En favor de las madres y de los niños no nacidos

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Duración lectura: 12m. 30s.

I Encuentro Nacional de Centros de Ayuda a la Mujer
Cuando una mujer encuentra dificultades para llevar a término su embarazo, hay quien considera que su problema se resolverá en una clínica abortista. En cambio, otros gastan desinteresadamente tiempo y dinero en proporcionar una ayuda que mejore las condiciones de vida de la madre y le facilite la acogida del hijo. Esta es la labor de los centros de ayuda a la mujer, que acaban de celebrar en Madrid su primer encuentro nacional, organizado por la Federación Española de Asociaciones Pro Vida.

“En el Encuentro se han reunido, por primera vez en España -explica María Teresa Ferns, presidenta de la Asociación en Defensa de la Vida Humana (Adevida)-, personas y entidades que realizan actividades de acogida y ayuda a mujeres embarazadas con problemas. Su finalidad ha sido presentar respuestas adecuadas y concretas a esas madres para que eviten considerar el aborto como solución a las situaciones angustiosas de soledad, pobreza, inseguridad, marginación o rechazo”.

El balance de la ayuda a la vida

Las residencias, centros, servicios y teléfonos de ayuda a la vida han logrado atender a miles de madres, que han tenido y guardado a sus hijos “al ofrecerles verdaderas soluciones a sus problemas específicos, ya fueran educativos, sanitarios o económicos”, asegura Belén de la Concha-Castañeda, de Adevida Sevilla. “También hemos impulsado acciones concretas para que cada niño, después de haber sido acogido, sea atendido y educado durante los primeros años de su vida”, añade sor Alicia Fernández Vega, del Hogar Santa Isabel de Barcelona.

El balance de la ayuda a la vida fue positivo en 1993. Los centros de veinte provincias, representados en este encuentro, entrevistaron a 2.086 mujeres embarazadas que atravesaban dificultades: 454 fueron acogidas en residencias maternales, pues no disponían de alojamiento ni comida, y sus hijos nacieron; otras 882, que vivían con sus familias, pudieron dar a luz gracias a la información y las ayudas de esos centros; 671 madres de recién nacidos recibieron ayudas económicas y alimento. En total, 2.007 mujeres atendidas.

Responsabilidad sexual

Aunque la principal tarea de estas asociaciones es “defender la vida, sencillamente”, la experiencia de la Fundación Pro Vida de Cataluña, en sus siete años de andadura, ha confirmado la urgencia de la tarea de prevención. “Educar en la responsabilidad sexual -afirma la doctora Dolores Voltas- es una tarea ineludible. La responsabilidad lleva a no realizar los actos que pueden dar lugar a una nueva vida si ésta no va a poder ser acogida con la dignidad y el respeto que merece. La educación en la responsabilidad sexual es una tarea preventiva necesaria para la protección de la vida humana antes de su inicio”.

En la labor de acogida, las voluntarias de los centros de ayuda a la mujer comprueban que llegan a los centros bastantes mujeres embarazadas a edad temprana o en el ejercicio de la prostitución.

“Nuestra tarea de acogida -explica la Fundación Pro Vida de Cataluña- debe ayudar a comprender que la vida humana, también en las primeras etapas, tiene dignidad propia, independientemente de las circunstancias en que ha sido engendrada. Las circunstancias no manchan la dignidad del ser concebido y no nacido. La mejor protección a la vida del concebido es acoger adecuadamente a la madre como depositaria insustituible de esta vida que ya ha comenzado”.

Un enfoque positivo

Los casos reales hechos públicos durante el congreso demuestran que, para defender la vida del niño, hay que ayudar a la madre, intentando mejorar, en lo posible, sus condiciones de vida y su nivel de instrucción.

La experiencia de estos años enseña, según Matilde Pérez Jover, presidenta de la Fundación Pro Vida de Alicante, que la acogida y el afecto hacia las madres son imprescindibles en las actividades que quieran fomentar una cultura de la vida.

Para muchas de las voluntarias pro vida, otra enseñanza es que “hay que fundamentar la defensa de la vida en la verdad, en la moral y en el rigor científico, unidos al amor concreto por las personas”. Como también que es “más positivo tener confianza en el fondo de bondad y honradez del corazón humano, que limitarse a denunciar el mal”. Por eso, para combatir el aborto es “preferible suscitar la admiración por la vida, que denunciar agresivamente el homidicio de los niños en gestación. Se consiguen mejores resultados mostrando la maravilla de la generación que con imágenes truculentas, aunque en determinadas ocasiones tengan que presentarse”.

El tiempo es primordial cuando se trata de salvar vidas humanas: “Las ayudas deben ser inmediatas, eficaces y personalizadas. Deben adaptarse a cada madre y situación concreta”.

