“Eva mitocondrial” y “Adán cromosoma Y” vivieron en África

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Duración lectura: 10m. 28s.

En los orígenes del árbol genealógico de la humanidad
La genética indica que la humanidad desciende de un mismo tronco común: una “Eva” que ha dejado su huella en el ADN de las mitocondrias, transmitido solo por vía materna, y un “Adán” descubierto en los genes del cromosoma Y, que pasa de padre a hijo. Las recientes investigaciones no prueban el monogenismo que aparece en la Biblia, pero muestran que es posible, contra los neodarwinistas que siempre lo habían rechazado por principio.

Hasta hace dos décadas, y durante más de un siglo, los fósiles han sido los protagonistas indiscutibles en el escenario que trata de reconstruir el pasado evolutivo de la humanidad. Pero ese cuadro ha cambiado drásticamente, gracias al extraordinario desarrollo de la biología molecular y de la genética. Ahora son los genes (actuales o antiguos) quienes reclaman ese protagonismo, pues en ellos -y no sólo en los fósiles- se encuentran las claves de nuestro pasado.

De los fósiles a los genes

La filogenia molecular ha encontrado una amplia gama de marcadores genéticos que están abriendo en este campo nuevas y prometedoras perspectivas. Una de ellas proviene del estudio de los genes contenidos en las mitocondrias (ADN mitocondrial, o ADNmt), que se transmiten sólo por vía materna. La tasa de mutaciones del ADNmt es bastante más alta que la del ADN del núcleo de las células, y por esta razón aporta elementos de gran valor para cuantificar la divergencia genética de las poblaciones humanas en función del tiempo.

Si el origen del hombre moderno aconteció en África, como parecen indicar los datos genéticos, cabe esperar que las poblaciones africanas muestren mayor heterogeneidad genética que las otras, al tener un origen más antiguo. Efectivamente, eso es lo que sucede, tal como ya puso de manifiesto el estudio -uno de los grandes hitos en la historia de la biología evolutiva moderna- llevado a cabo en 1986 por Cann, Stoneking y Wilson, de la Universidad de California en Berkeley (1).

Otra prueba proviene de los estudios multidisciplinares dirigidos, durante los últimos años, por L.L. Cavalli-Sforza, de la Universidad de Stanford (2). Gran parte de su trabajo se ha centrado en las correspondencias que existen -y que son, no cabe duda, sorprendentes- entre la distribución de genes y de lenguas en el árbol filogenético de las principales etnias humanas. Correspondencias que, por lo demás, muestran claras concordancias con datos de tipo arqueológico, geográfico, ecológico, etc.

África, cuna de la humanidad

La hipótesis de la Eva mitocondrial dio mucho que hablar a la comunidad científica a finales de los ochenta. Dicha hipótesis proponía que toda la humanidad desciende de una mujer -pronto sería conocida como Eva negra- que vivió en África hace entre 190.000 y 200.000 años.

Basándose en el análisis del ADNmt de 147 mujeres procedentes de diferentes regiones geográficas, Wilson y sus colaboradores buscaban un sistema capaz de “tirar del hilo genético”, por así decir, hasta llegar a la mujer que habría aportado las mitocondrias de todos los humanos actuales, o sea, hasta la primera madre del hombre moderno (Homo sapiens). Descubrieron que los ADNmt del grupo formado por mujeres africanas mostraban entre sí una mayor diversidad que la observada dentro del grupo que incluía al resto de poblaciones analizadas, lo cual se interpretó como una clara prueba de que la población africana era la más antigua de todas.

Wilson y sus colaboradores calcularon también el tiempo transcurrido desde el momento en que se produjo la separación de todas las líneas de ADNmt. Sus resultados fueron una auténtica bomba informativa: el hombre moderno racialmente indiferenciado apareció hace unos 200.000 años y solamente en África. Lo cierto es que desde que se publicaron las conclusiones de la investigación, esta se ha venido considerando como uno de los pilares más sólidos del modelo de dispersión de África (modelo Arca de Noé), según el cual todos los humanos actuales se remontan a un tronco materno común, una población africana, en la que, al parecer, convergen todas las líneas de ADNmt (ver servicios 89/89 y 24/96).

