La fatiga de ser uno mismo

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Duración lectura: 14m. 1s.

Verdaderas y falsas depresiones
La depresión parece ser el mal característico de este siglo. A la vez, se ha extendido el abuso de los medicamentos antidepresivos para combatir un malestar que tiene sus raíces en la insatisfacción provocada por el narcisismo. Así se viste de trastorno psíquico lo que en realidad es desorientación existencial. Pero esto no explica la depresión clínica, que tiene una base fisiológica conocida.

De todos los trastornos mentales que afligen al hombre contemporáneo, la depresión es el más frecuente. Los datos epidemiológicos disponibles sostienen que, en la actualidad, ente el 15% y el 20% de la población mundial sufre de depresión. El 30% de todos los habitantes del planeta padecen o padecerán, al menos una vez a lo largo de sus vidas, un trastorno depresivo. Esta incidencia se incrementa hasta el 40% entre las personas mayores de 65 años.

De otro lado, se estima que alrededor del 50% de los pacientes que consultan con el médico general lo hacen movidos por algún sufrimiento psíquico. Ante estos datos resulta comprensible que la enfermedad depresiva haya sido calificada como la maladie du siècle.

Nada de particular tiene que las preguntas de los periodistas sean relativamente redundantes, a este respecto. En mi larga experiencia de más de treinta años como psiquiatra con práctica clínica, no recuerdo ninguna entrevista de algún periodista que, apenas iniciada, no me planteara siempre la misma cuestión: “¿No cree usted que la depresión va en aumento en nuestra sociedad?”.

La respuesta fue casi siempre la misma: “No lo sabemos. Para contestar a esa cuestión tendríamos que disponer de rigurosos estudios epidemiológicos, realizados en el pasado, acerca de la depresión. Pero en verdad, no disponemos de ellos. Aun cuando dispusiéramos de esos resultados, para contestar a su pregunta sería conveniente que se hubiera trabajado, hoy como ayer, con idénticos criterios diagnósticos. Pero eso no ha sido así, puesto que los criterios clínicos de los que hoy nos servimos son mucho más sensibles y rigurosos que en el pasado”.

El malestar de nuestra cultura

Ante la insatisfacción de mis interlocutores, muchos de ellos solían apelar, entonces, a hipótesis sociológicas inverificadas e inverificables -el malestar de nuestra cultura, la crisis de valores, la confusión social, etc.-, para intentar justificar desde ellas el supuesto incremento de la incidencia de depresión en el mundo.

No deja de ser paradójico que para “explicar” este trastorno psíquico, cuyos fundamentos biológicos han sido tozudamente probados -aunque sean, todavía hoy, no del todo conocidos-, se apele a la satanización de la sociedad actual; un chivo expiatorio que nada explica, pero que, en cualquier caso, trata de hacer más doméstico, acomodaticio y familiarmente comprensible el lacerante hecho de la enfermedad depresiva.

En busca de un éxito imposible

En las dos últimas décadas han sido numerosos los autores que han tratado de hacer comprensible el fenómeno depresivo, partiendo de teorías sociológicas relativamente fundadas. Acaso uno de los intentos más subjetivos y actuales es el que se recoge en el último libro de Alain Ehrenberg, “La fatiga de ser uno mismo” (1).

La hipótesis principal que el autor sostiene es que la depresión es un hecho que desvela las mutaciones producidas en la individualidad por la sociedad actual, y más en concreto por los profundos cambios normativos que han convulsionado los actuales estilos de vida.

La depresión sería así un sucedáneo manifestativo de las aspiraciones sociales frustradas respecto de ese empeño esforzado de la persona por llegar a ser ella misma. La depresión no sería otra cosa que “la enfermedad de la responsabilidad” que acontece en las personas en las que domina un poderoso sentimiento de insuficiencia.

