Felicidad transhumana

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Duración lectura: 7m. 21s.

La ciencia se presenta a menudo como la panacea para resolver cualquier limitación y para entender qué es el hombre. Cada vez es más aceptado recurrir a fármacos para potenciar las capacidades de personas de buena salud, y no solo en el dopaje deportivo. Al ser fármacos costosos, surge también el riesgo de nuevas desigualdades sociales. Son tendencias estimuladas por lo que se presenta como un humanismo secular -objeto de la segunda parte de este análisis- que confía solo en la ciencia para explicar qué somos.

La potenciación artificial de todas las capacidades humanas -físicas, intelectuales y emocionales- cuenta con una batería de medios cada vez más sofisticados. Ciencias como la informática, la farmacología, la neurocirugía o la nanotecnología se aplican en la construcción de una verdadera utopía terapéutica cuyo objeto no son sólo las enfermedades, sino cualquier insatisfacción a la que quiera ponérsele remedio. Por su parte, y aunque al servicio del consumidor, el diván del psiquiatra advierte que no viene de Ikea con garantía incorporada de proporcionar el equilibrio mental.

Fármacos del bienestar

Entre los logros programáticos de la filosofía expuesta en la web www.transhumanism.org hay uno de nombre elocuente: la “euforia sustentable”, de que se dice goza ya una minoría tratada con antidepresivos. “Hoy en día -sostiene la página- se encuentran en desarrollo fármacos que prometen a un número creciente de gente el elegir reducir drásticamente la incidencia de emociones negativas en su vida”.

Aunque se reconoce que estas sustancias pueden tener efectos secundarios negativos para quienes las usan, los partidarios del “transhumanismo” confían en que el progreso de las investigaciones llevará finalmente a descartar estos riesgos y a concretar un ideal que explica el nombre del movimiento: “una era post-Darwinista en la cual toda experiencia adversa pueda ser reemplazada por niveles de placer más allá de la experiencia humana normal.

A medida que se desarrollen estas nuevas drogas más seguras, combinadas con terapias que actúen sobre nuestros genes, será posible la realidad de construir un paraíso terrenal”, reza la glosa del pensamiento de David Pearce, el filósofo británico del utilitarismo negativo cuyo manifiesto, El imperativo hedonista, abunda en estos principios.

Potenciar las aptitudes

Como ha señalado Étienne Klein, creador del Laboratorio de Investigaciones sobre las Ciencias de la Materia (Larsim) en el Comisariado para la Energía Atómica (CEA), la fe transhumanista parece entroncar con la mentalidad ilustrada y sus expectativas sobre el progreso.

El deseo del ser humano por mejorar sus aptitudes y condiciones mediante el uso de sustancias se pierde en la noche de los tiempos. El desarrollo actual de las ciencias cognitivas ha permitido establecer el mapa de las diversas regiones y funciones cerebrales, lo que hace posible ubicar con exactitud la zona que es necesario estimular para obtener un determinado efecto.

Esto puede lograrse mediante sustancias químicas (medicamentos), bien con estímulos eléctricos (captadores), e incluso a través de la interconexión del cerebro a prótesis internas o externas, como los “exoesqueletos” probados en el mundo del ejército y de ciertas industrias.

Las nanotecnologías, que permiten un trabajo a escala de millonésima de milímetro, ofrecen la posibilidad de dirigir y de dosificar el mensaje, químico o electrónico, de manera precisa. A la alianza de todos estos recursos es a lo que suele dársele el nombre de convergencia NBIC (nano, bio, informática, ciencias cognitivas).

Según señala un reportaje de Le Monde, las posibilidades ofrecidas por el genio genético emparejado a la convergencia de las NBIC permitirían manipular los genes y su expresión proteónica de cara a “mejorar” el desempeño biológico no sólo de un individuo, sino también de sus descendientes. Las investigaciones en materia de “epigenética”, es decir del estudio de las interacciones entre el patrimonio genético y el entorno, abren en particular nuevos horizontes: experimentos han mostrado que ha sido posible modificar la estructura genética de seres vivientes.

Efectos estimulantes

La realización del edén transhumanista aspira a la superación de los efectos colaterales implicados en el uso de los fármacos del bienestar. Pero la diversidad y la naturaleza de estas sustancias complican el panorama.

