de la sociedad como espectáculo en la que habitamos. A fuerza de que todo vale, nada vale al cabo. Si todo está variando, nada se mueve. Cuando falta un punto de referencia, tan nuevo es lo inédito como lo repetido.

Como se ha dicho de mil formas, si es nuevo el ritmo trepidante de las novedades que el propio capitalismo lleva consigo, la moda misma es un fenómeno tan añejo como la civilización humana. Ya los medievales mantuvieron que el habitus, el vestido que se tiene y se usa, es una de las categorías del ser, estrechamente relacionada con ese habitar sabio que ahora llamamos “cultura”.

Los pensadores griegos -Platón, especialmente- utilizaron dos términos que hoy en día son intraducibles pero que, quizá por ello mismo, resultan sumamente esclarecedores de lo que nos pasa y de lo que nos falta. El primero de ellos es la palabra aidós. Aidós es pudor, vergüenza, recato, respeto. El vestido es lo que muestra al ocultar. Su capacidad expresiva y sugerente se disuelve si, al manifestar, no cela. Si no existe esa dialéctica de enseñar y ocultar -ese decir que sí y que no al mismo tiempo, en el que, según Simmel, consiste la coquetería-, lo que queda es la desvergüenza crasa o el puritanismo pacato, que desvían la atención y matan el interés. La continua variación del vestido y el adorno sugieren que ese recinto oculto no se agota en ninguna de sus manifestaciones, que siempre hay algo más: el misterio escondido e irrepetible de cada persona que nunca es dominio común.

Y esto tiene que ver con la segunda de las palabras griegas a las que me refería: epiméleia. Epiméleia es cuidado, atención, respeto al otro, delicadeza, valoración de lo irrepetible. Cada uno “tiene su alma en su almario” y es digno de un trato comprensivo y diferenciado. La epiméleia se manifiesta, sobre todo, en el lenguaje del cuerpo y tiene mucho que ver con el decoro, es decir, con la dignidad en el cuidado del vestido y de la casa. Porque, si bien el cuidado es un temple que se manifiesta en todas las actividades que tengan espesor humano -el trabajo, la política, el arte, la religión-, su ámbito más propio es la familia. En este mundo, se ha dicho, nada sustituye a nada. Pero lo menos sustituible de todo es la familia, allí donde cada uno es querido por ser él mismo. El conocimiento de cada uno -como ser irrepetible- a través del lenguaje del cuerpo es lo que hoy llamamos “empatía”. Empatía es la captación inmediata de la intimidad del otro, la cual se me da a través de sus gestos, actitudes y hábitos, que son el espejo de su alma.

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