La persona deprimida no sería sino la persona fatigada de tratar de llegar a ser ella misma, un destino siempre incumplido y azaroso que no acaba jamás de alcanzarse, por estar situado en un lugar fronterizo entre lo permitido y lo prohibido, lo posible y lo imposible, lo normal y lo patológico. La puesta en escena de las nuevas necesidades consumistas exige cada vez mayores esfuerzos de la persona -esfuerzos hercúleos-, para obtener un éxito que el cansancio de la propia naturaleza hace imposible.

Química contra la desesperanza

De aquí que entonces se apele al consumo de psicotropos, que estimulen el humor y multipliquen las capacidades individuales. La nueva química para combatir la ausencia de esperanza, sólo con muchas dificultades, logra armar cada nuevo día el ánimo de los individuos cansados. Mediante la medicalización de su malestar y de su impotencia, asisten atónitos al milagro medicamentoso que, sin apenas riesgos ni dependencias, les aproxima un poco más a las metas deseadas.

Ehrenberg critica en especial uno de los recientes antidepresivos, el Prozac, cuya administración satisface, sin duda alguna, muchos de estos requisitos. Con su consumo inmoderado, se facilita a la sociedad una confortable dependencia, de manera que muchas personas estrenan cada día su vida, tras la ingestión de una píldora “milagrosa”. Al proceder así, vuelven sus espaldas al hecho que de verdad más les importa -la frustración y el sufrimiento patológico que acompañan a sus mediocres vidas-, sin preguntarse acerca de cuál es su causa… Posiblemente la depresión funcione como etiquetado social tolerado y admitido con el que se intenta dar cuenta de la mutación social sufrida, gracias a la cual se transforma la ordinaria frustración individual en un aparente trastorno psiquiátrico.

Individualismo de masa

Los profundos seísmos que desde la década de los sesenta caracterizan los debates políticos y el actual ordenamiento jurídico vigente, han dado lugar a la emancipación de la persona. El ideal político moderno ha hecho fundamentalmente de cada hombre un propietario de sí mismo, un individuo soberano, que apenas si se ensambla con algo más que consigo mismo y, en consecuencia, sin subordinarse a nada ni a nadie.

El hombre moderno ha logrado la privatización de su existencia, cuyas consecuencias últimas son la regresión y el declinar de la vida pública. Surge así un “individualismo de masa”, cuya cuestión nuclear y última es sólo la emancipación radical. La cuestión de la emancipación individual ha devenido en algo emblemático del hombre de hoy. La libertad ya no es compromiso con el poder, sino soberanía de la gana.

Como consecuencia de ello, el relativismo preside y regula las relaciones entre el individuo y la sociedad. La disciplina de la obediencia se ha transformado en mera toma de decisiones e iniciativas. En lugar de que la persona se ajuste a las normas de un orden determinado, una vez que se ha emancipado de él, sólo queda regirse por lo que sus resortes interiores le permiten, en función de cuál sea su competencia mental.

Una vez que no existen normas para orientar el propio comportamiento, la motivación circunstancial, la comunicación y el proyecto individual se alzan como el único ámbito de referencias posibles, por ser el que resulta más apropiado e inspirador del deseado comportamiento.

Disuelta la socialidad de la persona, es lógico que surja la patología de la insuficiencia, que es una enfermedad de la ausencia de marco de referencias, en el universo disfuncional y mucho más extenso de la ausencia de ley. El depresivo es un hombre en ruina que, liberado de todo marco de referencias, ha logrado abolir su responsabilidad, transformada ahora en culpabilidad.

La solución que propone Ehrenberg es sustituir la culpabilidad por la responsabilidad, de manera que asumiendo esta última, la persona se libere de aquella.

Esclavos de sí mismos

El individualismo democrático se debate ahora entre dos ideales contradictorios: ser una persona para sí misma (individualismo) o ser una persona para un grupo humano (sociedad democrática).

Esto es lo que acontece cuando se ha abolido todo marco de referencias, cuando ya no existe ningún soberano que decida por todos, ni ningún guía religioso que oriente nuestras decisiones. Unos y otros han sido reemplazados por dos instancias singulares: la interioridad y el conflicto. Sólo que, así concebidas, forzosamente cada una de ellas ha de converger y encontrarse con la otra en una meta común: el conflicto interior.

