La eutanasia: una terrible carga sobre un niño

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Duración lectura: 2m. 32s.

Joni Eareckson Tada se quedó tetrapléjica con 17 años tras un accidente buceando. Después de un periodo de depresión, se convirtió en una defensora de la dignidad de las personas con discapacidad. Hoy tiene más de 60 años y ha fundado una institución con sedes en más de 15 estados norteamericanos.

Tras la reciente aprobación de la ley de eutanasia infantil en Bélgica, Tada en Time sobre cómo una sociedad occidental, concienciada con los derechos de los niños, ha podido llegar a esta decisión.

Desde su punto de vista, la eutanasia infantil impone una carga excesiva tanto para los padres, que se ven abocados a dar su consentimiento por el cariño que tienen a sus hijos, como para los propios menores, que aún “no pueden proyectar cómo será su vida con una enfermedad o discapacidad crónica”. Por otro lado, la activista sexagenaria señala la hipocresía de impedir el acceso de los menores a tabaco, drogas o alcohol, y dejarles solos ante la decisión de la muerte.

No obstante, en cierto sentido el paso dado por Bélgica era esperable. Para Tada, la eutanasia infantil no es más que una manifestación –si se quiere, más espectacular– de la condena que Occidente ha hecho de ciertas vidas. Cita el caso del “genocidio” de niños con síndrome de Down, que están siendo eliminados con el diagnóstico prenatal. Al menos, señala, la eutanasia infantil permite a los niños dar su opinión.

En un artículo publicado en Spiked, Kevin Lluil, autor de Assisted Suicide: The Liberal, Humanist Case Against Legalisation, escribe:

“Legalizar la eutanasia no es la acción propia de una sociedad compasiva. La compasión se invoca a menudo como razón para permitir la muerte voluntaria, pero tal idea supone abdicar de la relación más básica con los demás. Si alguno nos comunica su deseo suicida, nuestro papel como confidente es encomiar el valor de la existencia de esa persona, hacerle ver la bondad de la vida y ayudarle a que la vea en sí mismo. (…) Adoptar una postura neutral hacia el valor de la vida de otra persona no es compasión: es una negativa cobarde a aportar algo positivo a la vida de otra persona.

“La extensión de la muerte voluntaria a los niños representa una abdicación de lo que es una de las relaciones más fundamentales en la sociedad: la relación entre un niño y un adulto. ¿Es compasivo obligar a un niño a lidiar con temas tan existenciales y con la enfermedad? Si hay un sufrimiento intolerable, corresponde a los responsables del niño –sus padres y los médicos– adoptar la decisión conveniente. Dejar una pistola cargada junto al niño que sufre, como parece hacer la ley belga, carece de los elementos más básicos de la compasión y del cuidado”.