Serenidad ante las alarmas ecológicas

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Serenidad ante las alarmas ecológicas
Cuando se desatan alarmas ecológicas amplificadas en la prensa, el que pinta la situación más negra parece ser el mejor defensor de la naturaleza. Pero al estudiar los múltiples factores que influyen en el medio ambiente, se descubre que hay muchas incertidumbres. Así ha ocurrido en Suiza con la llamada “lluvia ácida”, de la que se dijo que iba a acabar con los bosques. Sintetizamos lo que Roger Cans cuenta en Le Monde (13-IV-94).

A principios de los años ochenta, se dio la alarma en Alemania: las lluvias ácidas amenazaban con matar los bosques de Europa. En Suiza, la alerta sobre el Waldsterben (la decadencia forestal) desencadenó un verdadero zafarrancho de combate. La vitalidad de los árboles presentaba cambios visibles. Nadie, tampoco entre los expertos forestales, tenía la menor duda sobre el origen del mal: era la contaminación. “Se creyó que toda Suiza estaba amenazada -recuerda Philippe Domont, responsable del programa de investigación Sanasilva-. En el invierno de 1983, se hacían conjeturas sobre si el bosque reverdecería en primavera. Ecológicamente era absurdo: no hay dos macizos que tengan el mismo medio ambiente”.

Ante la urgencia del peligro, los forestales se dedicaron a clasificar los árboles según su estado de salud, los investigadores a analizar los resultados y a indicar los remedios. Los datos se completaron con fotos aéreas. No se quería dejar nada al azar ni a la subjetividad de los observadores.

Diez años más tarde los expertos forestales han recobrado su serenidad. Si el bosque suizo tiene problemas, no está en decadencia ni muerto. ¿Las lluvias ácidas están libres de culpa? “No del todo -explica Heinz Wandeler, director federal de bosques-. La contaminación es un verdadero riesgo, pero no se puede probar que afecte a los árboles. Incluso el ozono tiene efectos inciertos sobre el follaje”. De hecho, los investigadores y forestales están perplejos ante los fenómenos de hojas que amarillean o caen, fenómenos que aparecen -y desaparecen- sin que haya una razón bien identificada. Los forestales suizos admiten hoy día que la responsabilidad hay que atribuirla a un conjunto de causas. El clima, en primer lugar, que puede provocar trastornos a largo plazo. Algunos años la helada ha afectado a los árboles, y sus consecuencias han durado años.

Aparte del clima y de la calidad de los suelos, otra causa de deterioro es simplemente el envejecimiento. En los terrenos escarpados de montaña, los bosques que protegen contra la erosión pocas veces son explotados. Los árboles envejecen en pie y se marchitan tranquilamente, sin que sufran una agresión determinada.

Otros piensan que el deterioro no se explica por el envejecimiento ni por la falta de mantenimiento. “La vitalidad del bosque no depende de los cuidados que se le prodigan”, dice Roberto Buffi, experto en ecosistemas forestales. A su juicio, la contaminación, al debilitar la concurrencia de otras plantas, favorecería el crecimiento de los árboles. Otro investigador, Fritz Pfister, confiesa su perplejidad: “La situación general es quizá grave, pero en mi cantón de Friburgo los árboles han crecido 50 centímetros gracias a un año de clima benigno y húmedo. Es difícil juzgar en un momento dado el estado de salud de una planta que puede vivir doscientos años”.

Los investigadores y forestales no saben en realidad qué pensar. “Los científicos están perdidos -afirma Ernst Fürst, especializado en investigaciones sobre cepas resistentes-. Se ha reemplazado el Waldsterben por el famoso agujero en el ozono”. Mientras tanto, el ciudadano suizo es inundadocon informaciones contradictorias. Se entera así de que desde comienzos de siglo el bosque suizo ha aumentado un 40% en superficie; que produce cada vez más madera, pero que se vende mal; que “la mitad de los macizos están debilitados, pero permanecen estables en su debilidad”; en fin, que ya no hay urgencia, aunque siempre quede la inquietud.

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