El televisor, uno más de la familia

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Los padres españoles apenas controlan lo que ven sus hijos
Los padres españoles se declaran preocupados por la influencia de la televisión en sus hijos, pero controlan poco qué programas ven y en muchos casos no saben cómo enseñarles a usarla con sentido crítico. El control paterno es cada vez más difícil, porque en el 52% de los hogares hay más de un televisor en casa y no pocos niños tienen uno en su cuarto. Esto es lo que se desprende de un estudio incluido en el Informe España 1997 (1) de la Fundación Encuentro, que destaca alguna contradicciones entre la preocupación y la actitud de los padres.

Los estudios de audiencia dicen que los niños pasan una media de dos horas y media diarias ante el televisor. Tienen a quién parecerse: según el informe, los padres ven una media de dos a cuatro horas de televisión diarias. De ahí que no exijan demasiado a sus hijos.

Muchos padres no enseñan a sus hijos a distribuir su tiempo. Según el estudio (2), sólo los padres con alta formación caen en la cuenta de que ver demasiada televisión impide leer, jugar y cultivar aficiones: actividades “incómodas” frente a la comodidad y pasividad que supone ver la televisión. De hecho, sólo un 36% de los niños encuestados para el informe dedica a la lectura media hora o más al día; un 26% dice no leer nunca o casi nunca y un 21%, sólo cuando lo manda el profesor.

Audiencia familiar fragmentada

Otra queja habitual es que la televisión disgrega -cada vez más, con la multiplicación de televisores en los hogares- y reduce la comunicación en casa. Sin embargo, muchas familias lo facilitan indirectamente: el 31,5% de los niños encuestados tiene televisor en su habitación; un 44% dice ver siempre la televisión durante las comidas -incluido el desayuno-, un 15% muchas veces y un 30% algunas veces.

Existe un desfase entre lo que los padres dicen que les preocupa (que sus hijos vean programas violentos o eróticos) y lo que hacen (no orientar, no limitar). Cada día el 39% de los niños ve la televisión hasta las 11 de la noche y el 23% hasta más tarde, porcentaje que aumenta hasta el 74% en los fines de semana y las vacaciones.

Lo que los padres prohíben

La preocupación de los padres por los contenidos de los programas no cuadra con las respuestas de los niños encuestados. El 54% afirma que sus padres les prohíben ver determinados programas y películas; el porcentaje disminuye con la edad, de manera que sólo alcanza al 33% de los niños de 14 años. Además, el 47,5% a los que inicialmente sus padres les prohíben algo consiguen convencerlos tras un proceso de “negociación”.

Lo que más prohíben los padres son los programas de contenido sexual (al 57% de los niños), seguido de los de contenido violento (13,9%), películas de terror (13,1%) y los que se emiten muy tarde (13,3%). Una práctica habitual es cambiar de canal sin dar mayores explicaciones. Además, se habla negativamente de algunos contenidos, por ejemplo de la violencia, pero luego resulta que no es tan “malo” verlos. Por otro lado, los niños mayores tienen más posibilidad de ver programas violentos o eróticos, ya que ven prácticamente televisión adulta. Tampoco hay que olvidar que el 22% dice ver solo la televisión y el 26% con sus hermanos.

Estas contradicciones expresan que no existen normas o criterios previos enseñados a los niños; que se actúa en función de que salgan o no escenas violentas o de sexo; que se cambia de canal sólo si están los padres delante y que no hay tiempo o ganas de estar sentado con los hijos para controlar lo que ven.

Responsabilidad compartida

En cuanto a las responsabilidades, el informe propone un sistema de responsabilidad compartida por la familia, el Estado, la escuela y las propias cadenas. Pero si a lo largo del estudio destaca las contradicciones en que caen muchos padres es porque les atribuye el papel protagonista a la hora de asumir responsabilidades. El niño aprende a conocer e interpretar el mundo, en gran parte, a través de la televisión. Se impone enseñarle a “leer” bien ese lenguaje para que le ayude a interpretar correctamente el mundo.

