Asurbanipal, “rey del mundo, rey de Asiria”, exhibe su poder

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DURACIÓN LECTURA: 7min.
Asurbanipal y el león: Réplica en resina acrílica de un bajorrelieve mural, 645-640 a. de C. (The Trustees of the British Museum, 2026)

Del rey Asurbanipal, que llevó las riendas del imperio asirio entre el 669 y el 631 a.C., no se tiene noticia de que haya construido algo con sus propias manos, por más que una estela de arenisca roja lo muestre cargando una cesta de piedras para restaurar un templo. Su nombre, para muchos de sus contemporáneos, era más bien sinónimo de destrucción y catástrofe: los elamitas, pobladores del territorio que abarca el Irán actual, podían dar fe de ello.

Quienes, en cambio, nos acercamos hoy con curiosidad a las culturas de Oriente Medio podemos calibrar con un poco más de serenidad parte del legado de aquel monarca culto y terrible. La exposición “Soy Asurbanipal. Rey del mundo, rey de Asiria”, que, gracias a la colaboración del Museo Británico, presenta el Caixaforum de Madrid desde el pasado 9 de abril hasta el 4 octubre, nos trae de vuelta a un personaje del mundo antiguo algo menos conocido que los faraones –el imperio de las pirámides siempre tuvo más tirón entre el público–.

Estela de piedra que muestra a Asurbanipal restaurando un santuario en Babilonia, 668-655 a. de C., templo de Marduk, Babilonia, Irak (The Trustees of the British Museum, 2026).

A través de siete áreas temáticas –El rey Asurbanipal; Nínive, una ciudad sin rival; Jardines de recreo, El rey erudito, El imperio de Asurbanipal, Conflicto y caída, Redescubrimiento y Preservar el pasado de Irak para el futuro–, la exhibición lleva de la mano al visitante a introducirse en el fragor de las batallas, en el silencio de las bibliotecas, en la tranquilidad de los jardines de palacio…

La muestra, compuesta por 158 objetos arqueológicos, ayuda a hacer un muy abarcador acercamiento a la figura de aquel soberano; al modo en que ascendió al poder y lo ejerció; a la vida en su exuberante corte; al esplendor de Nínive, aquella ciudad que, siglos antes, había recibido la advertencia de un israelita sobre su próxima ruina –“de aquí a cuarenta días será destruida” (Jon. 3,5)–, pero que se vio asolada definitivamente por las llamas cuatrocientos años después. En realidad, algunas décadas tras la muerte del todopoderoso rey asirio.

Fragmento de tablilla que narra el combate de Gilgamesh y Enkidu contra Jumbaba (imagen propia).

Paradójicamente, al mencionado fuego destructor puede debérsele la conservación de parte del tesoro literario mesopotámico que se puede ver en la exposición: el intenso calor, al envolver las tablillas de arcilla ilustradas con escritura cuneiforme, ayudó a conservarlas. En ese soporte llegó a manos de los arqueólogos todo el conocimiento escrito que amasó Asurbanipal en sus campañas militares exteriores, así como el propiamente creado en el reino asirio. Se calcula que, al momento de la destrucción de Nínive, en su biblioteca o bibliotecas reposaban miles de tablillas –el rey sabía leer y escribir, algo inusual en la época–, que versaban sobre creencias, medicina, hechizos, augurios y leyendas sobre grandes héroes. De estas últimas es la Epopeya de Gilgamesh, un semidiós babilónico que, junto a su amigo Enkidu, da muerte al demonio Jumbaba. Fragmentos del texto se exhiben, en su soporte original, en la actual muestra.

Junto a la belleza, la crueldad

El valioso patrimonio arqueológico asirio comenzó a salir a la luz a mediados del siglo XIX, gracias al primer impulso que supusieron las excavaciones acometidas por Paul-Émile Botta, cónsul francés en Mosul (actual Irak, otrora dominio del imperio otomano), en una región 20 kilómetros al sur de Nínive.

Iluminación con videomapping del bajorrelieve mural en yeso que representa a los dioses Sebitti: todas las figuras se muestran con la mano derecha alzada sujetando un hacha, 645-640 a. de C., palacio norte, Nínive (imagen propia)

Tiempo después de volver Botta a París, el británico Austen Henry Layard empezó a excavar en el área de la antigua capital asiria. Fue él quien descubrió las ruinas de la biblioteca de Asurbanipal y su caudal de tablillas, y también quien sacó a la luz los restos de los antiguos palacios construidos por el monarca y por su abuelo Senaquerib (705-681 a. C.).

