Quien paga, manda

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Duración lectura: 1m. 37s.

La periodista norteamericana Ellen Goodman reflexiona sobre la mentalidad que ha llevado de la fecundación in vitro a la clonación (International Herald Tribune, 19-II-98).

(…) La tecnología reproductiva se ha tratado como si no fuera más que otro bastión de la libre empresa, un negocio nacido en respuesta a la infertilidad. En este mundo, el cliente siempre tiene razón. La oferta debe satisfacer la demanda. El deseo de tener hijos por parte de los adultos nos ha metido, con la mejor de las intenciones, en un sucio callejón ético.

En 1978, cuando Louise Brown salió de la probeta al canal del parto y a la luz pública, la fecundación in vitro produjo una fuerte conmoción. Más tarde, hemos visto madres de alquiler y litigios sobre la custodia de embriones congelados. También hemos visto gente que quiere extraer esperma de cadáveres, y aspirantes a abuelos que pretenden usar un óvulo de su hija muerta para crear un niño. En ningún momento ha habido consenso público o un debate siquiera. Las decisiones se dejaron, fundamentalmente, en manos de los médicos y de sus clientes.

Los tratamientos de fertilidad se practican de modo anárquico, y esto se debe en parte a las discusiones sobre libertad reproductiva que se han seguido de la polémica en torno al aborto. Por otra parte, las nuevas tecnologías están protegidas bajo la rúbrica de la libertad de investigación.

Pero el código de conducta de las clínicas de fecundación artificial es -en palabras de Lori Andrews, profesora de Ética en la Facultad de Derecho de Chicago-Kent- “Muéstreme su dinero”.

No tengo ni idea de si acabará habiendo adultos infértiles que hagan cola para clonar cobayas humanas; pero, como dice Andrews, “creo que estamos creando necesidades, más que satisfaciéndolas”. No hay “necesidad” alguna de clonar seres humanos.

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