Acogida y comprensión

El encuentro ha puesto de relieve que la “acogida, la comprensión y la estima hacia la mujer, portadora de vida, y hacia las familias necesitadas son imprescindibles para superar actitudes y comportamientos de miedo o rechazo a la vida y fomentar un ambiente y una cultura que la acepte y la respete”.

La segunda conclusión afirma que es preciso respaldar las residencias, centros y servicios de ayuda existentes y promover otros nuevos, “porque el respeto a la vida humana se favorece y se demuestra con gestos concretos y continuados y disponibilidad hacia la vida naciente”.

Además son imprescindibles las acciones de apoyo a la mujer sola con niños a su cargo. Este apoyo debe paliar, en el desarrollo y educación de sus hijos, las situaciones de rechazo o injusticia en que hayan sido concebidos.

La cuarta conclusión del encuentro ofrece un perfil del voluntario pro vida. “Las personas que quieran dedicarse a esta tarea de solidaridad y ayuda deben mostrarse acogedoras, afectuosas, comprensivas y constantes, porque cada caso requiere un seguimiento continuo. Deben ser capaces de dar ánimo y de transmitir a la futura madre la seguridad de que puede llevar adelante su maternidad. Sobre todo, deben ser personas equilibradas, de criterios sólidos, fundamentados en una amplia experiencia personal y de valores humanos y trascendentes que guíen su propia vida”.

Por último, los participantes apelan a la responsabilidad ciudadana y pública. Las personas individuales, las instituciones sociales y las administraciones públicas tienen “el deber de impulsar una política clara y llevar a cabo acciones concretas en favor de la vida y las familias, para que cada niño sea acogido desde la concepción; y atendido, educado y promovido en su desarrollo hacia la madurez humana”.

Promover una cultura de la vidaCon ocasión de este I Encuentro nacional entrevistamos a Dolores Voltas i Baró, médica, secretaria general de la Federación Española de Asociaciones Pro Vida.

Dolores Voltas es una de las cuatro personas que crearon en España la primera asociación para promover el respeto a la vida humana: “Nació en Barcelona en 1976. No era una respuesta a la ley del aborto, porque no había ninguna ley en España. En aquel momento vimos necesario promover el respeto a la vida. Mujeres que abortan siempre las ha habido y, por desgracia, seguirá habiendo. Pretendíamos inculcar, empezando por los jóvenes, el valor y la gran dignidad que posee cada persona”.

La doctora Voltas explica que, desde el comienzo, “nos hemos dedicado a dos cosas: a ayudar a las futuras madres con dificultades y a promover una cultura de la vida, sobre todo entre la gente joven. Porque si de jóvenes respiran este ambiente, cuando sean mayores no caerán tan fácilmente en la situación en que ahora caen muchas chicas”.

El objetivo último de todas estas asociaciones pro vida es aportar ideas para una cultura de la vida. “Si, además de ayudar a las madres a tener un embarazo feliz, no se fomenta el respeto por la vida humana, el trabajo queda cojo. No consiste en poner parches o simples remedios. Lo que deseamos es que los jóvenes crezcan en una cultura en favor de la vida. ¿Resultados? Cada vez tenemos más jóvenes que colaboran con nosotros. Nos ha sorprendido incluso a nosotros. Se han dado cuenta de que tienen que comprometerse ayudando a los demás”.

— ¿Nos podría hacer un balance de este primer encuentro nacional?

— Lo que hemos visto en estos dos días nos llena de alegría por los buenos resultados que estamos obteniendo gracias al trabajo y esfuerzo desinteresado de tantos voluntarios, personas que -después de sus ocupaciones profesionales- dedican tiempo a ayudar a los demás. Lo hacen sólo por solidaridad humana, por sensibilidad ante los problemas ajenos. En este caso, el problema de la mujer que se siente asustada ante la maternidad o sin ánimos para llevarla adelante. Porque el nacimiento de un nuevo hijo comporta sacrificio, gastos y -para muchas madres- poca esperanza en el futuro. Esto les sucede a muchas jóvenes ante la llegada, por ejemplo, del tercer o cuarto hijo. Y más aún si la mujer se encuentra abandonada por su pareja justamente ante el inminente nacimiento de un hijo del que el marido no quiere saber nada.

— ¿Qué pasa con estas mujeres?

— En ellas se produce un desgarrón tremendo. Surge una lucha entre el instinto natural de conservar a su hijo y el de quitarse ese “peso” de encima. Si, en ese momento, alguien le tiende la mano -pero tal como ella la necesita y no como nosotros queramos-, si verdaderamente solucionas lo que es su problema, esa mujer casi siempre acepta, desea y quiere a su hijo. Porque el hijo no es el problema. Lo que resulta un problema son las circunstancias que rodean la llegada del niño. Si nosotros arreglamos esas circunstancias, le puedo asegurar que el hijo nace y su madre es feliz.

