Las incoherencias del “genocidio femenino”

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Duración lectura: 3m. 26s.

La tragedia de los 160 millones de niñas que nunca pudieron nacer a causa del aborto selectivo por el sexo comienza a ocupar su hueco entre las novedades bibliográficas. Unnatural Selection, un libro de Mara Hvistendahl con abundante documentación sobre el denominado genocidio femenino, ha conseguido abrir un debate en The Wall Street Journal y The New York Times que muestra las incongruencias occidentales en la defensa del aborto.

El libro incluye varios capítulos interesantes sobre los hechos que acompañan a este fenómeno (Aceprensa, 17-06-2011) y recoge testimonios inquietantes de colaboradores occidentales que abrieron paso al aborto como instrumento de control de población o facilitaron la política del hijo único en China. Es el caso de Paul Ehrlich, que difundió la supuesta amenaza de la superpoblación mundial con su obra La explosión demográfica en 1978 y, cuarenta años después, sigue pensando que deshacerse de las niñas es uno de los medios para lograrlo. Otro de los entrevistados es un matemático holandés que colaboró casi por casualidad con un colega chino, a quien se le encargó la política de control familiar implantada por ese gobierno.

Para Jonathan V. Last en The Wall Street Journal, las afirmaciones de la autora del libro, Mara Hvistendahl, “pintan con detalle un cuadro lleno de maltusianos occidentales empeñados en un conjunto terrible de prescripciones políticas, tratando de experimentar y poner en marcha soluciones a un problema que nunca se manifestó”. Unnatural Selection contiene documentación desagradable y comprometida para las grandes agencias de Naciones Unidas y otras instituciones y fundaciones que aportaron financiación a la causa del aborto, como Ford Foundation o Planned Parenthood, cuyo director médico defendía que en los países en desarrollo “el aborto era incluso mejor que el control de natalidad”. La autora también cita unas afirmaciones de Sheldom Segal, biólogo dedicado a la contracepción, que desde una institución americana para la difusión de la salud, como el Population Council, ya en 1969 defendía las ventajas del aborto selectivo para combatir la explosión demográfica en las sociedades del Tercer Mundo.

Sin embargo, el libro que denuncia el aborto selectivo de más de 160 millones de niñas no concluye lo que podría resultar evidente: la necesidad de frenar el aborto. Por el contrario, aun teniendo en cuenta las consecuencias perversas que tiene para la mujer, sigue defendiendo el derecho a decidir y a abortar como uno de los grandes logros del feminismo. La sola posibilidad de que fuera prohibido resulta para la autora “la peor pesadilla”. Por eso se queda sin argumentos a la hora de apuntar posibles soluciones: “Tras décadas luchando por el derecho de la mujer a escoger el resultado de su propio embarazo, es difícil dar la vuelta y señalar que las mujeres están abusando de ese derecho”, afirma.

La realidad es que, pese a las vacilaciones e incoherencias de la autora, el libro se ha convertido ya en un buen material contra el aborto, pues si el soporte para defender el derecho al aborto se reduce a la elección personal de la mujer, ya no hay quien pueda censurar “el genocidio de mujeres” al que esa elección ha dado lugar. Del mismo modo, la insistencia de Hvistendahl en que los no nacidos todavía no pueden considerarse seres humanos devalúa la gravedad del genocidio femenino que la autora sin embargo denuncia con tanta energía, según dice Ross Douthat en The New York Times. Si abortar es un derecho, ¿en qué consiste el genocidio y quiénes son las víctimas? Hvistendahl dice que es la sociedad en conjunto, a la que perjudica el desequilibrio de sexos en la población. “Pero la indignación que llena su libro parece inspirada por las niñas perdidas mismas, no por las consecuencias de su ausencia”. Concluye Douthat: “La tragedia de los 160 millones de niñas perdidas no es que estén ‘perdidas’. La tragedia es que están muertas”.

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