El informe advierte a los padres que el telespectador infantil precisa el juicio del adulto, mediación que es distinta en cada etapa del crecimiento. Esta enseñanza sobre el uso de la televisión incluye pautas sobre el tiempo que se le dedica, crítica sobre los contenidos, ayuda para saber seleccionar y valorar, armonización con otras actividades, etc. El problema no es sólo lo que ven los hijos o cuánto tiempo dedican, sino cómo, con quién y en qué contexto.

Distintos modos de presentar la violencia

Los programas que más preocupan y que más prohíben los padres a sus hijos son los de contenido sexual. Sin embargo, los expertos parecen no atreverse con este espinoso tema, y prefieren centrar sus investigaciones en la violencia. En noviembre de 1997, el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia organizó un seminario sobre “Violencia y Medios de Comunicación”. Participaron expertos como L. R. Huesmann, E. Donnerstein, Javier Urra y Miguel Clemente entre otros. Sus contribuciones al seminario se recogen en el libro Violencia, televisión y cine (3) del que seleccionamos algunas orientaciones dirigidas a los padres.

A menudo los padres no permiten ver a sus hijos los programas con escenas de violencia descarnada de muertes a sangre fría, de sadismo desagradable… Es acertado. Pero el libro llama la atención sobre otros rasgos que influyen en el modo de percibir la violencia y que pueden favorecer la tendencia a la imitación.

– La naturaleza del agresor. Se imitan más aquellos modelos que se perciben como atractivos. La valoración del personaje influye en la respuesta del espectador ante la escenificación.

– La naturaleza de la víctima. Cuando las víctimas son agradables o atractivas, el espectador tiende a identificarse con ellas, y por tanto, a sentir miedo a ser él mismo la víctima.

– El grado de realismo. Son más peligrosas las representaciones realistas que las irreales, de lo que se podría deducir que la violencia de los dibujos animados es relativamente inocua. Sin embargo, lo que parece irreal a un espectador maduro puede parecer real a un niño de corta edad.

– La recompensa o castigo. En general, premiar la violencia o no reprobarla abiertamente estimula el aprendizaje de comportamientos violentos.

– Las consecuencias. La presencia explícita de dolor y daño favorece el rechazo de la violencia, dado que el espectador considera mucho más seria una escena violenta de este tipo que otra en las que no se muestran las consecuencias perjudiciales.

Sugerencias

Los autores de las ponencias concluyen con algunas sugerencias. Extractamos las posiciones y recomendaciones defendidas por la mayoría.

– Un modo de aprender un comportamiento es observarlo.

– La violencia exhibida por los medios de comunicación contribuye a la aparición de efectos perjudiciales en los espectadores, aunque esto no significa que la violencia de los medios de comunicación sea la causa principal o única de la violencia real.

– Entre los efectos perjudiciales, además del aprendizaje de comportamientos, figura el aprendizaje de actitudes violentas y la aparición de fenómenos de insensibilidad ante la violencia real.

– Procurar ver la televisión con los hijos, haciéndoles las observaciones pertinentes para constatar su irrealidad o contrarrestar su influencia negativa.

De la ficción a la imitación

Entre los investigadores prima la opinión de que la violencia en televisión no es ni la única ni la principal causa del aumento de violencia social. No obstante, desde hace veinte años la mayoría de investigadores están de acuerdo en que la violencia en los medios de comunicación enseña a los más jóvenes a comportarse de forma violenta.

Como en todo debate científico vivo, algunos autores consideran que no es para tanto y que, desde un punto de vista metodológico, dejan bastante que desear la investigaciones de quienes conectan la violencia televisiva y la real.

L. Rowell Huesmann, profesor de Comunicación y Psicología de la Universidad de Michigan, afirma en el libro Violencia, televisión y cine que cuando no se quieren aceptar las conclusiones de un estudio, simplemente se acude a las excepciones. Huesmann demostró por primera vez que ver grandes cantidades de violencia en los medios de comunicación permite predecir que, de adulto, se desplegarán comportamientos agresivos. Los estudios (4), a pesar de haber sido debatidos durante dos décadas, han soportado bien el paso del tiempo.