Varias de las espléndidas losas labradas que cubrían el suelo de esos recintos, así como placas y azulejos esmaltados de los que engalanaban sus paredes, forman parte de la muestra. Ante algunos de estos objetos, el espectador tiene la oportunidad de pulsar un botón y disfrutar de un videomapping que ilumina las descoloridas figuras divinas o humanas, las plantas y las aguas, y que provoca un estallido de azules, rojos, verdes, blancos… La misma explosión que, junto a los monarcas asirios, atestiguaron sus huéspedes y sus vasallos, a quienes se deseaba impresionar con sutiles muestras de un poderío ante el cual más valía someterse.

Porque, en palacio, la exquisita belleza no excluye, sin embargo, la crueldad. Allí donde, entre la vegetación, el rey y la reina descansan en sus lechos mientras beben de finos cuencos, se observa no lejos a una arpista pulsando su instrumento, y también, colgada de un árbol, la argollada cabeza decapitada de un enemigo, posiblemente un rey de Elam que no se arrodilló cuando aún tenía tiempo. Otras escenas en piedra muestran sangrientas batallas contra el sublevado reino vecino. O contra Babilonia, gobernada por Shamsh-shum-ukin, hermano mayor de Asurbanipal, quien, sublevado, no pudo resistir la presión militar asiria. Las imágenes de los saqueos, del desfile de cautivos, de cabezas que forman verdaderos túmulos, de los suplicios a los derrotados, etc., recreaban las estancias reales.

También lo hacían las escenas de la caza del león; no del poderoso felino africano, sino de un león asiático de menor tamaño. Con carros o a caballo, con todo tipo de armas, el rey y sus eunucos, siempre con soltura, sin agazaparse, en una posición hierática, vencen a la bestia, que termina vomitando su propia sangre, o bien acaba dominada, firmemente agarrada por el cuello, por Asurbanipal. El deber del monarca, explican los expertos, “era derrotar a las fuerzas del caos para mantener el orden universal. Por eso mataba leones, los animales más peligrosos del territorio”.

El fanatismo islamista, una tragedia

Entre los muchos aspectos en los que puede reparar el visitante de la muestra en el Caixafórum está el intenso intercambio internacional a que dio lugar la expansión de los dominios del imperio asirio, que llegaron desde Egipto hasta el occidente del actual Irán.

De una parte, el intercambio se advierte como influencia, lo que explica que las antiguas esfinges egipcias se metamorfoseen, en el arte asirio, en figuras aladas con cabeza humana o de halcón, bien como alhajas, bien como elementos decorativos de cuencos de bronce. De otra, se traduce en la importación del objeto en sí –recipientes de Chipre o del Levante mediterráneo–, bien como resultado del comercio, bien como parte del botín de guerra. “Los artesanos también debieron de viajar a diferentes cortes reales, y es probable que en la de Asurbanipal se crearan objetos de lujo según los gustos ‘internacionales’ de entonces”, señalan los organizadores de la exposición.

Cuenco de bronce decorado con cuatro pares de esfinges aladas y cabeza de halcón, 645-640 a.d.C., palacio noroeste, Nínive (Irak). The Trustees of the British Museum (2026).

La enorme riqueza de los aspectos histórico-artísticos de la muestra no impide, por último, una reflexión sobre la tragedia que supuso la llegada del terrorismo, a mediados de la pasada década, de la mano del Estado Islámico, a una región tan valiosa desde el punto de vista arqueológico. En Nínive y Nimrud, los islamistas, iconoclastas rigurosos, destruyeron esculturas valiosísimas, entre ellas, varios toros alados, y derribaron enormes tramos de muralla.

Según explican los responsables de la exhibición, el Museo Británico y la Junta Estatal de Antigüedades y Patrimonio de Irak están trabajando de conjunto “para ayudar a reconstruir, para las generaciones presentes y futuras, un patrimonio que es fundamental tanto para el pueblo iraquí como para el conocimiento compartido de la historia de la humanidad”.

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