De aquí que cada individuo esté en guerra consigo mismo. Pues, para llegar a ser uno mismo es preciso separarse de sí, descubrir al otro, olvidarse de sí, es decir, dirigir la aburrida y cansada mirada a otras referencias distintas de sí. Y este programa es el que, al parecer, nadie quiere seguir hoy. Por contra, se prefiere continuar esforzándose en la construcción individualista del propio yo, aunque tal esfuerzo no le sea permitido, precisamente, por su desfondamiento.

Al moderno individualista le queda, eso sí, bracear ineficazmente en el vacío de su existencia, una experiencia ésta insoportable e inútil. Por eso, ciertamente, también el recurso a los psicofármacos, a fin de sobrenadar en el conflicto. Un recurso éste que transforma el comportamiento en una actividad mecánica, automática y compulsiva.

El consumo abusivo de antidepresivos manifiesta la imposibilidad de una autoposesión completa de sí mismo, desde sí. El uso abusivo de antidepresivos pone de manifiesto la eclosión de una nueva esclavitud: la esclavitud de sí mismo.

Los medicamentos funcionan

Cualquiera que sea la teoría sociológica a la que se apele para explicar la depresión, el hecho es que los depresivos existen, y que responden a los oportunos tratamientos psicofarmacológicos. Las personas sufren, con independencia de que su sufrimiento trate de comprenderse y/o explicarse acudiendo a unas u otras teorías sociológicas -brillantes y elocuentes muchas de ellas, eso sí, pero jamás verificadas.

Sería estúpido considerar que la depresión es tan sólo una excusa para no tener que enfrentarse a problemas personales que mejorarían con voluntad y empeño. La apelación a tal voluntarismo -en ocasiones, envuelto en moralina- resulta impotente para explicar la depresión y, mucho menos, para aliviarla. Antes, al contrario, la empeora. Y conviene no olvidar que el sufrimiento de los depresivos, en muchos de ellos, se acompaña de ideas suicidas, por lo que “la terapia voluntarista” propuesta podría activar y poner en marcha un desenlace fatal para la persona deprimida.

Los hechos no son sólo tozudos en el ámbito de la biología (el fundamento de los síntomas), sino también en el ámbito de los resultados terapéuticos obtenidos (psicofarmacología). En este útimo, hay que afirmar que desde finales de la década de los ochenta disponemos de psicofármacos cada vez más potentes -también más eficaces, a corto plazo-, y con menos efectos secundarios indeseables que los de la generación anterior. De ellos, es probable que el Prozac (fluoxetina) sea uno de los más consumidos.

Al parecer, más de doce millones de personas -seis millones en los Estados Unidos- lo consumen en la actualidad con mucha frecuencia. El resultado económico de este consumo generalizado produce una excelente cuenta de beneficios (1.500 millones de dólares al año, para sólo el Prozac, y 4.000 millones, si se considera el consumo de otros antidepresivos, cuya acción es análoga a la de aquel).

Desorden bioquímico

Esto no significa que no haya personas que abusen del autodiagnóstico de depresión -sin que, afortunadamente, la padezcan-, para tratar de legitimar así sus dificultades no resueltas. Pero más allá de estos abusos, preciso es reconocer que la depresión comporta casi siempre un desorden bioquímico sustancial, consistente en la deficiencia de serotonina. Más allá del mito prozaico, el hecho tozudo es que este inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (lo que se conoce con las siglas ISRS), como otros muchos fármacos que también lo son, mejora a muy corto plazo los trastornos depresivos, justamente cuando se incrementa esa deficiencia de serotonina en el organismo.

