Francia: el número de abortos se mantiene estable y alto

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Duración lectura: 2m. 9s.

Desde la despenalización del aborto en Francia en 1975, el número de abortos se mantiene estable y alto, a pesar de las campañas de información. Teóricamente, la anticoncepción está muy desarrollada en Francia, pero la tasa de abortos, prácticamente sin cambios desde la despenalización, se encuentra entre las más altas de la Unión Europea (cfr. La Croix, 26-11-2014).

Las cifras son elocuentes: cada año se practican entre 210.000 y 220.000 abortos, frente a unos 800 mil nacimientos; una de cada tres francesas ha recurrido al aborto al menos una vez; también aumenta el número de mujeres que recurren al aborto dos o tres veces.

Lo llamativo es que, de acuerdo con informes oficiales, el 80% de las mujeres utilizan métodos anticonceptivos bajo prescripción médica, o bien preservativos o métodos naturales. En total, sólo el 3% de las mujeres sexualmente activas, que no quieren tener hijos, no usan ningún método anticonceptivo.

Por esto, el 72% de los abortos se realiza en mujeres que usan métodos anticonceptivos en el momento de la concepción y, en el 42% de los casos, con una contracepción “teóricamente muy eficaz (píldora o DIU)”, según la Inspección general de asuntos sociales. Además, se vende más de un millón de píldoras del día siguiente.

Si cuatro de cada diez embarazos no deseados se interrumpieron en 1975, ahora son seis de cada diez. El primer criterio de recurso al aborto es la inestabilidad de la pareja, según Nathalie Bajos, socióloga especialista de la sexualidad.

Dominique Quinio, directora de La Croix, recuerda cómo ha cambiado el espíritu de una ley que pretendía evitar la clandestinidad –y sus dramas–, más en términos de salud pública que de derechos humanos. El aborto, concebido entonces como último recurso, se ha banalizado, como reflejan las estadísticas.

En definitiva, no se han superado los sufrimientos psíquicos de las mujeres que abortan, el número de abortos no disminuye, y el papel más común del hombre es de inhibición o de presión sobre la mujer para que interrumpa su embarazo. Como concluye el editorial, “nuestro país parece haber fracasado en asegurar una educación sexual y afectiva responsable, accesible a todos, que prevenga los embarazos no deseados. Tal vez ha fracasado también en asegurar (en términos de vivienda, trabajo, recursos) la libertad de elección de las parejas para dar a luz a los hijos que deseen”.