Están, por un lado, y quitando las drogas ilegales, ciertos medicamentos que poseen un efecto estimulante sobre las funciones biológicas, algunos de los cuales, agrupados bajo el rótulo de “psicoestimulantes y nootrópicos”, incluso se prescriben con aquel único objetivo. Los más frecuentes, sin embargo, son los que se administran para compensar una insuficiencia patológica, como los antidepresivos, los ansiolíticos o los medicamentos para la demencia (contra las enfermedades degenerativas del sistema nervioso, del tipo del mal de Alzheimer).

La anfetaminas, asimismo, descubiertas a finales del siglo XIX, fueron utilizadas en patologías pulmonares para dilatar los bronquios antes de que sus propiedades estimulantes pasasen a un primer plano. Como en el caso de la cocaína, se trata de sustancias que mantienen alerta y aumentan la actividad al favorecer la liberación de ciertos neurotransmisores (noradrenalina y dopamina) que van por el cerebro activando las células nerviosas.

Pero estos productos agotan las reservas de neurotransmisores, de modo que se hace necesario un tiempo de recuperación para que las células nerviosas sean capaces de volverlos a liberar. A este factor limitante se añade otro más serio: el riesgo de desencadenar una dependencia al producto.

Por otra parte, las anfetaminas y la cocaína provocan un fenómeno que acaba conduciendo a la privación del sueño, puesto que aumentan la fase onírica de nuestro descanso y con ella la posibilidad de pesadillas o de confusión mental, sobre todo para las personas mayores.

Riesgos y efectos secundarios

El uso de la anfetaminas se propagó en el curso de la Segunda Guerra Mundial entre combatientes de los dos bandos, y en particular entre los pilotos de caza. La guerra, en efecto, ha sido y sigue siendo uno de los grandes motores para el desarrollo de este tipo de sustancias.

Según un reciente informe médico del ejército de tierra americano citado por la revista Time, 12% de las tropas desplegadas en Iraq y 17% de las que sirven en Afganistán consumen regularmente antidepresivos (Prozac y Zoloft) y somníferos (Ambien). Estas cifras son probablemente inferiores a la realidad, porque muchos de los soldados afectados de PTSD (post-traumatic stress disorder, trastorno de estrés postraumático), no se atreven a contarlo a un médico o a un superior.

Una de las consecuencias más graves del PTSD es la multiplicación de los suicidios. Así, 115 soldados pertenecientes al ejército de tierra americano se suicidaron en 2007 (frente a 102 en 2006), lo que se traduce en una proporción de 18,8 casos por cada 100.000 hombres. Ahora bien, el 40% de las víctimas de suicidio en el ejército de tierra tomaba antidepresivos.

Finalmente, la forma en que los intereses económicos condicionan el uso de los medicamentos plantea serios dilemas. Se ha señalado, por ejemplo, que la producción anual de eritropoyetina (EPO) en el mundo supera cinco o seis veces la cantidad necesaria para cubrir las necesidades terapéuticas (tratamiento de anemias o de insuficiencias renales). Una de las explicaciones apunta a la existencia de un importante mercado negro destinado a los deportistas.

La potenciación de las capacidades humanas mediante este dopaje científico plantea también el riesgo de nuevas y más drásticas desigualdades. Hasta ahora eran fuente de desigualdad el nacimiento, la educación, el entorno social, en fin, las condiciones de vida. Y se consideraba un signo de progreso la implantación de la igualdad de oportunidades que iría reduciendo esas diferencias. En cualquier caso, hay una naturaleza humana común -lo que los hombres comparten sean cuales sean sus condiciones de vida- y la lotería genética se encarga de redistribuir la dotación de cada individuo.

Sin embargo, ahora el progreso científico puede ir a contracorriente del progreso social. Los más ricos podrían también pagarse esas “prótesis tecnológicas” que potenciarían su inteligencia, su rendimiento en el trabajo, su resistencia al estrés. Esto les permitiría diferenciarse más aún de sus semejantes, con lo que se favorecería una jerarquía no solo social sino genética. Cabe preguntarse si esto no llevaría a diluir la idea de una especie humana común y a ver a los menos dotados como servidores de los otros.

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