El inquietante legado de Robert Edwards

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Duración lectura: 4m. 21s.

El creador de la fecundación in Vitro (FIV) y de la primera bebé probeta en 1978, Robert Edwards (Premio Nobel en 2010), ha fallecido recientemente entre la admiración de sus colegas y amigos, quienes hablaron de él como de un hombre impulsado por el deseo de hacer felices a las parejas infértiles. Puesto que gracias a su técnica se ha producido el nacimiento de unos cinco millones de niños, vale la pena reflexionar sobre este legado, afirma Michael Cook en un reciente artículo.

En 1969, Edwards tuvo la certeza científica de que la fertilización podría tener lugar fuera del cuerpo humano. Cuando quiso llevar a la práctica su hallazgo, se encontró con una fuerte oposición en amplios sectores de la comunidad científica. Edwards comenzó a improvisar una justificación ética de su controvertida investigación. En 1971 escribió un artículo para Nature sobre la ética de la FIV. Él sabía exactamente lo que sucedería una vez que la reproducción humana fuera posible en los laboratorios, y trató de preparar el camino. En el aspecto médico predijo la selección del sexo, la investigación con células madre embrionarias, los hijos de lesbianas y mujeres solteras, la reproducción póstuma y la ingeniería genética.

Edwards fue hábil en las relaciones públicas. Esgrimió razones relacionadas con la superpoblación, el desequilibrio de género, la identidad personal de los clones, y la necesidad de la regulación gubernamental. Cuando Louise Brown, la primera niña probeta, nació el 25 de julio de 1978, las críticas contra Edwards desaparecieron. Actualmente, como Edwards llegaría a decir, “la mayoría de los desacuerdos éticos se han evaporado” por la existencia de millones de bebés nacidos de la FIV.

¿Qué principios éticos inspiraron a Edwards? Según Michael Cook, un primer principio era el de que no debe haber límites a la investigación científica, siempre y cuando no haga daño a terceros. La ciencia no podía y no debía ser limitada por la ética. En 2003 dijo al Times de Londres que la FIV supuso un logro fantástico. Respecto a la concepción humana, desde el punto de vista ético, Edwards quería saber quién estaba al mando, si era Dios mismo, o “si se trataba de los científicos en el laboratorio”. Y lo que descubrió, dice, fue que “fuimos nosotros”. También se mostró partidario de la eugenesia prenatal. Afirmó que “pronto será un pecado de los padres tener un hijo que lleva la pesada carga de las enfermedades genéticas. Estamos entrando en un mundo en el que tenemos que tener en cuenta la calidad de nuestros niños”.

En segundo lugar, otra norma ética debía ser el “imperativo clínico”: Lo que satisface los deseos de un paciente se debe hacer. En 2004 escribió: “el imperativo clínico es una doctrina de gran alcance, inmediatamente aceptada por muchos pacientes y profesionales. Un fuerte argumento ofrecido por muchos médicos insiste en que cualquier restricción injustificada de la investigación científica y clínica debe ser rechazada si limita el acceso de los pacientes a los más recientes avances científicos”. Esto, obviamente, puede justificar casi cualquier procedimiento médico. En tercer lugar, la naturaleza humana depende de la autoconciencia; lo que significa que los embriones son simple materia.

Pero incluso desde sus postulados, se han detectado deficiencias notorias en su actuación. Los pacientes de Edwards no fueron debidamente informados acerca de los peligros de la intervención. No hubo ensayos previos en animales para la FIV. Tampoco Edwards pareció preocuparse por la mayor tasa de defectos de nacimiento entre los niños nacidos por su tecnología. Por otra parte, las feministas criticaron Edwards por mercantilizar el cuerpo femenino.
Hay poca reflexión en los escritos de Edwards sobre el bienestar psicológico de los niños creados por fecundación in vitro. ¿Qué pasa con los huérfanos genéticos creados a través de la donación de esperma anónimo? ¿Qué sucede con los hijos de padres gays que van a crecer sin una madre o un padre? ¿Se trata solo de “daños colaterales”?

A principios de abril de 2013, un bioético australiano, Robert Sparrow, trazó un plan para la producción eugenésica de hombres in vitro, en el Journal of Medical Ethics. Generaciones de personas pueden crearse en placas de Petri, procurando la eliminación de genes no satisfactorios, buscando así mejoras en los seres humanos. Sparrow calcula que de dos a tres generaciones de personas podrían ser producidas en un año –en lugar del promedio de los 60 años que el ritmo de reproducción natural requiere-. “En efecto”, escribe, “los científicos serán capaces de engendrar seres humanos con el mismo grado de perfección (o superior) con el que actualmente criamos plantas y animales”.

¿Ha contribuido Edwards a llegar a este inquietante escenario? ¿Acaso no atentan estos planteamientos contra la dignidad de toda vida humana? Son algunas preguntas que caben hacerse para valorar el legado del creador de la FIV.