Un teatrillo de risa y de vulgaridad

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Duración lectura: 5m. 22s.

“Sálvame”, que ha renovado la fórmula clásica de los programas de cotilleo, explota hasta las críticas a su mismo mal gusto.

Sálvame (Telecinco, lunes a viernes de 15.45 a 19.00; viernes de 21.45 a 2.00: Sálvame de Luxe).

Sálvame, presentado por Jorge Javier Vázquez (muy conocido desde Aquí hay tomate, más de mil programas de 2003 a 2008, que terminó por agotamiento de la fórmula) se ha convertido en pocos meses, como media, en líder de audiencia los viernes noche y, con frecuencia, también en la franja diaria. Entre un 17% y un 20% de cuota de pantalla; a veces cerca de un 25%, es decir, casi una de cada cuatro personas que en ese momento ven la tele, eligen “eso”.

¿Cómo es “eso”? Primero, los méritos: los programas de cotilleo solían ser muy estáticos. Gente sentada que hablaba entre ellos o discutían sobre la vida de otras personas que no estaban allí: con quién se acuesta, con quién han roto, qué visten, dónde van, cosas así. Los mismos temas una y otra vez: en un primer nivel, las familias reales, empezando por la española; en otro nivel, la vida de las personas una docena de familias (la duquesa de Alba, la familia de la difunta Rocío Jurado, la de también difunta Rocío Dúrcal, los Franco, la Preysler, Julio Iglesias y los hijos, la Pantoja y los Rivera, los Pajares y así). Lo que ha sido el cotilleo desde que el mundo es mundo.

Un programa movido

Sálvame ha introducido movilidad. Los colaboradores se levantan, van de un sitio a otro, comen a escondidas, se enfadan entre ellos, son “castigados” por Jorge Javier, bailan (muy mal casi siempre), cantan (aún peor, da pena oírlos)… El presentador hace intervenir activamente a personas del público (mayoría de mujeres maduras), que no es un simple espectador. El programa es como un teatrillo, pero a veces resulta un teatrillo de vulgaridad. Como se sabe bien, hay un tipo de humor que suele gustar a la mayoría: el de la sal gorda y un poco basta. Sea lo que sea, también hay que reconocer que los programas de la competencia, es decir, de Antena 3, han empezado a imitar el estilo y la realización de Sálvame.

El tirón de la Esteban

Todo eso no sería suficiente si no contasen con Belén Esteban, ascendida al rango de co-presentadora. Hablar en la tele de ella, de su hija Andreíta, de su ex, Jesulín de Ubrique, y de la mujer de este, María José Campanario (“la Campanario” o “la Campa”) es desde hace más de diez años la principal actividad y una buena fuente de ingresos de “la princesa de San Blas”.

A la vez espontánea y calculadora, sincera y descarada, de buenos sentimientos para la gente que lo pasa mal, Belén cae bien a cientos de miles de personas que tienen algo o mucho de ella. Ella es su propio personaje. Es una personalidad que destaca al lado de la mediocridad de casi todos los colaboradores y colaboradoras en programas de este tipo.

Como “la Esteban” ha de vivir de eso, todo lo aprovecha. El escándalo de septiembre fue que se supo que el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid había abierto una investigación para tratar de evitar que Belén hablara tanto en televisión de su hija, porque esto podría ser contraproducente para la niña (y en particular, lo mal que hablaba Belén, continuamente, del padre de Andreíta, el Jesulín).

Belén se enfrenta, en televisión, al defensor del menor, después de haber explotado lo de “me quieren quitar a mi hija” (cosa que nunca se planteó). Le dice al defensor que es él quien no tiene hablar en público de su hija (la de Belén); si es ella la que habla, y lo seguirá haciendo, es porque soy su madre y la he parido, y la he criado, y que yo “por mi hija, ¡maaaa-to!” (aplausos obligados).

Por si fuera poco se anuncia su separación del marido, un discreto y silencioso camarero, Frank, con el que se casó hace año y medio. Ya rompieron una vez y se reconciliaron. Sálvame juega durante días con una posible nueva reconciliación. Belén dice que no quiere hablar de Frank, pero mientras lo dice, nombra a Frank diez, trece, veinte veces. Al final, reconciliación, una más y hasta la próxima. Belén Esteban está metida en su propia trampa: no querría hablar pero ha de hablar, porque lo exige su trabajo en la tele.

Todo se aprovecha

¿Todo esto es importante, aporta algo, es nuevo, es un avance cultural? No tiene por qué; se presenta como simple entretenimiento. Pero es, a la vez, una muestra de con qué contenidos se alimenta una parte importante de la población. Si a eso se añade la singular “educación sexual” -muchas veces, directamente artilugios de sex shop– impartida, con un repetitivo tono que mezcla lo cursi con una rebeldía de salón, por Karmele Marchante, hay que concluir que el programa es de los que no honran precisamente a quienes lo han ideado. Pero, ¿qué quieren? Está dando mucho dinero. Es una muestra de la televisión en la cultura posmoderna: todo vale, con tal que sea rentable.

El programa recibe muchas críticas, pero en nombre del principio del marketing de que “lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien”, lo utiliza, presumiendo con frecuencia de inmoralidad. “Nos dicen que somos depravados. ¡Claro!” (aplausos entusiastas de un público entregado de antemano). Algunas de las críticas a Sálvame caen en lo que critican: en insultos y descalificaciones personales. En Sálvame se aprovecha todo: los elogios con una falsa humildad; las críticas, como prueba de lo valiente y osado que se es.

Se piense lo que se piense de programas como este sólo morirá si cae en picado la audiencia. Estos programas seguidos de un modo masivo y constante, aunque quizá no mayoritario, permiten sondear aspectos relevantes de la cultura del país. Nada se gana haciendo como que no están ahí; porque están ahí.