El SIDA y los nuevos tabúes

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Duración lectura: 4m. 8s.

Contrapunto

La carta pastoral del arzobispo de Barcelona, cardenal Ricard María Carles, en la que critica que las campañas oficiales de prevención del SIDA se centren sólo en el uso de preservativos, ha dado lugar a una de esas polémicas artificiales que periódicamente se orquestan en torno a la información religiosa. El País saca destacada la noticia en primera página, y le dedica un editorial, presentándola como la prueba de la “línea conservadora” que quiere imponer la nueva cúpula de la Conferencia Episcopal. Poco importa que la carta estuviera escrita antes de esos cambios en la Conferencia y que otros obispos hayan dicho lo mismo antes. Después se hace una ronda para recabar opiniones con respuesta pagada -desde Izquierda Unida a un colectivo gay, pasando por una asociación de teólogos “críticos”- para demostrar lo indignada que está la ciudadanía con los obispos. Y se deja caer la idea de que quien se atreva a poner en duda la eficacia de estas campañas incurre poco menos que en un delito contra la salud pública.

Lo curioso es que, de repente, se atribuya tanta importancia a la carta de un obispo. Muchas veces se nos asegura que ni tan siquiera los católicos se guían en su comportamiento sexual por lo que enseña la Iglesia. Sin embargo, ahora una simple “reflexión de Cuaresma” de treinta líneas es presentada como si tuviera el poder de echar abajo las prédicas a favor del preservativo que se nos dirigen machaconamente desde la televisión y las vallas publicitarias.

¿Por qué tanto interés en que la Iglesia apoye las campañas en favor del preservativo? Pues toda esta polémica es bastante artificial. Aquellos que ajustan su conducta sexual a las enseñanzas de la Iglesia -abstinencia antes del matrimonio o fidelidad a la pareja no infectada- tienen una protección natural contra el SIDA y no necesitan para nada del preservativo. En cambio, quienes llevan una vida sexual con parejas múltiples y encuentros episódicos es señal de que no siguen los criterios de la moral cristiana, y por lo tanto les trae sin cuidado lo que digan los obispos. Utilizarán los preservativos si les da la gana, no por lo que recomienden o critiquen las cartas pastorales que no leen.

En teoría, los responsables de estas campañas de prevención del SIDA aseguran que se trata de conseguir cambios duraderos en el comportamiento sexual, para reducir así los riesgos de infección. En la práctica, sólo se inculca la utilización del preservativo, presentándolo como algo normal, por no decir indispensable. Y como la Iglesia católica considera que esto favorece un comportamiento sexual irresponsable, se la acusa de no colaborar en la prevención de la epidemia.

En realidad, la Iglesia católica trabaja para prevenir el SIDA al promover, antes y ahora, una conducta que implica autocontrol y no trivializar el sexo, lo cual aleja el riesgo de infección. Cosa que no pueden decir los que alentaron la idea del “todo vale”, y que hoy intentan paliar sus consecuencias con el eslogan del “sexo seguro”.

Las críticas a la Iglesia por no subirse a este carro revelan el malestar de una mentalidad acostumbrada a buscar remedios técnicos para problemas que de hecho exigen un cambio de conducta. Lo malo es que en este caso el remedio técnico es precario frente a un riesgo grave. Y, a falta de una vacuna, se intenta darle patente de nobleza con aprobaciones sanitarias a las que se desearía añadir las bendiciones de la Iglesia.

Pero ante la difusión del SIDA, la estrategia del “sexo seguro” es un mero paliativo. La vía eficaz de prevención consiste en un esfuerzo educativo para proponer unos criterios sanos de conducta sexual. En eso está la Iglesia católica, que defiende una concepción del sexo basada en el dominio de sí, la responsabilidad y el respeto del otro. Se trata también de una prevención coherente. Pues no se puede pretender que los jóvenes descubran una visión de la sexualidad basada sobre el amor y la responsabilidad, y al mismo tiempo distribuir preservativos en los colegios.

Si algo revela esta artificial polémica es que en nuestra sociedad pluralista y crítica no se tolera que alguien discrepe respecto al mejor modo de prevenir el SIDA. Cuando creíamos haber superado todos los tabúes sexuales, descubrimos que el preservativo es el nuevo tabú, la norma sexual que no se puede transgredir. La fidelidad a la pareja se considera irreal, pero se exige una fidelidad sin falla al preservativo. Y si los obispos no lo entienden, es que no están en contacto con la realidad de El País.

Ignacio Aréchaga

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