No. El Prozac no es “la droga de la felicidad”, sino tan sólo un fármaco antidepresivo eficaz, cuyo consumo se ha puesto de moda, también entre personas con problemas, que en modo alguno sufren este trastorno. Pero esto último no invalida ni recorta su eficacia en aquellos pacientes en que está indicada su administración. Sin ánimo de adoptar una postura ecléctica -útil para el consenso y contentadiza para muchos-, es preciso admitir que los que abusan de su consumo se instalan, probablemente, en esa franja movediza de nuestra sociedad donde habitan los que están confundidos.

Esto es lo que sucede en la cultura del narcisismo, que trata de ahogar el sentimiento de inferioridad con la adquisición de poder y cuya filosofía de la vida sostiene que el fin justifica los medios. La voracidad colectiva por el éxito y la relevancia personal -una consecuencia de la cultura de la imagen- hace que muchos hoy prefieran su máscara, pero no su persona. Por eso, de nada les servirá el consumo abusivo de antidepresivos, cualesquiera que sean.

Hipertrofia del yo

El discurso de Ehrenberg estaría más acertado, si se limitase a juzgar a las personas que se automedican, que consumen Prozac sin necesidad de ello; pero en modo alguno estará puesto en razón, si se dirige a la diana a la que no debe: a las personas que, desgraciadamente, sufren esta dura y grave enfermedad.

El comportamiento, sin fundamento, de los consumistas de fármacos habría que tratar de explicarlo apelando mejor a lo que es la naturaleza de la persona, que a las características, más o menos emblemáticas, de la actual cultura.

La persona es una realidad irrestrictamente abierta, cuyo centro se sitúa siempre fuera de sí. Una persona está tanto más centrada y es más madura, cuanto más pone el centro de su vida en los otros. Cuando la persona sitúa su centro en sí misma, se problematiza. Porque al curvarse sobre sí, desde sí, casi siempre se aburre y angustia. He aquí la naturaleza ex-céntrica del ser de la persona.

La cultura del narcisismo ha contribuido al agigantamiento del yo. Pero la hipertrofia del yo conlleva muchas veces el enanismo del tú. La relación entre un yo gigante y un tú enano casi nunca es satisfactoria. La relación con un tú enano agiganta el yo, pero también lo neurotiza. Una relación así no puede generar tejido social alguno, sino que más bien lo disuelve y, en consecuencia, produce aislamiento.

Por contra, las relaciones armónicas entre el yo y el tú consolidan y robustecen la salud de ambos. A la vez que fortalece y vigoriza el tejido social, funda el “nosotros”, que es donde de verdad la persona se realiza.

Raíces de la inmadurez

Ningún antidepresivo -aunque, en apariencia, su consumo haga crecer al propio yo- genera las consecuencias aludidas de la donación de sí mismo. Es probable que, en las personas que se automedican, los antidepresivos contribuyan al acrecentamiento del yo, pero a costa de la extinción del tú.

No es este el camino que hay que seguir para ser feliz; por el contrario, este es el sendero que conduce a la infelicidad personal. Cuanto mayor sea el acrecentamiento del yo, tanto más se robustece el pensamiento mágico infantil que aleja de la madurez y disminuye la capacidad de amar.

Consecuencias del agigantamiento del yo son, entre otras muchas, el aislamiento social, las experiencias de vacío existencial, la violencia o el enajenamiento y la huida de sí a través de las numerosas adicciones hoy de moda (alcohol, narcóticos, ansiolíticos, sexo, videojuegos, ordenadores, etc.).

Desde la ausencia del propio conocimiento, sólo cabe huir de sí mismo. Pero es ésta una actividad absurda que tiene su parangón en el mito de Sísifo, pues nadie puede huir de sí, desde sí. He aquí la raíz de la inmadurez de muchas personas en la actualidad. Es lo que sucede cuando se corre sin saber a dónde o se vive la vida sólo desde la máscara que no se es.

Aquilino Polaino-LorenteAquilino Polaino-Lorente es catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense (Madrid).(1) La fatigue d’être soi, Editions Odile Jacob, París (1998), 318 págs.