Hijos de otro

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Duración lectura: 3m. 1s.

Al valorar los resultados de los métodos de fecundación artificial, se suele destacar sólo la alegría que produce tener al fin hijos. Pero el cómo no es indiferente. En el caso de la inseminación artificial con donante, saber que la mujer lleva en su seno el hijo de otro puede ser traumatizante para el marido. En un reportaje publicado en The Sunday Telegraph (Londres, 3-III-96), una mujer cuenta cómo, tras concebir gemelos de ese modo, la experiencia rompió su matrimonio.

En 1987, Susan (…) viajó a Londres para someterse a inseminación artificial, después de recoger el esperma donado. (…) “Aunque ahora pueda parecer raro, yo no sabía nada del donante; estaba demasiado nerviosa para hacer cualquier tipo de preguntas. Ahora es obligatorio firmar un documento en el que reconoces estar enterada del aspecto físico del donante”.

Cuando dos semanas después supo que estaba embarazada, no pudo contener las lágrimas de la emoción. Igual de eufórico parecía su marido. “Decidimos no contar a nadie nuestro caso. Pensamos que no tenía sentido decirlo a los niños, pues en cualquier caso nunca podrían saber nada del donante”.

Los problemas empezaron durante el embarazo. “Cuando los niños empezaron a moverse, John lo encontraba repugnante”. Para no enfrentarse con la situación, John se lanzó a una actividad frenética, precisamente cuando Susan más le necesitaba. Decidió que se mudarían de casa en torno al parto, y usaba la mudanza como excusa para no estar con ella y los bebés. “Cuando salí del hospital, él se puso increíblemente deprimido y lloraba constantemente. Yo rezaba para que se adaptara a la situación”.

No sucedió así. Nada más quedar embarazada Susan, abandonaron los planes de emigrar a Australia, pero menos de un año después del parto, John se empeñó otra vez en que debían marchar. Buscaron una casa, y tres meses más tarde, tras un viaje desastroso, regresaron a Inglaterra y compraron otra. “Yo intentaba que se enfrentase al problema, que hablase de los niños. Él decía que eran imaginaciones mías, que todo marchaba bien. Yo deseaba desesperadamente creerlo, así que me dejé convencer por él otra vez”.

Fue en noviembre de 1993 cuando Susan se dio cuenta de que su matrimonio estaba perdido. “Yo notaba su resentimiento. John era consciente de estar viviendo una mentira. No podía soportar tener que fingir delante de los demás, que no sabían que aquellos niños no eran hijos suyos”. Los gemelos eran morenos y de ojos negros, mientras que John y Susan eran rubios y de ojos azules. “Todos nos decían: ‘¿A quién han salido? No se parecen nada a vosotros’. Yo propuse decir la verdad, pero él se negaba. John pensaba que hacer así sería reconocer, no sólo ante sí mismo, sino también ante los demás, que él no podía ser tan cariñoso y atento con los niños como un padre natural.

“Cuando nuestro matrimonio se rompió, nadie podía creerlo. Éramos felices, afortunados, y finalmente teníamos los niños que tanto habíamos anhelado. Pero no podíamos disfrutar con ellos. Yo me sentía muy mal por causa de los niños. Quería para ellos una vida familiar normal y feliz. Les contaré que son hijos de un donante, para que puedan entender los sentimientos de John hacia ellos”.

“Algunas veces pienso que alguien allí arriba me estaba diciendo que no estábamos destinados a tener hijos”.