La crisis pasa factura a las políticas verdes

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Duración lectura: 2m. 57s.

Uno de los principales efectos de la crisis económica global es la reordenación de las prioridades políticas. Si cuando había dinero el cambio climático y las políticas verdes ocupaban un lugar predilecto en cualquier programa, la escasez presupuestaria ha provocado que este tipo de objetivos hayan quedado marginados en las filas de atrás.

Pero no han sido únicamente los gobiernos y parlamentos los que han sufrido desafección por lo verde, también los ciudadanos, a la luz de la situación económica, miran con otros ojos las políticas medioambientales. Si en 2006 el 62% de los alemanes se mostraba preocupado por la cuestión, hoy ese porcentaje se ha visto reducido al 42%. Parece lógico que Ángela Merkel haya incluido los objetivos medioambientales en los últimos recortes del presupuesto nacional

Según la encuesta de enero del Pew Research Center, los americanos sitúan el cambio climático en el puesto 21 en su ranking de preocupaciones. No es extraño, por tanto, que Barak Obama haya enfriado sus planes de recorte de emisiones de CO2. El mes pasado, el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, catalogó el cambio climático como una cuestión secundaria para los asuntos económicos globales y canceló la reunión de presidentes sobre medio ambiente, una cita que ha precedido todos los años desde 1994 el encuentro del G8 o del G20.

Si el porcentaje de australianos que considera el cambio climático un asunto clave sigue siendo importante, a pesar de disminuir del 75% al 53%, la devaluación de las políticas verdes en Australia ha tenido consecuencias mayores porque ha sido uno de los motivos de la dimisión de Kevin Rudd, primer ministro hasta hace unas semanas y principal abanderado de estas políticas en el panorama político de su país.

Motivos para el desprestigio y un nuevo escenario

Según el análisis de Stefan Theil en Newsweek, las políticas verdes pueden ser populares cuando gracias a ellas se impulsan las energías renovables o se persigue a las empresas poderosas con mala reputación; pero son más difíciles de defender cuando su aplicación tiene como consecuencia cambios en los modos de vida como conducir menos o utilizar menos piscinas. Aunque también hay otros motivos por los que las políticas verdes han perdido su inocencia desde 2007. En el ámbito político, los proyectos verdes desprendían cierto aroma de interés deshonesto. Los biocombustibles han llegado a convertirse en la nueva etiqueta de los viejos subsidios agrarios gracias a la cual se han canalizado unos 20.000 millones de dólares anuales hacia los terratenientes, sin que apenas haya servido para bajar el nivel de emisiones.

La nueva sobriedad reinante podría proporcionar mayor espacio a un tercer escenario de políticas medioambientales, situado entre aquellos que ven el cambio climático como una catástrofe que hay que parar a cualquier precio y aquellos que piensan que el calentamiento global es un engaño. El nuevo debate deberá ser más pragmático e incluir una amplia mezcla de políticas al respecto.

Parte del dinero gastado en las políticas medioambientales actuales con una eficacia limitada podría gastarse mejor en otras medidas, entre ellas la protección contra los peores efectos del calentamiento. Las preocupaciones económicas actuales son un recordatorio de que cada dólar gastado en placas solares o biocombustibles es un dólar menos para educación u otras prioridades presupuestarias.