Las patentes farmacéuticas no tienen la culpa

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 3m. 7s.

Contra lo que sostienen algunas ONG de acción humanitaria, las patentes no son lo que impide que los pobres del mundo dispongan de los medicamentos que necesitan. El parlamentario italiano Benedetto della Vedova explica por qué en International Herald Tribune (28 mayo 2008).

Varias ONG, como Oxfam o Médicos Sin Fronteras, sostienen una campaña contra las patentes farmacéuticas, que -según dicen- impiden el acceso a medicamentos esenciales por parte de la población de los países en desarrollo. Creen que el monopolio temporal que conceden las patentes permite a los laboratorios imponer precios que están fuera del alcance del Tercer Mundo. “Lo que esas ONG no tienen en cuenta -señala Benedetto della Vedova- es qué pasaría si no hubiera patentes”.

Las patentes son necesarias porque inventar un fármaco es una empresa arriesgada. De los compuestos químicos que prueban los laboratorios solo llegan al mercado el 0,02%. Los nuevos medicamentos que se comercializan exigen por término medio diez años de trabajo y un gasto de mil millones de dólares, y el 70% de ellos no dan beneficios.

Por eso, “en vez de atacar el sistema de patentes, esas ONG deberían dirigir sus esfuerzos contra los verdaderos obstáculos al uso de medicamentos por las personas que los necesitan”. El primero es la pobreza, que está en la raíz de muchos problemas de salud por malnutrición, falta de agua potable y de saneamiento, etc. También impide el acceso a medicamentos, pero no solo por el precio. “El verdadero obstáculo -dijo Kevin De Cock, director del programa de la OMS para el sida, en 2006- es la fragilidad de los sistemas sanitarios: las infraestructuras se encuentran en estado ruinoso y las cadenas de suministro son inexistentes”.

Donde faltan los sistemas de distribución necesarios, y hay escasez de médicos, enfermeras y hospitales para administrar los medicamentos, el precio no es el principal problema. “Si no se remedian esas deficiencias básicas -prosigue Della Vedova-, bajar los precios tendría un efecto insignificante en la disponibilidad de los fármacos”.

De todas formas, el precio influye en alguna medida. “Pero la culpa no es toda de las patentes”. Por una parte, muchos medicamentos no están protegidos por patentes. Por otra, “impuestos, tasas y aranceles, así como los márgenes que se llevan los organismos oficiales que adquieren los medicamentos, hinchan los precios: en algunos países son una parte mayor del precio final que la factura del fabricante”.

Otro aspecto de la carencia de los países en desarrollo en materia de medicamentos no se debe tampoco a las patentes, sino a que los laboratorios no desarrollan ni producen fármacos contra enfermedades propias del Tercer Mundo porque el bajo poder adquisitivo de los potenciales clientes impediría que fueran rentables. Contra esto, Della Vedova propone extender a esos casos los estímulos previstos para la investigación en medicinas contra enfermedades raras, que tampoco es rentable por el pequeño tamaño del mercado. En Estados Unidos, gracias a las ventajas fiscales otorgadas por una ley de 1983, en los 16 años siguientes se multiplicó por 12 el número anual de nuevos fármacos contra enfermedades raras.

Este sistema se podría aplicar a las necesidades de los países pobres, dice Della Vedova, reforzándolo con una idea propuesta por investigadores de la Duke University. Consiste en premiar a los laboratorios que desarrollen medicamentos para el Tercer Mundo con la tramitación prioritaria de sus productos en el organismo responsable de aprobarlos. Esto les reportaría unos beneficios adicionales con los que podrían compensar el gasto en medicinas no rentables para ellos, pero necesarias para los pobres del mundo.