El latín y el griego, ¿para qué?

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Duración lectura: 3m. 6s.

Carlos García Gual, catedrático de Filología griega, destaca en un artículo publicado en Claves de Razón Práctica (Madrid, mayo 1998), la importancia que tiene el estudio de las lenguas clásicas

Pocas materias de estudio parecen tan rentables como el latín. Sirve no para hablarlo, sino para otros varios objetivos importantes: para un mejor conocimiento de la propia lengua, en su vocabulario y su estructura sintáctica (si es romance); para una perspectiva histórica sobre el mundo romano que está en la base de la historia y la formación de Europa y sus instituciones; para el mejor dominio de una terminología científica; para una ejercitación escolar de capacidades lógicas y lingüísticas, y para acercarse a una espléndida e influyente literatura. (…) No se trata, en definitiva, de saber mucho latín, o de memorizar sus declinaciones y traducir textos de La guerra de las Galias, sino de aprovechar el estudio del latín básico escolar para comprender mejor muchas otras cosas de nuestra cultura propia. Es imposible saber bien la propia lengua románica sin conocer las estructuras del latín. Y conocerlo es el mejor punto de apoyo para entender las relaciones entre lenguas de la misma familia. Las lenguas y las instituciones culturales de la Europa cristiana están construidas sobre ese legado y esa tradición de base romana que aún hoy es imposible olvidar. Por eso la enseñanza del latín -con la máxima extensión posible- debe ser defendida por razones de cultura general; y, además, por una elemental economía didáctica: pocas enseñanzas son tan rentables para un nivel educativo medio y superior.

Algo parecido, desde el punto de vista de la influencia cultural, ya que no de la influencia radical de la lengua en las nuestras (por más que mucho léxico culto y especializado en todos los idiomas europeos venga de raíces helénicas), podría decirse del estudio de la lengua griega. Estudiar griego es mucho más que aprender una hermosa lengua antigua; es acceder a un mundo de un horizonte cultural fascinante e incomparable y avanzar hacia las raíces de la tradición ética, estética e intelectual de Occidente; es internarse en un repertorio de palabras, figuras, instituciones e ideas que han configurado no sólo la filosofía, sino la mitología y la literatura del mundo clásico, no ya sentido como paradigma para la imitación, sino como invitación a la reflexión, la contestación crítica y, en definitiva, el diálogo, en profundidad.

La lectura de los grandes textos clásicos sigue siendo una experiencia educativa esencial. Los griegos y latinos están en la base de esa tradición. Olvidarlo es traicionar la esencia del humanismo europeo. Pero no es menos obvio que para leer y entender esos grandes textos no es necesario saber latín ni griego; y no hay que pretender que ni los estudiantes ni la mayoría de lectores vayan a leerlos en sus idiomas originales, como los grandes humanistas. (…) Pero conviene no olvidar que un cierto conocimiento del griego clásico, cierto manejo de las palabras y sus sentidos etimológicos y su historia sigue siendo el bagaje más válido para manejar ciertos conceptos y textos clásicos con un buen rigor filológico y filosófico. Y eso puede adquirirse, aquí en nuestro país, con los actuales medios de profesorado en los centros de bachillerato y en las facultades universitarias. Parecería insensato arrojar por la borda esas posibilidades y cercenar unos estudios clásico de buen nivel científico.

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