Suicidio por elección ¿de quién?

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El 6 de noviembre se someterá a votación en Massachusetts si se legaliza o no el suicidio asistido para personas que tengan una esperanza de vida inferior a los seis meses, según criterio médico. En un artículo publicado en el New York Times, el periodista Ben Mattlin explica por qué se opone a la propuesta: “Sé que como progresista y pro-choice debería apoyar la medida. Pero como discapacitado de nacimiento no puedo hacerlo”.

Al principio de su artículo, Mattlin cita sin demasiado entusiasmo algunos “argumento sólidos” que suelen invocarse a favor de esta propuesta. “Quienes la apoyan insisten en que nadie se verá obligado a tomar ningún fármaco letal. El ‘derecho a morir’ solo se aplicará a aquellos que les queden seis meses de vida o menos. Los médicos tendrán en cuenta la posibilidad de depresión. No hay, en fin, peligro de pendiente resbaladiza”.

Pero Mattlin se mantiene escéptico. De todas las razones que tiene para oponerse, hay una que destaca sobre las demás. “Al final, mi problema es el siguiente: he vivido tan cerca de la muerte durante tanto tiempo que sé que la frontera entre la coacción y la libre elección es muy delgada y vaporosa; sé con qué facilidad alguien puede influenciarte sin querer y hacerte sentir sin valor y sin esperanza; puede empujarte muy delicadamente –pero con decisión y para siempre– hacia la tesitura de elegir ‘ser razonable’, dejar de ser una carga para los demás o simplemente ‘marcharte’”.

“Como dicen los partidarios del suicidio asistido, quizá no llegues a entender por qué alguien acepta este tipo de leyes hasta que no ves a un ser querido sufrir. Pero tampoco puedes hacerte una idea de las muchas fuerzas sutiles –siempre muy bien intencionadas, compasivas e incluso amables, pero tan persuasivas como un tsunami– que emergen cuando tu autonomía física corre peligro sin posibilidad de salvación”.

El planteamiento de Mattlin es de un realismo crudo. “Si nadie te quiere en la fiesta, ¿qué motivos hay para quedarse? Cuando los partidarios de las leyes de muerte digna dicen que los pacientes deberían decidir si vivir o morir, fantasean. ¿Quién elige el suicidio en abstracto? Estamos influenciados de forma inexorable por nuestro entorno inmediato. Llevamos las de perder”.

Es cierto, añade Mattlin, que la propuesta de Massachusetts establece que la dosis letal sea tomada por el propio paciente. ¿Pero que ocurrirá en los casos de las personas que, como él, no se bastan a sí mismas para alimentarse? Si nadie tiene que atestiguar cómo y cuándo se administra la dosis, ¿ha pensado el legislador la posibilidad de abusos que pueden cometerse bajo esta ley?
“Claro que hay intenciones nobles detrás de las propuestas de ‘muerte asistida’, pero no dejo de preguntarme por qué tenemos tanta prisa para garantizar el derecho a morir antes de haber hecho todo lo posible para garantizar que a aquellos de nosotros que vivimos en condiciones graves e incurables recibamos la misma bienvenida cordial, el mismo respeto y las mismas oportunidades que el resto”.

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