Tan libre, tan sola

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Duración lectura: 3m. 54s.

Para dejar el aborto a la libre decisión de la mujer durante los tres primeros meses del embarazo se aduce que así se respeta mejor su libertad para ser madre. Pero al depender sólo de ella la decisión, también se encuentra más sola ante el problema, pues el hombre puede eludir su responsabilidad. Es lo que plantea Joseph Sobran en este artículo publicado en The Human Life Review (Nueva York, otoño 1989).

La propaganda feminista nos ha acostumbrado a ver el aborto como la cuestión femenina por excelencia. Las restricciones al aborto no serían más que una faceta de la opresión masculina. ¿Y los hombres que están a favor de la legalización del aborto? En el reino de la retórica se presentan como varones de elevada conciencia que respetan la libertad de las mujeres. De hecho, nunca he oído a un hombre que defienda el aborto por el más obvio de los motivos: su propio interés. Ninguno dice sencillamente: “Quiero que el aborto sea legal por si mi compañera queda embarazada”. Ningún hombre admite haber presionado a una mujer para que aborte. Sin embargo, ocurre continuamente.

Imaginemos una chica que tiene relaciones con un hombre algo mayor y más experimentado que ella. Ella se enamora, con la esperanza de que ese amor sea verdadero. Pero un día se encuentra embarazada. Así que va a decírselo a él. Está nerviosa. Ahora necesita su apoyo, de un modo que no sabe si puede esperar de él. Confía en que esté a su lado, con una oferta de matrimonio o al menos mostrándose dispuesto a hacer todo lo que esté en su mano por ella y el niño.

Pero la noticia le pone también nervioso a él. En vez de responder con amor y generosidad, se manifiesta distante. Le pregunta qué piensa hacer ella. Su actitud implica que el problema y la decisión son de ella, no de él. Puede ser él quien sugiera el aborto; o puede dejar que sea ella quien suscite el tema. En cualquier caso, ella se da cuenta de que lleva dentro de sí el hijo de un hombre que no desea ser un marido o un padre. Su amor servía sólo para una relación que de repente parece muy vacía.

Ella tiene varias opciones. Puede llevar a término su embarazo y dar a su hijo para que sea adoptado, una dura experiencia. O puede tenerlo consigo, y quizá conseguir de él ayuda para el mantenimiento del hijo, si bien esto puede requerir un contacto permanente y litigioso con un hombre al que ahora preferiría no haber visto nunca. O puede ir a abortar a la clínica más próxima.

Es bastante cierto, como dicen las feministas, que no es una decisión fácil. Cualquiera que sea la decisión que tome, será más dura para ella que para él. Pero el aborto representa el camino más fácil, con la esperanza de dejar atrás una difícil situación.

En un caso como éste, el hombre espera que ella escoja el aborto. Es lo mejor para él, desde su punto de vista, aunque lo más probable es que diga que es lo mejor para todos. Cuando el aborto no era legal, no hubiera podido eludir su responsabilidad calificando el problema como una decisión de la mujer. Ahora, aunque sólo sea con su pasividad, puede inducirla a un aborto que ella no desea.

En el debate sobre el aborto, ambas partes tienden a pintar a la mujer que aborta como a la típica feminista que reivindica la soberanía sobre su propio cuerpo. Pero es mucho más probable que sea una joven que ha sido utilizada y traicionada, que no sabe qué hacer y que termina haciendo algo que le horroriza. Y a partir de entonces puede convertirse en feminista.

La reivindicación del aborto no nació de imperativos constitucionales o de nuevos descubrimientos sobre la naturaleza del feto. Fue algo requerido por la lógica de la revolución sexual, que estuvo siempre en el programa de los hombres que querían relaciones sexuales sin responsabilidad. Una vez que los hombres fueron descargados de este peso, apenas parecía justo que las mujeres soportaran todas las consecuencias naturales.

La legalización del aborto era un modo de repartir equitativamente la irresponsabilidad entre ambos sexos. Aunque en realidad nunca ha sido así, constituía una concesión que algunos hombres estaban muy contentos de hacer.