En 1995, un equipo de investigadores japoneses dirigido por Satoshi Horai, intentó precisar más la antigüedad de Eva mitocondrial. Sus resultados sugieren que esa mujer (o población de mujeres) vivió en África hace 143.000 años. Posteriores análisis realizados por el mismo equipo, sobre la base de la diversidad genética observada en treinta poblaciones humanas de todo el mundo, revelan una buena concordancia entre la relación genética y la distribución geográfica de dichas poblaciones. En efecto, la mayor diversidad genética (superior al 2%) se da en las poblaciones africanas, y la menor (en torno al 1%), en las europeas. La población africana, entonces, habría divergido antes que las demás poblaciones, lo que refuerza adicionalmente la teoría que defiende el origen africano de nuestra especie.

Además, la datación de Horai concuerda mejor con la que se atribuye -a partir del registro fósil- a los ejemplares de Homo sapiens más antiguos. Los fósiles humanos con rasgos primitivos de Homo sapiens hallados en Sudáfrica y en África oriental, cuya antigüedad se cifra en unos 120.000 años, suelen ser citados, en efecto, como un indicio más de la monogénesis africana.

Las mil hijas de Eva

La mayoría de los investigadores de nuestros orígenes comparten posturas decididamente neodarwinistas, es decir, poligenistas. Algunos llegan a afirmar que el número de mujeres de las que supuestamente descendemos los humanos actuales nunca fue inferior a mil, ni superior a cinco mil.

En cualquier caso, se trata de apreciaciones basadas en cálculos estadísticos y simulaciones por ordenador que quizás tienen poco que ver con lo que realmente ocurrió. Resulta muy significativo que algunos destacados poligenistas, como Francisco Ayala (Universidad de California en Irvine), presidente de un simposio sobre el pasado genético humano celebrado este año (3), admitan la posibilidad de un escenario diferente: “Teóricamente -explica Ayala-, es posible que una especie descienda de una sola hembra gestante…” (La Vanguardia, 7-V-2001). Y es que, en efecto, la historia -el “mito”, suelen decir los poligenistas- de la pareja que funda una especie, Adán y Eva, es hoy posible para la biología. Lo ha sido, de hecho, en otras especies, como lo demuestran las 600 variedades genéticas de moscas drosófilas que viven actualmente en Hawai, descendientes todas ellas de una sola hembra fecundada.

Los científicos siguen buscando respuestas al que, todavía hoy, continúa siendo el problema central de la biología de la evolución: ¿cómo nace una especie?, y de nuestra propia historia evolutiva: ¿cómo nació la especie humana? Desde el punto de vista científico, no se puede negar a priori (aunque tampoco afirmar) que toda la humanidad proceda de una única pareja (monogenismo), y que en tiempos más recientes (hace tal vez unos 150.000 ó 200.000 años) el suelo africano estuviese ya poblado por varios miles de Evas mitocondriales descendientes de esa primera pareja. En todo caso, los resultados que obtuvo el equipo de Wilson, y otros datos genéticos, muestran como algo más que plausible la posibilidad -tantas veces descartada, sin verdaderas razones para hacerlo- de que el hombre moderno surgiese a partir de una sola pareja, y no necesariamente como consecuencia de la evolución de una población de individuos, como tratan de imponer los postulados neodarwinistas.

Adán cromosoma Y

Si el valor de los genes mitocondriales en estos trabajos resulta evidente, por transmitirse intactos y sin mezclas de madres a hijas, otro tanto cabe decir de los que se transmiten -también sin mezcla- de los padres (varones) a los hijos varones. Esos genes se encuentran en la sección no recombinante del cromosoma sexual masculino (cromosoma Y). Investigaciones llevadas a cabo en este cromosoma en 1986 (4) ya apuntaban en la misma dirección que las realizadas por el equipo de Wilson sobre el ADNmt por aquellas mismas fechas.

