El Hombre de Flores asombra a los científicos

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A finales de octubre pasado, Mike Morwood y Peter Brown daban a conocer al mundo la existencia de una nueva especie humana: “Homo floresiensis” u Hombre de Flores (la isla indonesia donde se lo descubrió), apodado “Hobbit” en alusión a su corta estatura (ver Aceprensa 144/04). La noticia causó gran admiración en el campo de la paleontología humana y fue catalogada por la revista “Science” como el descubrimiento del año. Se trataba de un homínido con poco más de un metro de altura y un cerebro asombrosamente pequeño (entonces se le calculaba un volumen endocraneal de 380 cm3, similar al de un chimpancé). Se le atribuía la fabricación de herramientas del tipo musteriense (el mismo que habían utilizado los neandertales y los “sapiens” de hace más de 50.000 años). Según Morwood y Brown, debía de descender de “H. Erectus” y haber evolucionado hacia su peculiar morfología debido al aislamiento geográfico, hasta extinguirse hace unos 18.000 años.

Sus descubridores, en colaboración con la paleoantropóloga Dean Falk y el radiólogo Charles Hildebolt, acaban de publicar los resultados de su estudio del cráneo llamado LB1, siglas que responden al nombre de la cueva de Liang Bua, donde fue hallado (“Science Express”, 3-03-2005). El nuevo volumen que se le asigna ahora al cerebro es de 417 cm3, dato que lo incluye dentro de los parámetros asignados a los australopitecos gráciles, tipo Lucy, de hace 3 millones de años. Sin embargo, lo que más ha llamado la atención a Falk ha sido no tanto el volumen, como la estructura del cerebro: un tamaño propio de un australopiteco pero con una estructuración claramente humana. El cerebro no fosiliza, pero deja unas marcas inequívocas en la pared interna del cráneo. El estudio de LB1 ha revelado que tenía muy desarrollados los lóbulos temporales (zonas que en nuestro género están asociadas a la comprensión del lenguaje) y el lóbulo frontal (zona asociada al control de las habilidades racionales y la previsión del futuro). Estos datos permiten especular con la posibilidad -se trata sólo de una hipótesis- de que “H. Floresiensis” fuera capaz de planificar acciones futuras complejas, así como de dominar alguna forma de lenguaje.

Desde el mismo momento de la presentación de esta nueva especie humana la polémica en torno a ella ha sido muy viva. Unos investigadores creen que “H. Floresiensis” podría haber evolucionado a partir de “H. Habilis” (Collin Groves) o de alguna otra especie humana, anterior a “H. Erectus”, aún no descubierta (Falk, Morwood, Brown y otros). Si así fuera, se tendría que reescribir por entero la historia de la evolución de todo el género humano en los últimos dos millones de años. Otros (Teuko Jacob, por un lado, y Maciej Henenberg junto con Alan Thorn, por otro) creen que en realidad estamos ante un “sapiens” que tuvo problemas de crecimiento.

La respuesta de los descubridores de “Hobbit” es contundente: “Tenemos siete individuos con un cuerpo similar, con dientes y con proporciones faciales como las del espécimen de Liang Bua. ¿Cuál es la posibilidad de que representen la forma de los humanos modernos? Ninguna”. Gigantes de la paleontología humana, como Tim D. White y Chris Stringer, también discrepan de la interpretación de Jacob. La controversia ha llegado incluso hasta la custodia y el acceso a los fósiles. Hasta ahora habían estado en manos de Jacob (decano de la paleoantropología en Indonesia y que no pertenecía al equipo investigador), sin que sus descubridores tuvieran acceso a ellos; afortunadamente, muchos de los fósiles ya vuelven a estar a disposición de los descubridores. Desde luego, “Homo floresiensis” va a dar mucho de que hablar en un futuro inmediato, pues sus restos fosilizados se han convertido, por diversas razones, en unos auténticos “huesos de la discordia”. La revista “Investigación y Ciencia” publicará en abril un artículo sobre estos humanos tan peculiares.

Carlos A. Marmelada

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