El “marketing” de la reproducción asistida

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Duración lectura: 2m. 58s.

El médico Amin Abboud comenta en el periódico australiano “The Age” (6 mayo 2005) que el sector de la fecundación artificial explota la ansiedad de sus clientes. Abboud es profesor de Ética Médica en la Universidad de Nueva Gales del Sur y director de “Australasian Bioethics Information” (www.australasianbioethics.org).

Australia -señala Abboud-, el único país del mundo donde el Estado reembolsa los gastos de fecundación “in vitro” (FIV) sin límite alguno, tiene una próspera industria de reproducción asistida, que factura el equivalente de 128 millones de dólares de EE.UU. o más y crece un 8-10% anual. El gobierno planea recortar los subsidios, a lo que el sector de la FIV se ha opuesto con una enérgica campaña. “Su eslogan oficial es que el ministro de Sanidad no debe meterse en las alcobas de los australianos. Su verdadero objetivo es que el ministro de Hacienda no toque los bolsillos de los profesionales de la FIV”.

Abboud cita a George Annas, profesor de bioética en la Universidad de Boston, que hizo este comentario sobre la industria de la FIV en EE.UU.: “Todo el sector de la reproducción asistida ha sido descrito, con acierto a mi juicio, como una especie de Salvaje Oeste combinado con el mercantilismo americano y el “marketing” moderno. Ahí están unos individuos muy profesionales voceando su mercancía -sus tasas de éxito, su tecnología último modelo- a esa muy sensible clientela de parejas infértiles dispuestas a intentar casi cualquier cosa y a pagar casi cualquier precio por tener un niño”. El debate, añade Abboud, se suele centrar en cuántos ciclos de FIV hacen falta para que una mujer quede encinta; pero “la verdadera cuestión es cuántas mujeres concebirían de todas formas sin recurrir a la FIV”.

Los informes científicos, como el reciente estudio Cochrane (“In vitro fertilisation for unexplained subfertility”: “The Cochrane Library”, n. 2, 2005), revelan que la FIV no es más eficaz que otros tratamientos para los casos de infertilidad de causa desconocida, que son uno de cada tres. Por tanto, la FIV no debería ser la primera opción, y se debería preferir otros tratamientos menos invasivos. Incluso muchas parejas que recurren a la FIV podrían concebir de modo natural con solo tener más paciencia. En términos médicos, la infertilidad de causa desconocida solo es una definición funcional: la incapacidad para concebir al cabo de doce meses. Según un estudio de David Dunson y otros, publicado el año pasado en el “Journal of Obstetrics and Gynaecology”, aun en el grupo más difícil de mujeres, las de 35-39 años, se dan embarazos en el plazo de dos años en nueve de cada diez casos.

Pero, anota Abboud, “el asesoramiento sobre infertilidad está en manos de la misma industria reproductiva”, que exagera los problemas de infertilidad. En Australia, Access Infertility Network, una organización del sector de la FIV, ha llegado a decir que la infertilidad está aumentando hasta el punto de que afectará al 15% de la población: una tasa inverosímil. “Las exageraciones sobre el crecimiento de la infertilidad crean inquietud en las parejas, y las arroja en brazos de las clínicas de FIV. Es buena cosa para las clínicas, por supuesto. Cuantas más parejas fértiles -que con el tiempo podrían haber concebido de modo natural- acudan a los tratamientos de FIV, mejores serán las tasas de éxito”.