En 1960 el equipo de Huesmann entrevistó a 800 niños de 8 y 9 años, en un condado de Nueva York. Se les preguntó acerca de lo que veían en televisión y se examinó su comportamiento agresivo con ayuda de los padres. Diez años después, se les volvió a entrevistar y se puntuó su agresividad. Los niños se dividieron en tres grupos según su nivel de agresividad (alto, medio y bajo) y según los niveles de preferencia por ver violencia televisiva (alto, medio y bajo). Los resultados demostraron que, sin tener en cuenta el nivel de agresividad a la edad de 8 años, los niños que figuraban entre los que veían más violencia en televisión se encontraban a los 18 años entre los que tenían niveles más altos de agresividad. En 1982, cuando los sujetos ya habían terminado sus estudios y tenían alrededor de treinta años, se les volvió a entrevistar y se consiguieron los informes del departamento de justicia criminal y de tráfico de Nueva York. Del estudio se extraen conclusiones interesantes acerca del nivel de severidad en los castigos a los hijos, qué ocurre con los que a los 8 años son más agresivos o sus problemas con la justicia. Pero la pregunta obligada es si existe relación entre ver televisión violenta a edad temprana y el comportamiento agresivo en la vida de adulto, con independencia del nivel de agresividad inicial.

La respuesta es sí. Existe una relación entre la preferencia por ver televisión violenta a los 8 años y la gravedad de los delitos por los que fueron arrestados -quienes lo fueron- a los 30. Y no es significativa la relación entre ser agresivo de niño y tender a ver más televisión violenta.

¿Se pueden exportar estos datos a otros países? El mismo Huesmann comparó en un estudio de tres años de duración (5) los datos recogidos en Estados Unidos, Finlandia, Polonia, Israel y Australia. El resultado fue el mismo. Los niños aprenden lo que ven en televisión a través de la imitación y de los “refuerzos vicarios”: por ejemplo, si un personaje es recompensado por su comportamiento agresivo, es muy probable que el niño imite ese comportamiento. Y al revés, si el personaje es castigado.

También aprenden a través de “pautas”, o programas para resolver problemas sociales. Una vez que el niño aprende una pauta, es muy probable que la utilice. Cuanta más violencia ve un niño, más acepta la actitud favorable hacia la conducta agresiva.

Huesmann concluye que el efecto de la violencia en los medios de comunicación sobre la conducta violenta de los espectadores es suficientemente amplio como para no dudar de que, de una forma u otra, la violencia televisiva enseña a los niños a ser violentos.

Violencia: ¿Lo importante es la cantidad o el contexto?

Un estudio recién publicado en Estados Unidos sobre programas de televisión de los últimos tres años muestra que las escenas violentas han aumentado en las horas de gran audiencia y que las cadenas tienden a presentar la violencia como algo habitual.

Los autores del informe creen que esto entraña “riesgos importantes para los niños”. La investigación fue realizada en cuatro Universidades de California, Carolina del Norte, Tejas y Wisconsin, por cuenta de la Asociación Nacional de Televisiones por Cable. Los equipos investigadores vieron 10.000 horas de programas difundidos entre las 6 y las 23 horas, los siete días de la semana, durante tres años en 23 cadenas (generalistas o temáticas, por ondas o por cable). Si, globalmente, la proporción de programas con violencia ha variado poco entre 1995 y 1997, sí ha habido un aumento en las horas de gran audiencia. Entre las 18 y las 21 horas, dos tercios de los programas de 1997 contenían escenas de violencia, frente a un 53% en 1995.

El análisis cuantitativo revela que “en la mitad de los casos, las consecuencias inmediatas o a largo plazo de la violencia [heridas, muertes o sufrimientos] no se muestran nunca”. Los personajes “malos” no sufren castigo en el 60% de los casos. Y el 40% de los personajes agresivos son héroes presentados de modo positivo.

A partir de estos datos, los autores del estudio llegan a una serie de interpretaciones que subrayan el riesgo de que la violencia televisiva tenga un efecto nefasto sobre los niños. Pueden llegar a considerar al protagonista de la violencia como un personaje atractivo, y justificar la violencia porque estos actos no son castigados y el papel de las víctimas resulta minimizado.

