Malestar en Suiza por el “turismo de la muerte”

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La venida de extranjeros a Suiza atraídos por la asociación Dignitas, que ofrece asistencia al suicidio, empieza a inquietar a los suizos, que no quieren convertirse en la meta de esta “migración final”. El malestar ha aumentado a raíz de que un británico se suicidara el mes pasado ante las cámaras de ITV -una cadena privada de su país-, que costeó el viaje a Suiza y emitió las imágenes en exclusiva.

La acción de Dignitas se encuentra facilitada porque el Código Penal suizo, que data de 1942, estipula que la cooperación al suicidio “sin motivos egoístas” no es delito. En Holanda y Bélgica la eutanasia se encuentra legalizada, bajo ciertas condiciones, pero se aplica solo a los nacionales. En cambio, en Suiza, Dignitas ofrece también sus servicios a los extranjeros, si bien el Código Penal no dice nada al respecto.

El número de personas que acuden a Suiza para suicidarse de este modo va en aumento. En 2001 fueron 38 personas en Zúrich y 20 en Berna, y el año pasado 55 solo en Zúrich.

Dignitas fue fundada por Ludwig Minelli en 1998. De los 2.500 miembros que tiene actualmente, tres cuartas partes son extranjeros. Por una cotización de 25 francos suizos, pueden pedir asistencia para suicidarse. Deben mostrar documentos médicos con el diagnóstico establecido y lograr que uno de los médicos de Dignitas les prescriba una sustancia, que deberán tomar por sí mismos. “Este tipo de turismo no es el que desean los suizos”, afirma Andreas Brunner, fiscal del cantón de Zúrich, y está provocando una sensación de malestar. Brunner desconfía de Dignitas y actualmente está investigando un caso en que la persona que se suicidó parece que sufría depresión y no una enfermedad terminal. Algunos políticos piensan que sería mejor regular la cooperación al suicidio, de forma que los pacientes tengan más tiempo para replantearse la decisión.

Enfermera condenada en Francia

La convicción de que nadie puede decidir quitar la vida a un paciente, aunque sea para abreviar sus sufrimientos, se ha visto confirmada en Francia en el caso de la enfermera Christine Malèvre, que ha sido condenada a diez años de prisión por el asesinato de seis pacientes. Después de cambiar varias veces sus declaraciones, Malèvre reconoció haber causado la muerte de cuatro pacientes -en tres casos voluntariamente y en uno por error de dosificación-, entre febrero de 1997 y mayo de 1998. Aducía que lo había hecho por compasión, por fidelidad a la promesa hecha a los pacientes de abreviar sus sufrimientos.

Las investigaciones pusieron de manifiesto que los pacientes no habían pedido la eutanasia y que en algunos casos tampoco eran enfermos terminales, pues estaban aún en tratamiento o podían haber vivido varios meses. La enfermera había tomado la iniciativa de darles muerte, sin consultar con nadie del equipo médico. Los familiares de varios pacientes han declarado también que estaban seguros de que el enfermo no deseaba morir en ese momento.

Los casos de enfermeras que provocan por propia iniciativa la muerte de pacientes se han dado en diversos países europeos. La mayoría de las veces estos casos revelan que eliminar el sufrimiento del paciente recurriendo a una acción prohibida es de hecho una manera de eliminar el propio sufrimiento. Por eso los expertos en formación de personal de enfermería ven necesario insistir en dos aspectos. En primer lugar, que la enfermera no es nunca una persona sola, sino que debe llevar el peso del sufrimiento de los enfermos en equipo, de modo que la decisión respecto a un paciente sea colectiva.

De otra parte, también hay que saber entender la petición de un paciente que dice que ya no quiere vivir. A menudo, lo que quiere decir es que no quiere vivir así, lo cual puede ser una petición de que se alivie mejor su dolor o su soledad.

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