Principio de precaución ante el sida

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Duración lectura: 3m. 36s.

Contrapunto

Unas declaraciones del cardenal López Trujillo a la BBC en las que afirmaba que el preservativo no protegía suficientemente contra el virus del sida, han suscitado una indignada reacción. Portavoces de la Organización Mundial de la Salud y hasta de la Comisión Europea salieron al paso para asegurar que el condón garantiza el “sexo seguro” y que quien lo ponga en duda obstaculiza la lucha contra la pandemia.

Se comprende que cuando frente a una epidemia mortal el único medio “técnico” disponible es algo tan precario e innatural como el preservativo, se tema cualquier crítica que pueda erosionar su aura de seguridad. Por eso la OMS subraya que el látex es realmente impermeable y que, si está en buenas condiciones y es bien utilizado, impide el paso del VIH. Pero el problema no es solo si el preservativo es impermeable a cualquier agente patógeno de transmisión sexual (aunque cabe preguntarse si el preservativo adquirido en un mercadillo de Dakar, donde se venden a granel medicinas a veces falsificadas, tiene la misma calidad que el comprado en una farmacia de Oslo). El problema está sobre todo en el contraste entre la sensación de seguridad que se quiere transmitir con el preservativo y la realidad de su utilización.

Un índice de su eficacia en la práctica puede medirse por su seguridad para evitar embarazos no deseados. Un reciente estudio francés (cfr. servicio 75/03) sobre mujeres que acaban de abortar o no han deseado su último embarazo, revela que en dos de cada tres casos son mujeres que utilizan anticonceptivos y que habían quedado embarazadas por errores de utilización o fallos no explicados. La eficacia del preservativo queda aquí en entredicho: la mitad de estas mujeres cuyo compañero utiliza habitualmente el preservativo declaran que se deslizó o se rompió.

En España, otro estudio de Tutor Médico sobre una muestra de 553 mujeres que han abortado, indica que tres de cada cuatro usaban métodos anticonceptivos considerados “seguros” (citado en La Vanguardia, 6-X-2003). En el 60,4% de los casos el método que falló fue el preservativo.

Lo que no se entiende es cómo un método tan inseguro para evitar embarazos no deseados se convierte en un método infalible para impedir contagios no deseados. En realidad, lo que dice la OMS es que el preservativo “reduce” el riesgo de infección, cosa que nadie duda si la alternativa es una situación de riesgo sin ninguna protección. Pero también hay que tener en cuenta que una falsa sensación de seguridad puede llevar a correr riesgos que de otro modo se evitarían. Y cuando el riesgo es mortal, es obligado advertir que la reducción no anula el riesgo.

Paradójicamente, en otros peligros mucho más hipotéticos, como el de los alimentos trasgénicos donde no se ha demostrado ningún daño para la salud, se enarbola el “principio de precaución” para establecer moratorias y multiplicar advertencias que aseguren la información del consumidor. En cambio, en el caso del riesgo de contagio del VIH, el que está por lo más seguro es acusado, como López Trujillo, de difundir un mensaje “altamente peligroso”. Pero si alguien afirma que un medio no es lo bastante seguro para evitar un riesgo, no está diciendo que lo mejor es no hacer nada, sino abogando por recurrir a una política preventiva más sólida. Una prevención que puede exigir cambios en la conducta de la gente. Puro principio de precaución. Y si alguien dice que hay que informar al usuario del nivel de garantía y de riesgo que ofrece un producto, solo está reclamando un consentimiento informado.

Es curioso: se considera poco realista una prevención del sida basada en una conducta sexual más responsable que evite la promiscuidad; y, en cambio, parece perfectamente razonable esperar una fidelidad al preservativo, sostenida, sin excepciones, y sin fallos de utilización. Por lo menos para variar, se podría ensayar alguna nueva política. Porque a estas alturas la prevención basada en repetir el mantra “sexo seguro” y repartir condones ya ha dado de sí todo lo que podía.

Ignacio Aréchaga