El precio del alarmismo ecologista

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Duración lectura: 2m. 31s.

Nicholas Kristof sostiene en “International Herald Tribune” (14 marzo 2005) que las alarmas exageradas han dañado la credibilidad del movimiento ecologista.

Kristof señala, como muestra de crisis en el ecologismo, un escrito que circula desde hace meses en Internet y ha provocado una viva polémica en el seno del movimiento. Se titula “La muerte del ecologismo”, y en él los autores, Michael Shellenberger y Ted Nordhaus, afirman: “El ecologismo moderno, con todas sus suposiciones no comprobadas, conceptos anticuados y estrategias agotadas, debe morir para que pueda vivir algo nuevo”.

El diagnóstico es acertado, a juicio de Kristof. El ecologismo, dice, se ha debilitado y es mucho menos popular e influyente que antes.

La principal razón es que “los grupos ecologistas son, demasiado a menudo, alarmistas. Tienen un historial deplorable, por lo que han perdido credibilidad ante la opinión pública. Algunos hacen un buen trabajo, pero otros son como el equivalente, en la izquierda, de los neoconservadores: rebosantes de certezas morales y de celo ideológico, pero vacíos de matices”.

Kristof menciona algunas exageraciones de los ecologistas. En los setenta advirtieron que el oleoducto de Alaska, a la sazón en proyecto, haría desaparecer los caribús; desde entonces, la población de caribús se ha quintuplicado. Paul Ehrlich predijo en “The Population Bomb” (1968) grandes hambrunas a finales del siglo pasado, con centenares de millones de muertos, a causa de la superpoblación. En cuanto al cambio climático, Kristof cita un artículo de 1975 en “Newsweek”: “Los meteorólogos discrepan sobre las causas y el alcance del enfriamiento de la Tierra, pero coinciden de modo casi unánime en que esta tendencia reducirá la productividad agrícola en lo que queda de siglo”.

“Este historial -comenta Kristof- debería enseñar un poco de humildad a los ecologistas. Los problemas son reales, pero la incertidumbre no lo es menos. Los ecologistas tenían razón, por ejemplo, cuando advertían que el DDT era una amenaza para las águilas calvas, pero la prohibición absoluta de usarlo se ha traducido en centenares de miles de muertes por malaria en el Tercer Mundo”.

Algunos, sin embargo, creen que el alarmismo ha sido beneficioso, al llamar la atención sobre problemas ecológicos con los que de otro modo no se habría hecho nada. “Pero las alarmas ecológicas -replica Kristof- han estado alborotando durante tanto tiempo, que ya no son, como las alarmas de los coches, más que un irritante ruido de fondo”.

Si el ecologismo abandona el tono apocalíptico y se concentra en los peligros ciertos y de consecuencias irreversibles, puede contar con el favor del público, dice Kristof. Tres de cada cuatro norteamericanos creen que se debería hacer todo lo posible para proteger el medio ambiente, según una encuesta; pero, según otra, el 41% califican de “extremistas” a los grupos ecologistas. “Esta pérdida de credibilidad es trágica, porque se necesitan con urgencia ecologistas razonables, sin alarmismos ni exageraciones”.