Hijos de un donante

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¿Decírselo o no al hijo? La alternativa que antes se planteaba en las adopciones vuelve a surgir ante los hijos concebidos por fecundación artificial con donación de gametos por un tercero. En algunos países la donación asegura el anonimato, con lo que el hijo no puede conocer al donante; en otros se ha levantado el anonimato, porque se ha visto que no pocos hijos quieren saber.

Dominique Mehl, sociólogo francés, ha recogido en el libro Enfants du don los testimonios de familias que han recurrido a la donación de esperma o de ovocitos para tener un hijo. En una entrevista con Sandrine Blanchard publicada en Le Monde (13-02-2008) aborda, entre otras cosas, al problema del anonimato.

No todas las parejas reaccionan igual. “Para algunas mujeres, la ideología oficial -el gameto es una célula neutra- no plantea problemas. Para otras, el gameto no es una célula neutra, su existencia no es escamoteable”. Al ser madre por donación de un gameto, “las referencias familiares se enturbian”.

¿La donación se olvida cuando el niño ha nacido? “Todas las parejas reconocen que eso no se borra”. “Cuando el niño está ahí, poco a poco, la donación pasa a ser un recuerdo, algo del pasado, pero el pasado no se olvida”.

¿Hay que explicárselo todo al niño? Mehl afirma que “estamos actualmente en una contradicción terrible”. “Durante un tiempo ha dominado la cultura del secreto”, favorecida por los centros de donación que mantenían: “el gameto no da la paternidad, sois padres al 100%, ¿por qué hablar entonces de la donación?”.

Después, “la sociedad se ha visto alertada por la crítica de los secretos de familia hecha por los psicólogos y psicoanalistas”. Ahora, se incita a los padres a decírselo a los hijos, pues no es algo vergonzoso y los secretos pueden ser contraproducentes. “Hasta hora, el secreto y el anonimato se reforzaban mutuamente”, señala Mehl. “Ahora que la cuarta parte de los niños así concebidos conocen su historia, algunos de ellos se preguntan: ¿de dónde vengo, a quién me parezco?”.

A unos les dicen que han nacido “gracias a un gesto magnífico de un donante anónimo que ha proporcionado su gameto”, y se contentan con eso. “Otros consideran que si no es un gesto vergonzoso, si lo genético no es tan importante, ¿por qué poner una chapa de plomo sobre la identidad del donante?”

Mehl piensa que, al imponer el anonimato, la ley francesa discrimina al hijo que quiere saber. “Hay una desigualdad notoria entre los que están satisfechos con el anonimato y los que lo rechazan pero se encuentran ante un muro. Para estos, no hay ningún espacio de libertad, salvo si la donación se ha hecho en el extranjero, en un país donde se ha levantado el anonimato”.

Mehl reconoce que “es muy complicado” y que “muchos padres no lo revelan al hijo”. También se discute mucho sobre cuándo decirlo: “Cuando la revelación es tardía (después de la adolescencia) resulta bastante dramática. Los jóvenes se dan cuenta de que han vivido en un simulacro, en una especie de mentira. Todos confiesan que es una auténtica sacudida”.

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