El informe apoya la utilización de calificaciones que indiquen el carácter de los programas. La Federal Communications Commision (FCC), organismo regulador de los medios audiovisuales en Estados Unidos, ha aprobado en marzo el nuevo sistema de clasificación, adoptado por la mayor parte de las cadenas, excepto la NBC. Hay seis categorías específicas, en función de las edades (desde los 2 a los 17 años), para advertir sobre contenidos violentos o eróticos.

Las seis categorías de la TV Parental Guidelines se manifestarán en símbolos que aparecerán 15 segundos al comienzo de la emisión y que podrán consultarse después con el mando a distancia. La FCC ha definido también las normas técnicas del “chip antiviolencia”, que deberán tener todos los televisores fabricados a partir de 1999.

La utilidad de medir cuantitativamente la violencia en la televisión es discutida por no pocos expertos, que defienden, en cambio, un enfoque que tenga en cuenta el contexto y el mensaje transmitido por los actos de violencia. Comentando un informe del Consejo Superior de lo Audiovisual francés, el experto Jean-Louis Missika criticaba la pretensión de reducir la violencia en la ficción televisiva a un problema cuantitativo (cfr. Le Monde, 21-XI-95). Con este criterio, se ha dicho, hasta Bambi sería un film violento.

Intención, contexto y sentido

El enfoque cuantitativo sólo permite tener en cuenta la violencia física, porque la violencia psicológica es difícil de medir con él. Pero, comenta Missika, “para reducir todas las situaciones de violencia a un índice único, hay que poner en el mismo plano un homicidio, una violación y… un terremoto”.

Se aducen también razones prácticas para justificar el método cuantitativo, pues sólo así se podrían catalogar la multiplicidad de imágenes a lo largo de una muestra de centenares de horas de programas. Pero este argumento, basado en la economía de tiempo y de coste, no nos dice si se trata de un método adecuado.

La razón más sólida a favor del método cuantitativo es su “objetividad”, ya que la contabilidad pura y simple de los actos de violencia evita la subjetividad y los prejuicios. Sin embargo, advierte Missika, “este método deja de lado lo esencial: la intención, el contexto y el sentido” de la violencia representada. No tener en cuenta el contexto conduce a absurdos: “Si la violencia es objeto de ridiculización o parodia, ¡poco importa! Las ficciones históricas son automáticamente penalizadas. Es imposible saber si el acto de violencia identificado es ne-cesario para la narración y para la comprensión de los personajes. No se trata de conocer sus motivaciones ni sus consecuencias”.

El enfoque cuantitativo no se plantea las cuestiones esenciales, afirma Missika: “¿El film tiende a legitimar, trivializar o glorificar la violencia, o bien a condenarla? ¿El Estado de derecho es respetado o escarnecido? ¿Es o no violada la dignidad de la persona humana?”. Estas son las cuestiones que deben plantearse padres y educadores ante la violencia en la televisión, cuestiones que sólo pueden ser respondidas por un enfoque cualitativo.

Otros servicios de Aceprensa:160/93 Alejandro Navas, El tratamiento del dolor en la televisión.130/96 Juan José García Noblejas, Violencia en la pantalla y en la calle.92/97 Gianfranco Bettetini, El espectáculo de la violencia.Ignacio F. Zabala_________________________(1) Informe España 1997. Fundación Encuentro. Madrid (1998). 785 págs.(2) La investigación se basa en una encuesta realizada en mayo-junio 1997, con una muestra de 868 niños y niñas de 10 a 14 años. Esto proporciona un error para los datos globales de +/- 3,6% y un nivel de confianza del 95%.(3) José Sanmartín, James S. Grisolía, Santiago Grisolía (eds.). Violencia, televisión y cine. Ariel, Barcelona (1998). 158 págs.(4) L. R. Huesmann, L. D. Eron, M. M. Lefkowitz y L. O. Walder, Television Violence and Aggression: The Causal Effect Remains, American Psychologist (1973), y The Stability of Aggression Over Time and Generations, Developmental Psychology (1984).(5) L.R. Huesmann y L.D. Eron, Television and the Aggressive Child: A Cross-National Comparison, Erlbaum, Hillsdale, New Jersey (1986).

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