Más recientemente, un equipo internacional de científicos dirigido por Peter Underhill (5), de la Universidad de Stanford, ha estado buscando en ese cromosoma a nuestros antepasados en la línea paterna, es decir, al denominado Adán cromosoma Y, que sería teóricamente (en términos genéticos) el homólogo de Eva mitocondrial. Con datos procedentes de 1.007 hombres de 22 áreas geográficas distintas, este equipo ha dibujado un árbol genealógico de la humanidad, llegando a la conclusión de que nuestro ancestro común, o sea, el hombre (o población de hombres) cuyos genes del cromosoma Y aparecen hoy en todos los varones del mundo, vivió también en África.

Eso no ha hecho sino confirmar lo que muchos ya esperaban. Lo que más ha sorprendido de ese estudio es que el susodicho ancestro apareció hace tan sólo 59.000 años, o sea, 84.000 años después que Eva mitocondrial. A primera vista, el nuevo dato parece poner en aprietos a los partidarios de un origen monogenista. Y eso es lo que, con un cierto toque de ironía, expresaba la nota informativa que la revista Nature Genetics -quizás para dar mayor atractivo a la investigación realizada- hizo circular poco antes de la publicación del artículo: “Adán y Eva -decía la nota- quizás no se conocieron”.

La Biblia y la genética

Uno de los riesgos derivados del uso, en esta clase de trabajos, de nombres bíblicos (Adán, Eva, Noé…) es el de sacar “demasiadas conclusiones”. Simplemente, no procede cotejar unos datos científicos con otros que no lo son. Ciertamente, es difícil no pensar, aunque sólo sea de pasada, en los personajes bíblicos cuando se leen informaciones relacionadas con Eva mitocondrial o con Adán cromosoma Y.

Pero hay que aclarar que cuando se habla de Adán y Eva, en términos genéticos, se alude a poblaciones y a los genes detectados en ellas, y no a los personajes que conocemos por el Génesis. Esas denominaciones son sólo modos de referirse a los troncos comunes en los que, según los datos científicos, parecen converger los linajes humanos masculino y femenino. Desde luego, no pretenden ni mucho menos desvelar la edad, ni la historia (o cualquier otro rasgo) de los primeros padres de la humanidad que aparecen en la Biblia. Lo único que plantea el dato de Underhill es una contradicción entre distintas dataciones, que muy bien puede deberse a la imperfección de los métodos disponibles (ver servicio 75/01).

El hecho de que biológicamente haya explicación o no al monogenismo (que la hay) no es una cuestión especialmente relevante. Algunas investigaciones genéticas recientes hablan de una reestructuración cromosómica (debida al paso de información del cromosoma X al Y), como posible mecanismo de especiación humana (6). Se trataría de una reestructuración, fuerte y drástica (un “salto”, y no una acumulación gradual de mutaciones en una población), que, según algunos genetistas, posibilitaría un monogenismo desde un solo hombre. La ciencia quizás acabe dando datos en esta línea de investigación. Entre tanto, sigue prevaleciendo entre los científicos el prejuicio neodarwinista, que ofrece la especiación poblacionista como único modelo. Ahora bien, mientras perdure la incógnita en torno al problema de la especiación humana, estaremos moviéndonos, tanto en un campo como en otro, en el terreno de las hipótesis.

Octavio Rico_________________________(1) Cann, R., Stoneking, M. y Wilson, A., “Mitochondrial DNA and Human Evolution”, Nature 1987; 325:31-36.(2) Cavalli-Sforza, L.L., Menozzi, P. y Piazza, A., The History and Geography of Human Genes, Princeton University Press, 1995.(3) Jornadas sobre “Evolución molecular humana”, Museo de la Ciencia de la Fundación “La Caixa” (Barcelona, 24-25 abril 2001).(4) Ngo, K.Y., Vergnaud, G., Johnsson, Ch., Lucotte, G., y Weissenbach, J., “A DNA Probe Detecting Multiple Haplotypes of the Human Y Chromosome”, Am. J. Hum. Genet. 1986; 38:407.(5) Underhill, P. et al., “Y chromosome sequence variation and the history of human populations”, Nature Genetics 2000; 26:358-361.(6) Cfr. Natalia López Moratalla, “Origen monogenista y unidad del género humano: reconocimiento mutuo y aislamiento procreador”, Scripta Theologica 32 (2000/1):205-241.