— ¿De dónde le viene esa felicidad?

— Proviene de que, instintivamente, una mujer es feliz al ser madre. Hay que ser solidarios con los que sufren o necesitan nuestra ayuda. Y la solidaridad debe abarcar el futuro, representado por los hijos. Si una mujer embarazada y agobiada ve que la ley le abre el camino del aborto, esa ley le facilita caer en él. Vamos a hacer lo contrario; vamos a ayudarla a sacar adelante a ese hijo. Es lo que estamos haciendo voluntariamente, con escasez de recursos económicos. Acabamos de constituir una fundación en Cataluña con trescientas familias. Y buscamos otras fuentes de financiación. Por ejemplo, en Córdoba, Adevida ha organizado un “baratillo” para recaudar fondos. Muchas familias cordobesas han regalado lo que tenían: cerámica, cuadros, bronces, perfumes, ropa, bisutería. El año pasado ya sacaron varios millones, todos destinados a los centros de acogida y a las residencias para mujeres sin techo.

— ¿Reciben ayuda estatal?

— Ninguna, ni siquiera de los fondos del Ministerio de Asuntos Sociales. Lo han pedido individualmente algunas asociaciones pro vida. Pero se les ha denegado porque, decían, no eran de ámbito nacional. Sólo obtenemos dinero de particulares y de varias Comunidades Autónomas, que ayudan a algunos centros o residencias para madres porque hacen un trabajo de ayuda social del que carecen en la Comunidad. También el Ayuntamiento de Madrid colabora económicamente con el centro de acogida de la capital. No tenemos empresas patrocinadoras, pero nos dirigimos allí donde nos puedan dar algo; por ejemplo, bancos de alimentos, excedentes de la Unión Europea, empresas con productos a punto de caducar y que deben retirar del mercado. Aprovechamos también las ofertas de alimentos enlatados que hace tres veces al año la Cruz Roja Internacional.

No obstante, la responsabilidad es de todos: de los particulares, los poderes públicos y la sociedad. Yo no soy partidaria de que el Estado deba hacerlo todo. Todo lo que podamos hacer los particulares no tiene que hacerlo el Estado. Pero, por lo menos, que no ponga trabas. Y si hay unos presupuestos de ayuda social, podría contar con nosotros, que estamos cubriendo una parte muy importante. En este momento, incluso desde un punto de vista pragmático, la política natalista está en el candelero. España es el país con el índice de fecundidad más bajo de Europa y donde ha caído de manera más vertiginosa. Y un país que no llega a reemplazar sus generaciones tiene un futuro negro. Europa es ya el continente de los viejos.

Una ayuda para cada casoEn algunas de las conferencias del congreso se relataron casos reales de mujeres que han podido reorganizar su vida y conservar la de sus hijos gracias a la colaboración de los centros de ayuda social.

Juani, sola y sin trabajo.— Juani, huérfana desde niña, trabaja como camarera. Un día conoce a un chico y se enamoran. Una tarde descubre que está embarazada. Ella quiere a su hijo y también al padre de su hijo. Pero su novio huye. “De nuevo la soledad -piensa Juani- y, encima, embarazada”. Pasan los meses y, por su embarazo, la echan del trabajo. Juani se encuentra en la calle, sin dinero, sin trabajo, brutalmente sola. Acude a Adevida y allí recibe ayuda y, sobre todo, se siente acogida, querida. Nace su hijo. El padre lo reconoce y se casa con Juani. Los padres de su marido quieren ahora a Juani como a una hija y están muy agradecidos por la ayuda que otros le prestaron cuando más lo necesitaba.

María, enferma en el extranjero.— Vino a España desde Ecuador, acompañando a su marido, que cursaba estudios de postgrado. La beca cubre las necesidades del matrimonio. Pero María, con diabetes e hipotiroidismo, se queda embarazada. Lejos de su familia, con dificultades económicas y enferma, María necesita sobre todo ayuda psíquica. Adevida se la facilita. Tiene un aborto espontáneo que la sume en una depresión. De regreso a su país, escribió al centro de Barcelona para darles las gracias de nuevo por la ayuda médica y la atención que había recibido. En su última carta, de hace días, está radiante de alegría: espera un hijo.

Con rubéola.— María E., de 33 años, espera su segundo hijo. El mayor pasa la rubéola. Le han aconsejado abortar para evitar que “le nazca un monstruo”. María acude a un centro pro vida, donde es atendida por un médico perinatólogo, que le aclara concretamente las posibilidades de que su hijo nazca con alguna minusvalía y el grado de incapacidad que puede suponer. María escucha atentamente. Regresa a su casa y, pasados unos días, vuelve al centro para comunicar que ha decidido seguir adelante con el embarazo.

Carlos Cachán